I
Cuando pretendes que las cosas
buenas solo sean un sueño; cuando las quieres dejar ahí, sin ninguna
posibilidad de querer despertar y por siempre ser feliz. No te das cuenta que
al mismo tiempo las cosas malas deseas con fervor que solo sean pesadillas, y deseas
con todas tus fuerzas poder despertar… nunca sabes si quieres vivir una
realidad o una fantasía… y todo es un delirio. El amor es eso, un vivir, con
sueños, pesadillas… los cuales duelen, pero nunca quieres despertar. Así es el
amor…
Mariana Guilloth y Annie Villier
se conocían desde hace más de siete años, su adolescencia fue la cumbre de su
amistad y sus lazos se unieron para ya nunca más romperse. Compartían cada
momento de su vida, porque su amistad tuvo algunos tropiezos, disgustos, malos
entendidos; pero nada ni nadie lograba separarlas. En ese entonces asistían al
mismo prestigiado colegio El Merceus, que estaba asociado a una Universidad de
la Gran Bretaña. Aquella institución solo daba acceso a personas de un nivel
socioeconómico alto. Muchos de los estudiantes eran dejados por sus padres
desde muy temprana edad para darles la mejor educación. La mayoría de sus
alumnos eran extranjeros, El Merceus los preparaba para manejar en un futuro
los bienes de sus padres y sus grandes empresas. Aquel colegio era distinguido
por tener las mejores instalaciones del país, por la vocación profesional de
sus maestros y los alumnos mejor preparados de todo el continente.
Estaban en sus dos últimos años
en el colegio, el nivel que tenían era el mayor que se podía alcanzar dentro
del Merceus. El uniforme azul oscuro que usaban hacía resaltar la belleza y la
noble educación de las dos. Caminaban por los pasillos del colegio. Ya era un
poco después de las tres de la tarde, se dirigían al salón de audiovisuales para
entregar su último proyecto. Pero había algo distinto en el ambiente que
rodeaba a Annie, su mirada no dejaba de observar a Mariana de una manera muy
inquieta. Admiraba la belleza de su amiga; la ternura de sus ojos verdes, los
rizos de su cabello rubio y su dulce sonrisa. Annie ya había puesto a prueba su
amistad, ahora lo que tenía en mente… era poner aprueba un supuesto amor.
Annie encendió la luz del salón,
el cuarto era pequeño y siempre estaba oscuro todo el día ya que no contaba con
ninguna ventana donde pudiera entrar un poco de luz. Annie observaba a Mariana
y las palabras se amontonaban en su mente. Todas llegaban de golpe, con la
intención de ya no guardarse jamás en su alma; pero las palabras no podían
salir de su boca y eso le aterraba. Annie tenía rasgos finos que la
caracterizaban por venir de una familia de descendencia inglesa; de una piel
tierna del color del pan, el cabello liso, negro y largo hasta la espalda. Su
rostro tierno y sereno, que era acompañado por la hermosura de unos ojos
azules; unos ojos que ahora se notaban inquietos y temerosos. Annie estaba
nerviosa y no lo disimulaba porque no dejaba de acomodar su oscuro cabello
detrás de su oreja como siempre lo hacía cada vez que estaba inquieta o
asustada.
—Tal vez te moleste lo que voy a
pedirte… pero, no encuentro otra salida —le dijo mientras cerraba la puerta del
pequeño salón donde estaban.
Mariana dio la vuelta para
escucharla, nunca imaginaría lo que estaba por oír ya que estaba segura de que
eso jamás pasaría. Annie se sentía cada vez más nerviosa y sofocada por lo que
estaba a punto de decirle. Se quitó el suéter que dejaba al descubierto la otra
parte del uniforme muy característico del Merceus; se distinguía una blusa
blanca de mangas largas y en el cuello era visible un listón azul atado como un
pequeño moño. A Annie no le gustaba mucho usar el uniforme, se sentía demasiado
grande para seguir usándolo y cada vez que podía se lo quitaba dentro del
colegio arriesgándose muchas veces a ser castigada por los superiores.
