II
Mariana se encontraba inquieta,
no sabía qué hacer con esa situación tan desesperante y triste. No podían
evitar verse porque tenían varias clases juntas. Mariana entró al salón, para
mala suerte de ella, la primera mirada que encontró fue la de Annie, que
desvió la mirada, aún estaba avergonzada
y triste por lo que había hecho. Mariana se sentó en el primer lugar que
encontró vacío, sus compañeros no lo entendían porque siempre se sentaba junto
a Annie que había llegado temprano y eso era muy raro en ella, ya que Mariana
tenía que buscarla para hacerla cumplir con sus obligaciones en el colegio.
—¿Tienes problemas con Mariana?
—le preguntó un amigo.
—No —suspiró— …ya nunca los
tendremos.
Annie dirigió su mirada a la
ventaba y veía las gotas que resbalaban por el cristal. Solo llovía
ligeramente, el ambiente se sentía inundado de melancolía. Sus compañeros las
miraban y hablaban, algunos reían y otros reflejaban compasión en sus miradas.
—Se lo dijiste, ¿verdad?
—preguntó impaciente.
—¿Decir qué? —Annie respondió
confundida.
—¡Lo que sientes por ella!
—¡¿De qué estás hablando?! —lo
miró nerviosamente.
—¡Vamos Annie! Todos saben lo que
sientes por ella.
—¿De verdad? —preguntó
avergonzada y mirando a Mariana que estaba alejada de ella.
—Creo que la única que no se daba
cuenta era ella —dijo su amigo mirando en la misma dirección de los ojos
azules.
—Le prometí que eso no pasaría
—volvió a suspirar y se hundió en su lugar.
—¿Ella sabía que tú… que tú? —le
decía impresionado— Bueno ya sabes a qué me refiero.
—Sí, lo sabía.
El azul de sus ojos ensombreció
de tristeza. Ambos quedaron en silencio, su amigo se sentó de la impresión por
lo que estaba escuchando. Todos tenían sospechas de la orientación de Annie,
nunca tuvieron la seguridad de ello, pero siempre su comportamiento para con
Mariana era sospechoso.
—Vaya… y aun así era tu amiga —le
dijo asombrado—. Entonces es una muy buena amiga… ¡Claro! Solo una cosa así
puede esperarse de una persona tan comprensible como ella.
—Sí —respondió Annie con
tristeza.
—Sabes Annie, todos los que
conocemos a Mariana la queremos de una u otra forma, como las chicas, te
envidian porque eres su mejor amiga… y nosotros odiamos al idiota de Saúl por
ser su novio —le decía murmurando—. Pero nadie te culpa o te odia por lo que
sientes… ¿Dime quién no puede enamorarse de esos bellos ojos, de su dulce cara,
de ese cabello rubio? ¿Quién puede resistirse a su tierna sonrisa? Nadie, nadie
puede hacerlo.
—Sí —contestó Annie dejándose
llevar por las palabras de su amigo.
—Todos decían que algún día te
quedarías con ella, ¿qué paso?
—La besé —dijo Annie sin
titubeos.
Annie miró a su amigo asombrada
porque no había mostrado reacción alguna por lo que le dijo, creo que ellos
sabían más de sus sentimientos que ella misma.
—Ah, ¿y eso la molestó? —preguntó
tranquilamente.
—No.
—¿Entonces?
Annie no contestó la pregunta.
—No te preocupes, todo se
arreglara, una amistad y un amor como el suyo no puede terminar así. Ella es de
buen corazón y te perdonara.
—No lo creo, ella si me culpa y
me odia por lo que siento —se levantó y salió del salón.
Mariana al ver salir a Annie volteó
a ver a su compañero con reproche, el cual le hizo una cara de “Yo no sé nada”
antes de derretirse con esa mirada, que a pesar de estar triste, siempre
mostraba belleza en ella. Mariana dirigió su mirada hacia la puerta por unos
momentos, le dolía la situación de su relación con Annie, porque ante todo la
quería mucho.
