"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

13 de diciembre de 2011

I

Cuando pretendes que las cosas buenas solo sean un sueño; cuando las quieres dejar ahí, sin ninguna posibilidad de querer despertar y por siempre ser feliz. No te das cuenta que al mismo tiempo las cosas malas deseas con fervor que solo sean pesadillas, y deseas con todas tus fuerzas poder despertar… nunca sabes si quieres vivir una realidad o una fantasía… y todo es un delirio. El amor es eso, un vivir, con sueños, pesadillas… los cuales duelen, pero nunca quieres despertar. Así es el amor…

Mariana Guilloth y Annie Villier se conocían desde hace más de siete años, su adolescencia fue la cumbre de su amistad y sus lazos se unieron para ya nunca más romperse. Compartían cada momento de su vida, porque su amistad tuvo algunos tropiezos, disgustos, malos entendidos; pero nada ni nadie lograba separarlas. En ese entonces asistían al mismo prestigiado colegio El Merceus, que estaba asociado a una Universidad de la Gran Bretaña. Aquella institución solo daba acceso a personas de un nivel socioeconómico alto. Muchos de los estudiantes eran dejados por sus padres desde muy temprana edad para darles la mejor educación. La mayoría de sus alumnos eran extranjeros, El Merceus los preparaba para manejar en un futuro los bienes de sus padres y sus grandes empresas. Aquel colegio era distinguido por tener las mejores instalaciones del país, por la vocación profesional de sus maestros y los alumnos mejor preparados de todo el continente.

Estaban en sus dos últimos años en el colegio, el nivel que tenían era el mayor que se podía alcanzar dentro del Merceus. El uniforme azul oscuro que usaban hacía resaltar la belleza y la noble educación de las dos. Caminaban por los pasillos del colegio. Ya era un poco después de las tres de la tarde, se dirigían al salón de audiovisuales para entregar su último proyecto. Pero había algo distinto en el ambiente que rodeaba a Annie, su mirada no dejaba de observar a Mariana de una manera muy inquieta. Admiraba la belleza de su amiga; la ternura de sus ojos verdes, los rizos de su cabello rubio y su dulce sonrisa. Annie ya había puesto a prueba su amistad, ahora lo que tenía en mente… era poner aprueba un supuesto amor.

Annie encendió la luz del salón, el cuarto era pequeño y siempre estaba oscuro todo el día ya que no contaba con ninguna ventana donde pudiera entrar un poco de luz. Annie observaba a Mariana y las palabras se amontonaban en su mente. Todas llegaban de golpe, con la intención de ya no guardarse jamás en su alma; pero las palabras no podían salir de su boca y eso le aterraba. Annie tenía rasgos finos que la caracterizaban por venir de una familia de descendencia inglesa; de una piel tierna del color del pan, el cabello liso, negro y largo hasta la espalda. Su rostro tierno y sereno, que era acompañado por la hermosura de unos ojos azules; unos ojos que ahora se notaban inquietos y temerosos. Annie estaba nerviosa y no lo disimulaba porque no dejaba de acomodar su oscuro cabello detrás de su oreja como siempre lo hacía cada vez que estaba inquieta o asustada.

—Tal vez te moleste lo que voy a pedirte… pero, no encuentro otra salida —le dijo mientras cerraba la puerta del pequeño salón donde estaban.

Mariana dio la vuelta para escucharla, nunca imaginaría lo que estaba por oír ya que estaba segura de que eso jamás pasaría. Annie se sentía cada vez más nerviosa y sofocada por lo que estaba a punto de decirle. Se quitó el suéter que dejaba al descubierto la otra parte del uniforme muy característico del Merceus; se distinguía una blusa blanca de mangas largas y en el cuello era visible un listón azul atado como un pequeño moño. A Annie no le gustaba mucho usar el uniforme, se sentía demasiado grande para seguir usándolo y cada vez que podía se lo quitaba dentro del colegio arriesgándose muchas veces a ser castigada por los superiores.

—¿Qué es lo que quieres pedir? —Mariana alzó su mirada para ver esos inquietos ojos azules.

Annie intentó darle la espalda para poder decirle las cosas, pero sus movimientos no coordinaban con sus pensamientos. Quedó de frente a Mariana, pero a una distancia considerable, tan cercana como su corazón y tan distante como su amor.

—Quiero… quiero —intentaba decir Annie, las palabras no podían salir de su boca—. Quiero… tan solo un beso… un beso tuyo.