—¿Qué es lo que quieres pedir?
—Mariana alzó su mirada para ver esos inquietos ojos azules.
Annie intentó darle la espalda
para poder decirle las cosas, pero sus movimientos no coordinaban con sus
pensamientos. Quedó de frente a Mariana, pero a una distancia considerable, tan
cercana como su corazón y tan distante como su amor.
—Quiero… quiero —intentaba decir Annie,
las palabras no podían salir de su boca—. Quiero… tan solo un beso… un beso
tuyo.
—¡Estás loca! —Mariana contestó
molesta y confundida— ¡No voy a besarte, eres mi mejor amiga!
El silencio se escuchó en el
pequeño salón de audiovisuales donde se encontraban. Annie sabía de antemano
que la rechazaría, no solo porque no compartía los mismos gustos, sino porque
Mariana tenía novio al cual amaba y llevaba ya varios años junto a él. Annie rol
tenía la necesidad de decirle lo que sentía por ella, sin importar lo que
Mariana dijera y sin importarle que ahí todo podía terminar para ellas dos.
—¡¿Crees que no lo sé?! Tú
también eres mi mejor amiga —sus ojos azules dejaron de ver a Mariana y miraron
el piso entristecidos— …Solo que yo te amo de otra manera.
—¡¡Somos amigas!! —dijo Mariana
asustada.
—¡Lo sé!
Annie miró esos ojos verdes que
tanto le causaban ternura, no podía evitar perderse en ellos, esa mirada tan
dulce ahora mostraba tristeza y confusión. Annie volvió su mirada al piso,
nunca pensó que la situación se pondría tan tensa, se sentía avergonzada por lo
que estaba pasando. No creía que esa persona de la cual estaba enamorada fuera
su mejor amiga, nunca imaginó que su amor algún día pondría su amistad en
juego.
—¡Me duele el hecho de solo
considerarte mi amiga… de que solo me veas como tu amiga! —decía Annie con
desesperación y con la voz entre cortada— …Y verte a diario con Saúl, de cómo…
—¡Ahora entiendo porque lo
tratabas así… —Mariana reaccionó con una sonrisa molesta— del porqué nunca te
agradó que estuviera conmigo…!
—¡Sentía celos de que él te tuviera!
—la interrumpió— Pero sé que lo quieres… más que a mí.
—¡Lo que siento por él y lo que
siento por ti no es menos ni más, solo es diferente! —sus palabras se oían
desesperadas y tristes.
—Mariana —dijo suplicando— tan
solo un beso, y no volveré a molestarte, te prometo que dejaré en paz a tu
novio… y a ti.
—¡¿Por qué?!… ¡¿Por qué me haces
esto?! ¡No lo entiendo!
Annie al ver la reacción de
Mariana decidió salir de la habitación al darse cuenta que no obtendría lo que
tanto anhelaba; pero la mano de Mariana la detuvo, quedaron frente a frente por
pocos segundos que para Annie la mirada verde de su amiga siempre se le hacía
eterna.
—Mariana, si no vas a
corresponderme ya no puedo estar aquí, así que suéltame por favor —dijo un
tanto molesta para que sus palabras no reflejaran su tristeza.
Lentamente Annie sintió como la
presión de la mano que la detenía disminuía y con ella sus pocas esperanzas de
ser correspondida, aunque fuera solo con un beso. Mariana se sentía confundida,
su cara siempre había sido muy expresiva y eso Annie lo entendió.
—Solo un beso —decía Mariana un
poco desconcertada antes de que Annie se marchara—. No puedo corresponderte a
más.
