VIII
Amelia retiró a
todos sus hombres de la línea de ataque. El rey regresó al castillo y le puso
precio a la cabeza de Amelia, sin importarle si era verdad que era su hija.
Ella no pudo terminar con su venganza al sentirse engañada por sus propios
amigos. Sí, el rey había matado a sus supuestos padres, pero nunca le dijeron
que ella había sido jefe de la guardia real y después fue castigada por amar a
Selene.
—El día que
llegaste a este mundo, también nació Selene en una de las guaridas de los
rebeldes. Ella nació en las peores condiciones, mientras tú nacías bajo la
gracia divina de la corona. El rey estaba lejos del castillo, tenía al líder de
la rebelión en sus manos, él luchó valientemente para que Teresa y su
hija no cayeran en sus manos, era el amanecer cuando tú llegaste —la
señora miró tras la oscura noche del cielo, la media luna ya se posaba
en el firmamento—. Tú al igual que Selene nacieron sin un padre a su lado.
—¡Largo! —decía
Amelia con dolor, no quería saber nada más de su pasado— ¡Eso es mentira, no
puedo ser hija de ese bastardo!
—La media luna
que hay en tu mano derecha —decía señalando su mano. Amelia tenía una media
luna como marca de nacimiento—. La reina Anna sabía que la niña que le
había entregado el rey no era su hija, porque no tenía la media luna. No
dijo nada al darse cuenta que esa niña era hija de Teresa y Diógenes. La reina
sabía de lo que era capaz el rey y sabía que si le decía la verdad mataría a
esa niña sin piedad. Creciste lejos de tu madre y Selene vivió una vida que no
le tocaba vivir.
Amelia no
entendía cómo había terminado en manos de los rebeldes y por qué Selene en
manos de la reina, como su hija.
—Dos días
después de tu nacimiento, cuando Teresa se enteró… —continuó la anciana—
de la muerte de Diógenes en las manos del rey, se llenó de ira y perdió el
sentido de sus actos. Con ayuda de un guardia que trabajaba con el rey
logró sacarte del castillo en una noche, después... —la anciana paro de contar—
No sé cómo terminaste lejos del reino.
—Yo sé cómo—
dijo Olaus, el segundo al mando de Amelia.
Amelia se
levantó de la mesa y lo arrojó contra la pared tomándolo del cuello casi a
punto de cortarle la respiración.
—¡¿Por qué si
sabias de Selene, no lo impediste?!
—No sabía la
última parte —decía con esfuerzo al sentir que el aire ya no entraba a sus
pulmones—. No sabía que te amaba.
Amelia lo soltó
y cayó al piso casi inconsciente...
—Yo fui quien
ayudó a Teresa a sacarte del castillo... Fui colocado como guardia por órdenes
de Diógenes para ayudar a nuestros hombres a escapar cuando eran presos
por el rey, permanecí oculto por muchos años hasta que te saque del
castillo por primera vez. Teresa estaba dolida por la muerte de Diógenes y
pensaba criarte y ponerte en contra del rey...
—Tú mataras a tu padre —decía Teresa en
trance de locura a la pequeña princesa.
—Teresa —decía Olaus—, el rey tiene a todo
el ejército buscando por todo el reino, tenemos que marcharnos.
—Regresa al castillo y permanece en tu
lugar, Diógenes te colocó ahí por una razón, tienes que volver antes de que
descubran tu traición.
Teresa colocó a los hombres en posición para
un posible enfrentamiento, pero al ver a sus hombres se dio cuenta que iban a
ser superados en cantidad y en armamento. Dio la vuelta y prefirió ordenar la
retirada. Los hombres se alejaron sin antes prometerle que vengarían la muerte
de Diógenes y arrebatarían el trono al rey. Teresa se quedó con ambas niñas y
tomó a una de ellas entre sus brazos.
—Me colocaron en
el calabozo —continuó Olaus—. Las noticias corrían por todo el reino, la
princesa había sido devuelta a su cuna y Teresa había sido quemada viva por
traición a la corona real por tu rapto. Teresa te había dejado en medio del
bosque tomando a su hija para marcharse lejos, pero el rey estaba tras ella y
cuando la capturó, creyó que la niña que llevaba en sus brazos era su hija.
Cuando los rebeldes se enteraron de la muerte de Teresa buscaron a su hija y
sólo te encontraron a ti, pensando que eras ella.
—¡¡Lo sabías!!
—gritó Amelia.
—No, no lo
sabía, sólo me enteraba que te habían encontrado, yo aún trabajaba para el rey,
no sabía que esa niña, tú, eres la princesa. Cuando te llevaron presa, los
rumores decían que habías traicionado al rey, que estabas con los rebeldes.