—¡Estás loca! —Mariana contestó molesta y confundida— ¡No voy a besarte, eres mi mejor amiga!

El silencio se escuchó en el pequeño salón de audiovisuales donde se encontraban. Annie sabía de antemano que la rechazaría, no solo porque no compartía los mismos gustos, sino porque Mariana tenía novio al cual amaba y llevaba ya varios años junto a él. Annie rol tenía la necesidad de decirle lo que sentía por ella, sin importar lo que Mariana dijera y sin importarle que ahí todo podía terminar para ellas dos.

—¡¿Crees que no lo sé?! Tú también eres mi mejor amiga —sus ojos azules dejaron de ver a Mariana y miraron el piso entristecidos— …Solo que yo te amo de otra manera.

—¡¡Somos amigas!! —dijo Mariana asustada.

—¡Lo sé!

Annie miró esos ojos verdes que tanto le causaban ternura, no podía evitar perderse en ellos, esa mirada tan dulce ahora mostraba tristeza y confusión. Annie volvió su mirada al piso, nunca pensó que la situación se pondría tan tensa, se sentía avergonzada por lo que estaba pasando. No creía que esa persona de la cual estaba enamorada fuera su mejor amiga, nunca imaginó que su amor algún día pondría su amistad en juego.

—¡Me duele el hecho de solo considerarte mi amiga… de que solo me veas como tu amiga! —decía Annie con desesperación y con la voz entre cortada— …Y verte a diario con Saúl, de cómo…

—¡Ahora entiendo porque lo tratabas así… —Mariana reaccionó con una sonrisa molesta— del porqué nunca te agradó que estuviera conmigo…!

—¡Sentía celos de que él te tuviera! —la interrumpió— Pero sé que lo quieres… más que a mí.

—¡Lo que siento por él y lo que siento por ti no es menos ni más, solo es diferente! —sus palabras se oían desesperadas y tristes.

—Mariana —dijo suplicando— tan solo un beso, y no volveré a molestarte, te prometo que dejaré en paz a tu novio… y a ti.

—¡¿Por qué?!… ¡¿Por qué me haces esto?! ¡No lo entiendo!

Annie al ver la reacción de Mariana decidió salir de la habitación al darse cuenta que no obtendría lo que tanto anhelaba; pero la mano de Mariana la detuvo, quedaron frente a frente por pocos segundos que para Annie la mirada verde de su amiga siempre se le hacía eterna.

—Mariana, si no vas a corresponderme ya no puedo estar aquí, así que suéltame por favor —dijo un tanto molesta para que sus palabras no reflejaran su tristeza.

Lentamente Annie sintió como la presión de la mano que la detenía disminuía y con ella sus pocas esperanzas de ser correspondida, aunque fuera solo con un beso. Mariana se sentía confundida, su cara siempre había sido muy expresiva y eso Annie lo entendió.

—Solo un beso —decía Mariana un poco desconcertada antes de que Annie se marchara—. No puedo corresponderte a más.

Annie no podía creer lo que estaba escuchando, sabía que le había roto el corazón a Mariana, pero por ahora eso no le importaba. Ella quería demostrarle a su corazón que tenía el amor de Mariana, aunque ella no lo viera así. Annie no se daba cuenta que su deseo la tenía cegada y que sus sentimientos no podían gobernar en los demás.

—Deseo más de ti, pero me conformaré con un beso.

Annie se acercó lentamente, Mariana trataba de no mirarla, pero no pudo evitar encontrarse con esos ojos azules que jamás había visto tan cerca como esta vez. Cerró los ojos y sintió la respiración de Annie más y más cerca de ella hasta sentir sus cálidos labios en los suyos. Annie sentía soñar eso que tanto deseaba, intentó abrazarla y solo pudo acariciar con sus dedos aquel rubio cabello. La besó dulcemente esperando una respuesta, pero no la obtuvo. El encuentro no duró mucho. Repentinamente la luz se fue y Mariana se separó bruscamente de Annie retrocediendo varios pasos. En la oscuridad nadie decía nada, como si esperaran que nada hubiera sucedido. Annie sentía eso por no encontrar una respuesta en ese beso y Mariana por haber traicionado a la persona que amaba, y por sentir que había lacerado ya su amistad con Annie. Después de segundos eternos la luz se hizo presente y la habitación se iluminó. Se abrió la puerta de audiovisuales y entró un joven muy apuesto.