Annie no podía creer lo que
estaba escuchando, sabía que le había roto el corazón a Mariana, pero por ahora
eso no le importaba. Ella quería demostrarle a su corazón que tenía el amor de
Mariana, aunque ella no lo viera así. Annie no se daba cuenta que su deseo la
tenía cegada y que sus sentimientos no podían gobernar en los demás.
—Deseo más de ti, pero me
conformaré con un beso.
Annie se acercó lentamente,
Mariana trataba de no mirarla, pero no pudo evitar encontrarse con esos ojos
azules que jamás había visto tan cerca como esta vez. Cerró los ojos y sintió
la respiración de Annie más y más cerca de ella hasta sentir sus cálidos labios
en los suyos. Annie sentía soñar eso que tanto deseaba, intentó abrazarla y
solo pudo acariciar con sus dedos aquel rubio cabello. La besó dulcemente
esperando una respuesta, pero no la obtuvo. El encuentro no duró mucho.
Repentinamente la luz se fue y Mariana se separó bruscamente de Annie retrocediendo
varios pasos. En la oscuridad nadie decía nada, como si esperaran que nada
hubiera sucedido. Annie sentía eso por no encontrar una respuesta en ese beso y
Mariana por haber traicionado a la persona que amaba, y por sentir que había
lacerado ya su amistad con Annie. Después de segundos eternos la luz se hizo
presente y la habitación se iluminó. Se abrió la puerta de audiovisuales y
entró un joven muy apuesto.
—¿Están bien? —entró preguntando.
Mariana y Annie se miraban sin
entender tanto lo que había pasado en esos escasos segundos.
—Gracias —dijo Annie con tristeza
y se marchó.
El joven se acercó a Mariana para
besarla pero ella lo rechazó.
—¿Estás bien? —volvió a
preguntar.
Mariana no contestó nada, solo lo
abrazó y empezó a llorar. Saúl era novio de Mariana desde hace cuatro años, se
conocieron tiempo después de que él ingresara al colegio. Saúl tenía veintiocho
años, tres años mayor que Mariana, era un chico muy apuesto; de piel clara,
ojos azules, cabello rizado y de un bello perfil. Saúl era un buen alumno, hijo
de padres portugueses con una educación ejemplar.
—Sabes que te amo, ¿verdad? —dijo
Mariana.
Saúl no entendía lo que pasaba
con Mariana, estaba extrañado por su comportamiento.
—Claro que lo sé —dijo
confundido.
Mariana le dio un beso en la
frente y se apartó, sentía que no merecía a una buena persona como él.
—Te amo —le dijo Mariana
regalándole una pequeña sonrisa llena de lágrimas.
Salió de audiovisuales dejando a
un chico confundido. Saúl no entendía lo que había pasado, se sentó y miró a
todas partes tratando de encontrar una respuesta a ese extraño comportamiento
de Mariana.
—¿Se puede? —una voz interrumpió
sus pensamientos.
—Sí, pasa.
—Sólo vine a recoger mi cámara,
la olvide el otro día aquí —decía Luís.
Saúl como uno de los mejores
alumnos del colegio, casi un alumno graduado, era tratado con respeto por sus
compañeros de menor grado, era considerado como un maestro.
—Puedes tomarla —Saúl volvió a
hundirse en sus pensamientos.
Luís lo miraba mientras sus manos
nerviosas y torpes apagaban una cámara que estaba en un mueble lleno de cintas
sin que Saúl se diera cuenta, la guardó entre sus cosas con cuidado.
—¿Estás bien Saúl? —se le acercó
Luís.
—¿Eh? Perdón, no te escuche.
—¿Qué si todo está bien?
—Sí, todo bien.
Luís salió casi corriendo con la
cámara entre sus manos. Luís tiene veinticinco años, la misma edad de Mariana y
Annie. Era más amigo de Annie, él estaba en complicidad con ella, a pesar de
conocerse poco tiempo se llevaban bien. A Annie le agradaba porque era un chico
sencillo y un poco torpe para su edad, sabía que podía manejarlo a su antojo
cuando quisiera.