Cuando el verdugo te llevó, te reconocí e impedí que terminara contigo... y la
reina me ordenó que te sacara.
Amelia miró a la
anciana como pidiendo una explicación.
—La reina te
buscó y cuando supo quien eras te protegió a escondidas del rey e iba a
visitarte sin que tú te dieras cuenta. Sin que ella supiera como eras, así
estaban las condiciones. Te reconoció al mirar la media luna en tu mano.
—¿Por qué no
hablaste antes? —preguntó Amelia sin entender a la anciana.
—Porque nunca
creí que llegarías hasta este punto. El rey te había lastimado y tu odio hacia
él era bien ganado.
—La lastime
—dijo Amelia pensando en las órdenes que les había dado a sus hombres. No le
importó nada con respecto a su madre, la reina Anna, porque sin querer vivió el
tiempo que debía con ella. Sin que Amelia o Selene se dieran cuenta, la reina
Anna tenía siempre una mirada materna para Amelia.
—Nadie tocó a
Selene, nadie pudo hacerlo —dijo Olaus—. El lobo jamás permitió que se le
acercaran.
Amelia respiró
aliviada, pero eso no le quitaba la culpa de todo lo que le hizo, al hacerle
pasar hambre y frío. Se preguntó por
qué no fue a verla todas esas tantas veces que quería, aunque sus intenciones
sólo eran ir a lastimarla más. Pero eso le hubiera hecho conocerla y saber que
ella era la persona que se escondía en su corazón. Salió de su campamento con prisa y montó su caballo. Terryes
empezó a ladrar y Amelia lo miró con rencor porque él si pudo reconocer a
Selene. Le dio un golpe en las costillas al caballo para echarlo a andar. Se
alejó lo más posible de su campamento.
Llegaba el
amanecer cuando llegó a la colina donde podía mirar las murallas del castillo.
Miró la torre más alta del castillo y se decidió a ir hasta allá. Amelia entró
al castillo como lo hizo la primera vez cuando niña. Llegó a la alcoba de
Selene sin que nadie se diera cuenta. Después de la muerte del rey Selene quedó
a cargo de todo el reino y nunca hubo intención de retirar la orden que había
dado el rey. Amelia comprendió que Selene le tenía mucho odio y rencor, así que
no iba a decirle nada. Dio la vuelta sin entrar a la alcoba de Selene. Amelia no
se dio cuenta que Selene no se encontraba ahí. Desde la torre más alta Selene
dio indicaciones a sus hombres para que terminaran con la vida de Amelia apenas
la vieran salir del castillo.
—¡¡Amelia!!
—gritó Selene desde la torre cuando miró salir a Amelia del portón del
castillo.
Varios hombres
empezaron a rodearla. Amelia sacó su espada y empezó a luchar contra ellos, ya
no le importaba nada. Eran demasiados pare ella sola. Continuó luchando a pesar
de las heridas que ya tenía sobre su cuerpo. El rey, antes de morir, había dado
la orden de acabar con ella sin importar los rumores que corrían por toda la
región. Amelia seguía peleando, esta vez sin fuerza ni voluntad en su corazón.
Selene miraba
todo desde arriba sin decir nada, sus ojos estaban llenos de rencor, pero sabía
que eso nada aliviaba lo que estaba sintiendo. Una espada atravesó con rapidez
su pecho dejándola casi inconsciente, y con esa misma rapidez aquel hombre se
la quitó provocándole que se estuviera desangrando. Selene al mirar esa escena
se espantó por estar castigando a Amelia. Quería cobrarse lo que le hizo a
ella, sin importar lo que había hecho con el rey. Selene sentía remordimiento
porque castigaba a Amelia el sufrimiento que le hizo causar sin querer. Amelia
no la recordaba, porque si lo hubiera hecho jamás le hubiera permitido siquiera
sentir el más mínimo dolor. Amelia
quedó tirada sobre el suelo, aún seguía respirando. Esta vez era el fin y lo
aceptaba porque sabía que lo merecía. Recordaba la primera vez que besó los
labios de Selene, cómo pudo olvidar aquella sensación en su alma. Amelia se
culpaba porque su odio fue más grande que su amor y sus recuerdos.
—Amelia —dijo
Selene cuando la sujetaba entre sus brazos.
—Selene —Amelia
sonrió al verla ahí y saber que era lo único, y lo último que mirarían sus
ojos—. Perdóname por olvidarte.
—Perdóname a mí
por intentar hacerlo —dijo Selene con lágrimas en sus ojos. Besó sus labios y
el sabor a sangre le hizo saber que era el final de todo. Selene se llenó de
odio sin dejar que el amor que estaba en su corazón triunfara.
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