—¿Están bien? —entró preguntando.

Mariana y Annie se miraban sin entender tanto lo que había pasado en esos escasos segundos.

—Gracias —dijo Annie con tristeza y se marchó.

El joven se acercó a Mariana para besarla pero ella lo rechazó.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar.

Mariana no contestó nada, solo lo abrazó y empezó a llorar. Saúl era novio de Mariana desde hace cuatro años, se conocieron tiempo después de que él ingresara al colegio. Saúl tenía veintiocho años, tres años mayor que Mariana, era un chico muy apuesto; de piel clara, ojos azules, cabello rizado y de un bello perfil. Saúl era un buen alumno, hijo de padres portugueses con una educación ejemplar.

—Sabes que te amo, ¿verdad? —dijo Mariana.

Saúl no entendía lo que pasaba con Mariana, estaba extrañado por su comportamiento.

—Claro que lo sé —dijo confundido.

Mariana le dio un beso en la frente y se apartó, sentía que no merecía a una buena persona como él.

—Te amo —le dijo Mariana regalándole una pequeña sonrisa llena de lágrimas.

Salió de audiovisuales dejando a un chico confundido. Saúl no entendía lo que había pasado, se sentó y miró a todas partes tratando de encontrar una respuesta a ese extraño comportamiento de Mariana.

—¿Se puede? —una voz interrumpió sus pensamientos.

—Sí, pasa.

—Sólo vine a recoger mi cámara, la olvide el otro día aquí —decía Luís.

Saúl como uno de los mejores alumnos del colegio, casi un alumno graduado, era tratado con respeto por sus compañeros de menor grado, era considerado como un maestro.

—Puedes tomarla —Saúl volvió a hundirse en sus pensamientos.

Luís lo miraba mientras sus manos nerviosas y torpes apagaban una cámara que estaba en un mueble lleno de cintas sin que Saúl se diera cuenta, la guardó entre sus cosas con cuidado.

—¿Estás bien Saúl? —se le acercó Luís.

—¿Eh? Perdón, no te escuche.

—¿Qué si todo está bien?

—Sí, todo bien.

Luís salió casi corriendo con la cámara entre sus manos. Luís tiene veinticinco años, la misma edad de Mariana y Annie. Era más amigo de Annie, él estaba en complicidad con ella, a pesar de conocerse poco tiempo se llevaban bien. A Annie le agradaba porque era un chico sencillo y un poco torpe para su edad, sabía que podía manejarlo a su antojo cuando quisiera.

—¡¿La tienes?! —preguntó Annie.

—Sí, está todo grabado como lo planeamos.

Luís estaba preocupado por lo que Annie estaba haciendo, sabía que traicionaría a Mariana y eso no le gustaba. Caminaron hacia la puerta del colegio, algunos alumnos empezaban a salir, Annie por esta vez sabía que no se iría con Mariana como siempre acostumbraban. Esta vez estarían una sin la otra.

—Oye, vi a Saúl en audiovisuales.

—¡Sí! ¡El muy pesado llegó a interrumpir!

—¡¿Las vio besándose?! —gritó Luís un poco exaltado. Annie tuvo que tapar con su mano la boca de Luís al ver que algunos alumnos se les quedaron viendo después de lo que dijo.

—¡No!, pero poco faltaba.

—Pues él tenía una cara de como si las hubiera visto —dijo Luís—. ¿Crees que Mariana se lo dijo?

—No creo, además eso echaría a perder nuestros planes y lo ama tanto que no se lo diría —dijo en tono de burla y un poco molesta.

—¿Estás segura de lo que quieres hacer? Eso es muy egoísta y lastimarías mucho a Mariana.

—¡Lo sé!, pero no entiendes que la quiero y me es imposible e insoportable verla con él.

—Sí, entiendo lo que dices —dijo Luís resignado.

Annie lo observó extrañada con su respuesta.

—¡Espera un momento! ¿Cómo que entiendes lo que digo?

Luís empezó a temblar, esos ojos azules que lo veían podían intimidar a cualquiera, no sabía que contestar así que dijo la verdad:

—Buen… bueno… es que a mí… también me interesa Mariana.

—¿Así que me harás competencia pequeño gusano?  —empezó a reír Annie con enojo.

—No, no… claro que no —dijo Luís con miedo, sabía que Annie a veces podía actuar de una forma agresiva— Solo que prefiero que esté contigo que con él.