Mariana esperaba todos los días a
Saúl para hablar, pero él sólo la rechazaba. Las cosas empeoraban cada día, Annie
dejó de asistir a varias clases y no se le veía por el colegio muy seguido.
Mariana se sentía sola por haber perdido a su mejor amiga, a pesar de que Saúl era su novio, la mayoría
del tiempo lo pasaba con Annie. Habían pasado ya varios días antes de que Annie
decidiera arreglar todo. Tenía que resignarse a que ya no tenía nada con
Mariana, ni siquiera esa amistad que tanto la hacía sentir viva.
Annie esperaba a Luís en la
puerta, se veía triste y demacrada, ya tenía varios días sin ir al colegio.
—Luís, necesito tu ayuda… ¿Aún
tienes la cinta original? —le dijo tomándolo por sorpresa.
—¿La del beso? —preguntó.
—¡Sí!, la del beso.
—La tengo en mi casa —contestó
Luís.
—Pues la necesito ahora mismo.
—Si nunca te interesó verla, ¿por
qué quieres hacerlo ahora?
—¡¡Es algo que no te importa!!
—respondió Annie furiosa.
—¡Te dije que le harías daño!…
¿Por qué no me hiciste caso?
—¡¡Vete al diablo!! Déjame en paz
—Annie empezó a alejarse, sentía un gran mareo, su cuerpo estaba cansado de
tanta desesperación y tristeza.
—Está bien, la cinta la tendrás
esta tarde —le dijo para tranquilizarla.
—¿Puedo verla en tu casa?
—preguntó casi en suplica— Necesito verla… por favor.
—Vamos, para que tú pidas un
favor debes estar desesperada.
—Y no tienes idea de cuánto —dijo
tristemente.
Ambos salieron del colegio, la
casa de Luís estaba algo retirada. Annie en el camino pensaba cómo tenía que
arreglar eso, sabía que no iba a recuperar a Mariana, pero al menos tenía que
hacer que ella recuperara a su novio, de esa manera disminuía tanto dolor que
le había causado. Llegaron a casa y Luís le puso la cinta. Annie escuchó atenta
cada palabra que ella había dicho y las respuestas de Mariana, observaba el nerviosismo
que tenía su amiga cuando tocó sus labios. Los ojos de Annie se abrieron y el
azul de sus ojos cambió, no daba crédito a lo que veía, Mariana lloraba cuando
la estaba besando, nunca se dio cuenta de eso porque Mariana aprovechó cuando
se fue la luz para limpiar sus lágrimas.
—¿Segura que quieres seguir
viendo? —dijo Luís preocupado— No creo que te guste lo que verás.
Annie no escuchó a Luís y siguió
viendo la cinta. Escuchó la conversación que Mariana tuvo con Saúl y se sintió
culpable por haberlos separado.
—¿Hay algo que pueda hacer por
ti?
—No Luís, es algo que tengo que
arreglar yo sola, de todos modos gracias.
Pasaron los días, Saúl como
siempre llegaba temprano al salón de audiovisuales y Annie lo esperaba
nuevamente en la puerta.
—Y ahora qué tienes para mí, Annie…
¿otro beso? —se dirigió a ella con sarcasmo— …¿o ya llegaron a más? ¿Ahora en
verdad ya te pertenece?
—¡No, no es otro beso, ni es algo
más… es el mismo! —respondió agresiva por su comentario.
Saúl se molestó más con esa
respuesta y se metió al salón, Annie lo siguió.
—Solo te pido que la veas —le
entregó la cinta y dijo—, me duele pero… ella en verdad te ama.
Saúl vio la cinta, su dolor
empezó a disminuir, pero su angustia no, sabía que se precipitó en la reacción
que tuvo con Mariana y se sintió un poco culpable.
Annie llegó a “el vuelo”, Mariana
estaba ahí. La miró de espaldas, adoraba el color de su cabello, recordaba las
veces que Mariana tenía que sacarla de apuros, pero esta vez ella no
respondería.