—¡¿La tienes?! —preguntó Annie.
—Sí, está todo grabado como lo
planeamos.
Luís estaba preocupado por lo que
Annie estaba haciendo, sabía que traicionaría a Mariana y eso no le gustaba.
Caminaron hacia la puerta del colegio, algunos alumnos empezaban a salir, Annie
por esta vez sabía que no se iría con Mariana como siempre acostumbraban. Esta
vez estarían una sin la otra.
—Oye, vi a Saúl en audiovisuales.
—¡Sí! ¡El muy pesado llegó a
interrumpir!
—¡¿Las vio besándose?! —gritó
Luís un poco exaltado. Annie tuvo que tapar con su mano la boca de Luís al ver
que algunos alumnos se les quedaron viendo después de lo que dijo.
—¡No!, pero poco faltaba.
—Pues él tenía una cara de como
si las hubiera visto —dijo Luís—. ¿Crees que Mariana se lo dijo?
—No creo, además eso echaría a
perder nuestros planes y lo ama tanto que no se lo diría —dijo en tono de burla
y un poco molesta.
—¿Estás segura de lo que quieres
hacer? Eso es muy egoísta y lastimarías mucho a Mariana.
—¡Lo sé!, pero no entiendes que
la quiero y me es imposible e insoportable verla con él.
—Sí, entiendo lo que dices —dijo
Luís resignado.
Annie lo observó extrañada con su
respuesta.
—¡Espera un momento! ¿Cómo que
entiendes lo que digo?
Luís empezó a temblar, esos ojos
azules que lo veían podían intimidar a cualquiera, no sabía que contestar así
que dijo la verdad:
—Buen… bueno… es que a mí…
también me interesa Mariana.
—¿Así que me harás competencia
pequeño gusano? —empezó a reír Annie con
enojo.
—No, no… claro que no —dijo Luís
con miedo, sabía que Annie a veces podía actuar de una forma agresiva— Solo que
prefiero que esté contigo que con él.
Annie no dejaba de mirar con
rabia a Luís, no sabía si creerle o no, pero sabía que Mariana a pesar de ser
tan ingenua no le haría caso a un perdedor como lo era Luís.
—Bueno, ¿quieres ver la cinta o
no? —dijo Luís tratando de liberar la tensión.
—No, tú sabes cómo arreglarlo y
cuando esté lista me avisas y personalmente se la entregaré a Saúl.
—¿Estás segura?
—¿Estás segura? —dijo burlándose
de él— ¡Ya me canse de tu preguntita tonta! ¡Claro que estoy segura! Así que
intenta hacer las cosas bien que quiero entregársela hoy mismo.
—¡¿Hoy mismo?! ¡Si ya es muy
tarde! —se quejó Luís.
—Está bien, está bien, pero la
quiero para mañana a primera hora.
El día ya estaba por terminar,
las nubes empezaban a formarse para crear una ligera lluvia, el aire que soplaba
jugaba con el cabello rubio de Mariana. Se encontraba en su lugar favorito, “el
vuelo”, la terraza de un edificio, era llamado así por la historia que contaban
los alumnos generación tras generación. El lugar estaba lleno de cosas viejas,
mesas, escritorios y casilleros. Al fondo había un viejo invernadero que dejó
de utilizarse, junto a él había una
enorme jaula oxidada por el tiempo. Estaba prohibido subir a ese lugar, solo
Mariana y Annie gustaban de ir allí, algunos lo intentaban pero se perdían, el lugar
parecía un laberinto entre tantas cosas viejas. Mariana siempre iba a ese
lugar, ahí aclaraba sus pensamientos o simplemente cuando quería sentirse
tranquila y descansar. Cruzó los brazos y se recargó en la barda un poco
polvorienta, miraba el reloj de la capilla del colegio. Algunos rayos de sol
aún se reflejaban en el cristal. Sus ojos se notaban llorosos, recordaba el
beso de Annie, no se sentía bien por eso, no sabía si contárselo a Saúl o no.