Annie no dejaba de mirar con rabia a Luís, no sabía si creerle o no, pero sabía que Mariana a pesar de ser tan ingenua no le haría caso a un perdedor como lo era Luís.

—Bueno, ¿quieres ver la cinta o no? —dijo Luís tratando de liberar la tensión.

—No, tú sabes cómo arreglarlo y cuando esté lista me avisas y personalmente se la entregaré a Saúl.

—¿Estás segura?

—¿Estás segura? —dijo burlándose de él— ¡Ya me canse de tu preguntita tonta! ¡Claro que estoy segura! Así que intenta hacer las cosas bien que quiero entregársela hoy mismo.

—¡¿Hoy mismo?! ¡Si ya es muy tarde! —se quejó Luís.

—Está bien, está bien, pero la quiero para mañana a primera hora.

El día ya estaba por terminar, las nubes empezaban a formarse para crear una ligera lluvia, el aire que soplaba jugaba con el cabello rubio de Mariana. Se encontraba en su lugar favorito, “el vuelo”, la terraza de un edificio, era llamado así por la historia que contaban los alumnos generación tras generación. El lugar estaba lleno de cosas viejas, mesas, escritorios y casilleros. Al fondo había un viejo invernadero que dejó de utilizarse,  junto a él había una enorme jaula oxidada por el tiempo. Estaba prohibido subir a ese lugar, solo Mariana y Annie gustaban de ir allí, algunos lo intentaban pero se perdían, el lugar parecía un laberinto entre tantas cosas viejas. Mariana siempre iba a ese lugar, ahí aclaraba sus pensamientos o simplemente cuando quería sentirse tranquila y descansar. Cruzó los brazos y se recargó en la barda un poco polvorienta, miraba el reloj de la capilla del colegio. Algunos rayos de sol aún se reflejaban en el cristal. Sus ojos se notaban llorosos, recordaba el beso de Annie, no se sentía bien por eso, no sabía si contárselo a Saúl o no. Recordaba tantas cosas y esos recuerdos fueron atrás, al día que Annie le contó su secreto en ese mismo lugar hace años.

Mariana… tengo algo que decirte y si quieres alejarte de mí después de esto lo entenderé.

Mariana era una persona tierna, un poco ingenua a sus diecisiete años, pensaba que todo en la vida era dulzura. Lo contrario de Annie, una persona experimentada, su vida fue un tanto complicada desde que dejó Londres apenas con nueve años de edad, que desde entonces sólo vivía con su madre. La única persona que le causaba ternura y podía doblegar su fuerte carácter, era la sencillez de Mariana.

No creo que sea tan grave, ¡Claro que si me dices que tienes Sida, lepra o que te gustan las chicas, saldré corriendo muy veloz!

Annie al escuchar eso se puso triste y sus ojos empezaron a humedecerse.

¡Sólo estaba jugando! decía Mariana cuando vio la expresión triste de su amiga Créeme que nada sería tan malo como para dejarte, eres mi mejor amiga y nunc…

En realidad sí, me gustan las chicas lo dijo tajante sin dejar que Mariana terminara con lo que estaba diciendo.

La sonrisa dulce de Mariana desapareció, sabía que Annie no jugaba con algo tan serio.

—Bueno… —intentaba decir Mariana.

¡Pero no te preocupes, no me fijaría en ti porque eres mi mejor amiga! repuso rápido.

Mariana aún no salía del shock en el que estaba, nunca imaginó que Annie le dijera una cosa así. Sentía su cuerpo temblar de miedo, tomó aire para tranquilizarse y sonrió preocupada. Miró fríamente a Annie.

Sabes… acabas de desilusionarme dijo seriamente.

Perdóname, si tú lo quieres no volveré a hablarte.

¿Así que no te fijarías en mí?

Annie quedó confundida con esa pregunta.

No entiendo.

Pues yo sí… no me consideras una mujer de la cual te puedas enamorar y volvió a sonreír.

¿Estás jugando conmigo? dijo Annie sonriendo nerviosamente.

Claro que si tonta, respeto tus gustos… bueno tus nuevos gustos y tendrás que hacer algo mejor que esto para alejarte de mí… siempre seremos amigas.

Mariana sonreía amargamente recordando aquel momento. El viento soplaba tan húmedo con la brisa de la tarde, miró el viejo reloj de la capilla como si intentara traer con sus pensamientos esos días pasados y dejarlos ahí.