—¿Puedo hablar contigo? —se
acercó Annie.
—No me digas, déjame adivinar,
¿quieres otro beso para mostrárselo a todos?
A pesar de sus palabras, Mariana
no podía disimular su dolor y la tristeza que reflejaban sus ojos verdes.
—¡No, no necesito mostrárselo a
todos! ¡Todos saben lo que siento por ti! —agachó la cabeza— ...Tú eras la
única que no se daba cuenta.
—¡¡Cómo querías que me diera
cuenta de algo que prometiste no pasaría… traicionaste mi confianza… y nuestra
amistad!! —gritó Mariana.
Las dos gritaban sus palabras y
herían sus sentimientos. Sus corazones se sentían demasiado alejados cómo para
preocuparse si se herían aún más en el trayecto de intentar encontrase otra
vez.
—¡¡Lo que hice no fue por ese
sentimiento, no fue por amistad… fue por amor!!
Al escuchar eso Mariana se
tranquilizó, no podía juzgar ni molestarse con ese sentimiento porque ella lo
entendía, pero no de la forma que Annie lo hacía. Dejó de mirar a Annie,
recargó sus brazos en la barda y miraba el viejo reloj.
—¿Recuerdas el día que nos
conocimos? —dijo Mariana sin mirarla.
—Sí —respondió triste Annie.
—A pesar de estar rodeada de
tantas personas, me sentía sola —Mariana volvió su mirada a Annie que seguía
con la cabeza agachada—. Sentía que a mi corazón le hacía falta algo y ese día…
llegaste tú y todo cambió. Me sentía bien, esa soledad y ese vacío
desaparecieron de mi vida.
Annie la miró un poco extrañada.
—¡Claro, la manera en que me
diste la bienvenida a tu vida fue tan conmovedora! —las dos se veían y
empezaron a reír al recordar aquel momento que unió sus vidas para siempre.
—Creo que todo el tiempo que
llevamos de conocernos, nunca peleamos como aquella vez —dijo Mariana mientras
secaba sus lágrimas y reía un poco.
—¡No! —aclaró Annie— Nunca me
insultaste como aquella vez, ¡fue muy gracioso!
—¡¿Gracioso?! ¿Te pareció
gracioso lo que me hiciste?
—¡No exageres! El café no estaba
tan caliente —le decía— y no me refiero a eso.
—¡Ah no!, ¿y entonces qué fue lo
gracioso para ti?
Annie dudo en decirle, pero esa
mirada tierna y llorosa le hizo recordar como la veía antes.
—Que a pesar de que eres tan
amable, tierna, educada y parecías una niña tonta —sin dejar de reírse le
dijo—: Al momento de insultar… ¡Eres peor que un camionero!
—¡Gracias! —le dijo dándole un
leve golpe en el brazo—¡Así que una niña tonta!
—¡Ah! Creí que el golpe había
sido por comparar tu bello lenguaje con la de un camionero.
Annie no dejaba de tallar su
brazo, sentía que su corazón y su nerviosismo se relajaban. Las dos se sentían
más tranquilas.
—¿Por qué nunca me dijiste que me
creías una niña tonta? —la miró fijamente a los ojos esperando una respuesta—
¡Y mi lenguaje no es el de un camionero! —replicó riéndose.
Annie se perdió como siempre en
esa sonrisa tierna que siempre acostumbraba recibir de Mariana. Sabía que no
podía quedarse así y contestó.
—¿Aún crees que no? Apuesto a que
los de la cafetería y la mayoría de las personas que escucharon tus bellas
palabras, opinan lo mismo que yo.
—Bueno a veces puedo enojarme un
poco y decir malas palabras. Pero, ¿por qué creías que era una niña tonta? —le
dijo sin apartar su mirada de ella.
—Bueno —decía mientras movía las
manos tratando de explicarlo con gestos—, porque eras amable, dulce,
responsable… y le agradabas a todo el mundo.