Recordaba tantas cosas y esos recuerdos fueron atrás, al día que Annie le contó
su secreto en ese mismo lugar hace años.
—Mariana… tengo algo que decirte y si quieres alejarte de mí después de
esto lo entenderé.
Mariana era una persona tierna, un poco ingenua a sus diecisiete años,
pensaba que todo en la vida era dulzura. Lo contrario de Annie, una persona experimentada, su vida fue un
tanto complicada desde que dejó Londres apenas con nueve años de edad, que
desde entonces sólo vivía con su madre. La única persona que le causaba ternura
y podía doblegar su fuerte carácter, era la sencillez de Mariana.
—No creo que sea tan grave, ¡Claro que si me dices que tienes Sida,
lepra o que te gustan las chicas, saldré corriendo muy veloz!
Annie al escuchar eso se puso triste y sus ojos empezaron a humedecerse.
—¡Sólo estaba jugando! —decía
Mariana cuando vio la expresión triste de su amiga— Créeme que nada sería tan malo como para dejarte, eres mi mejor amiga
y nunc…
—En realidad sí, me gustan las chicas —lo dijo tajante sin dejar que Mariana terminara con lo que estaba
diciendo.
La sonrisa dulce de Mariana desapareció, sabía que Annie no jugaba con algo tan serio.
—Bueno… —intentaba decir Mariana.
—¡Pero no te preocupes, no me fijaría en ti porque eres mi mejor amiga! —repuso rápido.
Mariana aún no salía del shock en el que estaba, nunca imaginó que Annie le dijera una cosa así. Sentía su cuerpo
temblar de miedo, tomó aire para tranquilizarse y sonrió preocupada. Miró
fríamente a Annie.
—Sabes… acabas de desilusionarme —dijo seriamente.
—Perdóname, si tú lo quieres no volveré a hablarte.
—¿Así que no te fijarías en mí?
Annie quedó confundida con esa pregunta.
—No entiendo.
—Pues yo sí… no me consideras una mujer de la cual te puedas enamorar —y volvió a sonreír.
—¿Estás jugando conmigo? —dijo
Annie sonriendo nerviosamente.
—Claro que si tonta, respeto tus gustos… bueno tus nuevos gustos y
tendrás que hacer algo mejor que esto para alejarte de mí… siempre seremos
amigas.
Mariana sonreía amargamente
recordando aquel momento. El viento soplaba tan húmedo con la brisa de la
tarde, miró el viejo reloj de la capilla como si intentara traer con sus
pensamientos esos días pasados y dejarlos ahí.
—Siempre seremos amigas —la voz
le temblaba.
Decidió alejarse del lugar, sus
manos rozaban algunas viejas cosas y secaba las lágrimas que empezaban a rodar
por sus mejillas. Murmuraba palabras que no entendía, tenía sus sentimientos
tan encontrados que no sabía cómo manejarlos.
—¿Con quién hablas? —dijo Saúl,
que la esperaba en la pequeña puerta que daba a la azotea.
Había ocasiones en las que Saúl
tenía que esperar a Mariana en las escaleras porque no se aventuraba a caminar
por ese lugar, sabía que aunque lo intentara nunca encontraría el camino entre
tantas cosas y Mariana nunca se lo enseñó, creyó que ese lugar sería un secreto
solo de amigas.
—Con nadie… sólo pensaba —dijo
suspirando, cruzó los brazos aparentando frío y empezó a caminar lentamente. Ya
no quería pensar en lo que había pasado.
—¿Se puede saber qué? —le
preguntó para saber por qué no lo miraba a la cara.
Ambos bajaron y recorrieron
algunos pasillos para salir, el espacio era muy pequeño. Después del accidente
ocurrido ahí, el edificio solo era utilizado como almacén de archivos, no
muchos alumnos tenían acceso al edificio.
—Nada, solo tonterías.
—Creí que Annie estaba contigo.
Mariana se detuvo y bajó la
mirada avergonzada.
—No, no la he visto.
—¿Nos vamos? No quiero quedarme
por siempre en el colegio —le dijo Saúl bromeando para que siguieran su marcha.
Mariana no decía ni una palabra
en todo el camino, Saúl la miraba pero no se atrevía a preguntar por qué sus
ojos estaban tristes. Llegaron a la casa de ella, empezaba a llover un poco y
Saúl como siempre la acompañó hasta su puerta. Mariana volvió a rechazar el
beso de Saúl y solo lo abrazó sin entender lo que estaba sintiendo en realidad.
La noche era una tormenta, llovía
sin parar, era como si los sentimientos de Mariana se reflejaran en ella. La
tormenta era lo que sentía en su interior, y la lluvia eran las lágrimas que
caían de sus bellos ojos verdes. Se acercó a la ventana, miraba las gotas
resbalar y las seguía con sus dedos. El cielo se iluminaba, veía su reflejo en
el cristal y tocaba sus labios con los dedos fríos. Pensaba en aquel momento,
sentía que los labios de Annie no la habían abandonado y nuevamente volvió a
llorar. Se recostó en su cama y miraba al techo. No quería pensar en nada, pero
las lágrimas salían sin querer. Con el ánimo cansado se quedó profundamente
dormida, su rostro se iluminaba en cada estruendo de la tormenta. Se notaba que
tenía malos sueños con lo que había pasado, se movía de un lado para otro de su
cama, se podía ver que estaba intranquila, sollozaba y decía con desesperación:
Somos amigas.
Al día siguiente Saúl se dirigía
al salón de audiovisuales, como era uno de los mejores alumnos daba asesoría a
los de primer ingreso todos los días. Era el lugar donde había pasado lo de Annie
y Mariana. Se extrañó mucho cuando vio a Annie recargada en la puerta con un
cassette en las manos, sabía que no era de su agrado ya que siempre lo trataba
con rencor y desprecio. Él pensaba que era porque le había arrebatado un poco
de tiempo que ella pasaba con Mariana, nunca pensó que lo despreciaba por otra cosa.
—¿Quieres asesoría, Annie? —dijo
sarcasmo— Mariana no está aquí —repuso rápido antes de que se molestara.
—Vine a buscarte a ti —lo miró
amenazante.
—¿Y bien, para qué puedo
servirte? —preguntó mientras abría la puerta.
—¡¿Tú a mí?! —sonrió Annie con
malicia— Para nada.
—¡Sabes que no me gusta jugar… y
mucho menos contigo!
—¡Está bien!, no te enojes… aún
—dijo casi murmurando.
—¿Qué quieres? —pregunto Saúl
enojado.
—Esto es para ti —le entregó el
cassette y se acercó—: Sabes una cosa… ella me pertenece.
Annie se fue sin decirle más.
—¿Me pertenece? —se preguntó Saúl
sin entender todo lo que ella había dicho.
Saúl jugaba entre sus manos el
cassette y se preguntaba qué contenía. Su curiosidad pudo más que su razón,
sacó la cinta de su estuche y se sentó a verla. Empezó a entender las palabras
de Annie y la frialdad del día anterior de Mariana, no podía creer lo que
estaba viendo. La cinta mostraba el beso entre ellas, la conversación que
habían tenido antes había sido omitida, aquel beso terminaba cuando la luz se
apagó, pero la escena se repetía varias veces. El dolor que sintió Saúl se
reflejaba en las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos, la serenidad que
lo caracterizaba desapareció, golpeaba todo lo que estuviera a su alcance, hasta
que entró Mariana y supo donde depositar toda su rabia.
—¡¿Cómo pudiste?! —se dirigió a ella con desprecio— ¡¿Cómo
pudiste hacerme esto?!
Mariana palideció, jamás había
visto a Saúl así, por su mente pasaron muchas cosas, pero no entendía nada.
—Saúl… ¿Qué te pasa?
—¡¿Quieres saber qué me pasa?!
—la jaló bruscamente hacia la televisión— ¡¡Esto es lo que me pasa!!
Mariana sintió un escalofrió que
recorrió todo su cuerpo, se sintió traicionada al ver la cinta, no podía
moverse, no reaccionaba, ni siquiera se dio cuenta cuando Saúl salió. Miraba la
escena una y otra vez, volvió a sentir los labios de Annie en los suyos.
Saúl iba enojado, en uno de los
pasillos bajando las escaleras se encontró a Annie sonriendo satisfactoriamente
porque sabía que había obtenido la victoria. Saúl se paró frente a ella y la
miró con desprecio.
—Muy bien… ¡Ella es tuya! —le
dijo Saúl y se fue.
Annie miró hacia la puerta, sabía
que por el momento no podía acercarse a Mariana, así que no entró al salón de
audiovisuales. Mariana estaba destrozada, se sentó y lloró con desesperación,
preguntándose por qué Annie la había traicionado de esa manera. No supo cómo
pasaron las horas, ya era demasiado tarde, no podía permanecer ahí. Salió del
salón, sus ojos no veían con claridad por tanto que había llorado. No sabía qué
hacer, si irse o buscar a Annie para que le explicara todo. Salió del edificio
tratando de buscarla, pero los últimos rayos de sol evitaban que sus ojos
llorosos pudieran ver bien.
—¿Estás bien? —se acercó a ella
Luís, que sentía un poco de culpa.
—¿Te parece que estoy bien? —dijo
molesta.
—Perdona… siempre hago preguntas
tontas.
—¿Sabes dónde está Annie?
—Mariana no podía disimular que estaba enojada, Luís ya entendía el porqué, así
que no negó nada.
—Sí, está en “el vuelo”.
—Gracias.
—Mariana… yo —dijo Luís, pero
Mariana ya se había ido—, perdóname.
Mariana se alejó casi corriendo,
iba tan molesta que no daba crédito de nada, nunca había sentido tanto odio por
una persona y jamás pensó que lo sentiría por su mejor amiga.
—¡¡Te odio!! —sus ojos no podían
disimular para nada su enojo, ni siquiera las lágrimas que caían de ellos—
¡¡Debí alejarme de ti cuando me lo dijiste… arruinaste mi vida!!
—Mariana.
Fue lo único que alcanzó a decir
antes de que Mariana volviera a gritarle. Annie se sentía devastada con cada
palabra que salía de la boca de Mariana, no podía hacer nada, solo escucharla.
—Sabes que lo amaba. ¡Que aún lo
amo! ¡¡Me traicionaste!!
—¡¡No es cierto!! —respondió Annie
gritando— ¡¡Tú lo traicionaste a él porque aceptaste que te besara!!
—¡Fue compasión!… ¿No lo
entiendes? Esa fue la razón por la cual permití que me besaras. Eras mi amiga,
qué esperabas de mí… ¿Un beso de amor?…
Annie sintió como si un rayo le
hubiera partido el alma al escuchar, pensó en el instante en el que esperaba
una respuesta de aquel beso, una respuesta que nunca recibió, y entendió que
Mariana jamás le correspondería con amor.
—Perdóname —se acercó a Mariana,
que ella con resentimiento no dejó que la tocara.
—Esperaba todo, nunca una
traición —le dijo mientras secaba las lágrimas de sus ojos—. No puedo
perdonarte, jamás te perdonaré.
Mariana se alejó del lugar, ya no
quería gritarle, ya no quería sentir ese dolor y vacío en su corazón. Annie se
quedó sola pensando en el daño que le había causado a la persona que más amaba
en la vida, de la cual ya no tendría su cariño ya ni siquiera como su amiga.
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