—Siempre seremos amigas —la voz le temblaba.

Decidió alejarse del lugar, sus manos rozaban algunas viejas cosas y secaba las lágrimas que empezaban a rodar por sus mejillas. Murmuraba palabras que no entendía, tenía sus sentimientos tan encontrados que no sabía cómo manejarlos.

—¿Con quién hablas? —dijo Saúl, que la esperaba en la pequeña puerta que daba a la azotea.

Había ocasiones en las que Saúl tenía que esperar a Mariana en las escaleras porque no se aventuraba a caminar por ese lugar, sabía que aunque lo intentara nunca encontraría el camino entre tantas cosas y Mariana nunca se lo enseñó, creyó que ese lugar sería un secreto solo de amigas.

—Con nadie… sólo pensaba —dijo suspirando, cruzó los brazos aparentando frío y empezó a caminar lentamente. Ya no quería pensar en lo que había pasado.

—¿Se puede saber qué? —le preguntó para saber por qué no lo miraba a la cara.

Ambos bajaron y recorrieron algunos pasillos para salir, el espacio era muy pequeño. Después del accidente ocurrido ahí, el edificio solo era utilizado como almacén de archivos, no muchos alumnos tenían acceso al edificio.

—Nada, solo tonterías.

—Creí que Annie estaba contigo.

Mariana se detuvo y bajó la mirada avergonzada.

—No, no la he visto.

—¿Nos vamos? No quiero quedarme por siempre en el colegio —le dijo Saúl bromeando para que siguieran su marcha.

Mariana no decía ni una palabra en todo el camino, Saúl la miraba pero no se atrevía a preguntar por qué sus ojos estaban tristes. Llegaron a la casa de ella, empezaba a llover un poco y Saúl como siempre la acompañó hasta su puerta. Mariana volvió a rechazar el beso de Saúl y solo lo abrazó sin entender lo que estaba sintiendo en realidad.

La noche era una tormenta, llovía sin parar, era como si los sentimientos de Mariana se reflejaran en ella. La tormenta era lo que sentía en su interior, y la lluvia eran las lágrimas que caían de sus bellos ojos verdes. Se acercó a la ventana, miraba las gotas resbalar y las seguía con sus dedos. El cielo se iluminaba, veía su reflejo en el cristal y tocaba sus labios con los dedos fríos. Pensaba en aquel momento, sentía que los labios de Annie no la habían abandonado y nuevamente volvió a llorar. Se recostó en su cama y miraba al techo. No quería pensar en nada, pero las lágrimas salían sin querer. Con el ánimo cansado se quedó profundamente dormida, su rostro se iluminaba en cada estruendo de la tormenta. Se notaba que tenía malos sueños con lo que había pasado, se movía de un lado para otro de su cama, se podía ver que estaba intranquila, sollozaba y decía con desesperación: Somos amigas.

Al día siguiente Saúl se dirigía al salón de audiovisuales, como era uno de los mejores alumnos daba asesoría a los de primer ingreso todos los días. Era el lugar donde había pasado lo de Annie y Mariana. Se extrañó mucho cuando vio a Annie recargada en la puerta con un cassette en las manos, sabía que no era de su agrado ya que siempre lo trataba con rencor y desprecio. Él pensaba que era porque le había arrebatado un poco de tiempo que ella pasaba con Mariana, nunca pensó que lo despreciaba por otra cosa.

—¿Quieres asesoría, Annie? —dijo sarcasmo— Mariana no está aquí —repuso rápido antes de que se molestara.

—Vine a buscarte a ti —lo miró amenazante.

—¿Y bien, para qué puedo servirte? —preguntó mientras abría la puerta.

—¡¿Tú a mí?! —sonrió Annie con malicia— Para nada.

—¡Sabes que no me gusta jugar… y mucho menos contigo!

—¡Está bien!, no te enojes… aún —dijo casi murmurando.

—¿Qué quieres? —pregunto Saúl enojado.

—Esto es para ti —le entregó el cassette y se acercó—: Sabes una cosa… ella me pertenece.

Annie se fue sin decirle más.

—¿Me pertenece? —se preguntó Saúl sin entender todo lo que ella había dicho.

Saúl jugaba entre sus manos el cassette y se preguntaba qué contenía. Su curiosidad pudo más que su razón, sacó la cinta de su estuche y se sentó a verla. Empezó a entender las palabras de Annie y la frialdad del día anterior de Mariana, no podía creer lo que estaba viendo. La cinta mostraba el beso entre ellas, la conversación que habían tenido antes había sido omitida, aquel beso terminaba cuando la luz se apagó, pero la escena se repetía varias veces. El dolor que sintió Saúl se reflejaba en las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos, la serenidad que lo caracterizaba desapareció, golpeaba todo lo que estuviera a su alcance, hasta que entró Mariana y supo donde depositar toda su rabia.

—¡¿Cómo pudiste?!  —se dirigió a ella con desprecio— ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!

Mariana palideció, jamás había visto a Saúl así, por su mente pasaron muchas cosas, pero no entendía nada.

—Saúl… ¿Qué te pasa?

—¡¿Quieres saber qué me pasa?! —la jaló bruscamente hacia la televisión— ¡¡Esto es lo que me pasa!!

Mariana sintió un escalofrió que recorrió todo su cuerpo, se sintió traicionada al ver la cinta, no podía moverse, no reaccionaba, ni siquiera se dio cuenta cuando Saúl salió. Miraba la escena una y otra vez, volvió a sentir los labios de Annie en los suyos.

Saúl iba enojado, en uno de los pasillos bajando las escaleras se encontró a Annie sonriendo satisfactoriamente porque sabía que había obtenido la victoria. Saúl se paró frente a ella y la miró con desprecio.

—Muy bien… ¡Ella es tuya! —le dijo Saúl y se fue.

Annie miró hacia la puerta, sabía que por el momento no podía acercarse a Mariana, así que no entró al salón de audiovisuales. Mariana estaba destrozada, se sentó y lloró con desesperación, preguntándose por qué Annie la había traicionado de esa manera. No supo cómo pasaron las horas, ya era demasiado tarde, no podía permanecer ahí. Salió del salón, sus ojos no veían con claridad por tanto que había llorado. No sabía qué hacer, si irse o buscar a Annie para que le explicara todo. Salió del edificio tratando de buscarla, pero los últimos rayos de sol evitaban que sus ojos llorosos pudieran ver bien.

—¿Estás bien? —se acercó a ella Luís, que sentía un poco de culpa.

—¿Te parece que estoy bien? —dijo molesta.

—Perdona… siempre hago preguntas tontas.

—¿Sabes dónde está Annie? —Mariana no podía disimular que estaba enojada, Luís ya entendía el porqué, así que no negó nada.

—Sí, está en “el vuelo”.

—Gracias.

—Mariana… yo —dijo Luís, pero Mariana ya se había ido—, perdóname.

Mariana se alejó casi corriendo, iba tan molesta que no daba crédito de nada, nunca había sentido tanto odio por una persona y jamás pensó que lo sentiría por su mejor amiga.

—¡¡Te odio!! —sus ojos no podían disimular para nada su enojo, ni siquiera las lágrimas que caían de ellos— ¡¡Debí alejarme de ti cuando me lo dijiste… arruinaste mi vida!!

—Mariana.

Fue lo único que alcanzó a decir antes de que Mariana volviera a gritarle. Annie se sentía devastada con cada palabra que salía de la boca de Mariana, no podía hacer nada, solo escucharla.

—Sabes que lo amaba. ¡Que aún lo amo! ¡¡Me traicionaste!!

—¡¡No es cierto!! —respondió Annie gritando— ¡¡Tú lo traicionaste a él porque aceptaste que te besara!!

—¡Fue compasión!… ¿No lo entiendes? Esa fue la razón por la cual permití que me besaras. Eras mi amiga, qué esperabas de mí… ¿Un beso de amor?…

Annie sintió como si un rayo le hubiera partido el alma al escuchar, pensó en el instante en el que esperaba una respuesta de aquel beso, una respuesta que nunca recibió, y entendió que Mariana jamás le correspondería con amor.

—Perdóname —se acercó a Mariana, que ella con resentimiento no dejó que la tocara.

—Esperaba todo, nunca una traición —le dijo mientras secaba las lágrimas de sus ojos—. No puedo perdonarte, jamás te perdonaré. 

Mariana se alejó del lugar, ya no quería gritarle, ya no quería sentir ese dolor y vacío en su corazón. Annie se quedó sola pensando en el daño que le había causado a la persona que más amaba en la vida, de la cual ya no tendría su cariño ya ni siquiera como su amiga.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.