—Ah, ¿y eso te molestaba?
—Solo un poquito —Annie tomó aire
y le dijo—: Pero desde ese día, a pesar de todas las malas palabras que me
dijiste, tus pequeños ojos verdes entraron a mi corazón y quise que fueras mi
mejor amiga.
—¿Desde ese día? —preguntó
Mariana.
—No desde ese día, pero fue el
primer escalón que subimos… y desde ahí creí que ya nada podría separarnos.
Annie no pudo evitar llorar,
Mariana quería abrazar y consolar a su amiga, pero parte de ella no la dejaba,
aún estaba molesta por lo que le había hecho. Mariana se dio cuenta de que Annie
no era tan fuerte como aparentaba, nunca imaginó que la persona que se derrumbaba
ante sus ojos fuera la misma que siempre ocultaba sus emociones y sentimientos.
Pero esta vez Mariana tenía que ser la que se portara indiferente a esas
emociones…y a esos sentimientos.
—¿Desde cuándo empezaste a sentir
esto por mí? —preguntó fríamente.
—Cuando te dije lo de mí… —Annie intentó
respirar y trató de tranquilizarse— Estaba segura de mis sentimientos por ti…
solo te quería como amiga.
Mariana la veía con cierta
desconfianza, no estaba muy segura de lo que estaba escuchando.
—Después, llegó Saúl a tu vida y
solo hablabas de él todo el tiempo, empecé a sentir celos, mis sentimientos
empezaban a confundirse —continuó diciendo— intente apagarlos, pero cada vez
eran más fuertes y me di cuenta que te quería más que a una amiga… me estaba enamorando
de ti.
—No solo intentaste apagarlos
—comentó Mariana—, intentaste alejarte de mí, ¿verdad?
—Sí —dijo Annie apenada—, pero
siempre terminaba buscándote, interrumpiendo cada vez que podía cuando estabas
con él… no soportaba que te abrazara, que te besara… ¡No lo soportaba!
—¿Y por eso hiciste lo que
hiciste?
Annie no contestó a lo que sabían
de antemano que era verdad. Ninguna de las dos habló por largo tiempo, solo
veían el ir y venir de las personas desde arriba. El aire soplaba muy frío y algunas
hojas rozaban sus cuerpos. Tenían frío, pero sabían que necesitaban arreglar
todo ahí porque después ya no habría tiempo.
—¿Alguna vez te pedí perdón por
lo del café? —susurró Annie.
—No… creo que no.
—¿Me perdonas? Por lo del café —Annie
temblaba al hablar.
—¿Por lo del café?… —pensó
Mariana.
—Sí, solo por lo del café —dijo Annie
con tristeza al no creer que merecía que la perdonara por lo que hizo con el
beso.
—Está bien, te perdono.
Mariana miró las manos de Annie,
no sabía si le temblaban de frío o de miedo. Annie miró esos ojos verdes y le
dijo en tono suplicante.
—¡No te alejes de mí! ¡Te
necesito a mi lado! ¡No quiero terminar con nuestra amistad! Por favor, perdóname. Te prometo que no me acercare a ti
cuando estés con Saúl… ¡Pero no me dejes!
Mariana tardo en contestar, se
sentía conmovida por esas palabras, se acercó a ella y secó sus lágrimas.
—¿No acercarte a mí? Sabes que
eso no lo soportaría —no le dijo más y la abrazó.
Annie necesitaba a su mejor amiga,
o al menos el amor que podía recibir solo de esa manera.
—Con respecto a Saúl —le dijo Annie
apartándose de ella—, te está esperando en audiovisuales.
Mariana no pudo disimular su
felicidad, le dio un beso en la mejilla y se fue. Annie cayó sobre su rodilla
en un llanto desesperado que se confundía en el soplar del aire y las hojas
moviéndose de los árboles. Definitivamente sabía que nunca podía esperar más de
Mariana. Así, otra vez, aquel lugar fue testigo de un corazón roto y un amor
que por ahora no podría ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario