XX
Andrea
permaneció silenciosa en todo el trayecto. No sabía muy bien a qué iba a la
sierra, para qué, con qué sentido, qué la conducía a estar ahí. ¿Cuál sería el
propósito de un viaje que no tenía un sentido real? Quizá no se daba cuenta que
sólo quería huir de su madre. No quería enfrentar su desprecio, un desprecio
que tal vez no podría soportar más. Tenía que pensar bien las cosas, quizá
verlas desde una parte más lejana, una perspectiva diferente. Pensar en lo que
pasaría si se alejaba para siempre, si podría regresar después por Natalia, en
unos años, cuando no tuvieran que depender de sus padres. Pero tenía que pensar
primero si tendría el valor de dejarla. Y era obvio que no lo tenía. ¿Por qué
la única forma de hacer bien las cosas era hacerlas de mal manera? ¿Qué había
más allá de su región? Las personas no iban a cambiar sus creencias y pensamientos.
Las miradas y las palabras dirigidas hacia su relación serían las mismas:
hostiles y llenas de incomprensión. Los adultos eran extraños a la hora de
hablar de sentimientos, arraigados a sus costumbres y a la buena forma de ver las cosas, ellos decían que era lo correcto.
¿Por qué no entendían sus sentimientos?
La sierra no
estaba tan lejos de su región, pero tampoco imaginó que estuviera tan cerca, al
menos el tiempo recorrido no lo sintió. Andrea no conocía a la abuela de Tania,
no conocía a nadie en realidad. Recorrió con la vista el lugar hermoso lleno de
naturaleza, tal y como lo recordaba a través de los ojos de su abuela. Los
árboles eran más grandes y de un color tan vivo. El viento podía respirarse
diferente, más fresco. Parecía que estaba en otro lugar. Era mentira todo lo
que había dicho Tania, no parecía tanto un lugar abandonado, las calles estaban
empedrabas, había alumbrado público y estaba segura que había agua limpia. Andrea
no mostraba tanto interés por conocer más allá del lugar donde vivía, pensaba
que todo lo hermoso ya lo había conocido y que no había otra cosa que ver. La
región donde vivía conservaba el panorama tranquilo y verde de Chiapas, pero la
sierra era aún más verde y hermosa, realmente impresionante.
Su vista se
fijó en un enorme edificio que sobresalía de las pequeñas casas que tenían un
mismo colorido humilde y generoso, había llegado al lugar indicado. Sus ojos
exploraron la edificación desde lejos, que contrastaba entre tanta humildad. No
parecía tan impresionante como quizá lo fue al principio, cuando fue recién construido.
Sabía que ahí no encontraría nada, su objetivo era algo más importante. No
sabía qué, pero no era el visitar un hotel cinco estrellas.
—Andrea —dijo
su amiga.
La abuela de
Tania les invitó a tomar jugo de naranja que recién había preparado; era lo
único que tenía, su llegada fue inesperada y no tenía nada más que ofrecerles. Andrea
estaba familiarizada con tanta humildad, sus abuelos, por parte de su padre,
también habían vivido en una de las regiones más pobres de Chiapas. Cuando
pequeña le gustaba jugar entre la tierra o junto al río cuando iba a visitarlos.
La casa de la abuela de Tania era pequeña, acabada por el tiempo: las paredes se
caían en cascajos y la madera de puertas y ventas estaba apolillada. Lo único
que se preservaba era la inmensidad de su patio, tenía arbustos que rodeaban
toda una cerca, que, apostaba, en primavera se llenaban de mil colores. Toda su
familia había vivido ahí, generación tras generación, pero ahora les tocaba ver
a sus hijos marcharse fuera del estado o del país en busca de algo mejor.
—Beban, para
que se refresquen —sugirió. Les sirvió un poco más de jugo—. A pesar de que es
invierno, el clima está muy variado durante el día, pero no tarda en hacer
frío.
—No estaremos
mucho tiempo, abuela —dijo Tania.
—Por lo menos
estás hoy aquí —respondió.
Siguió
apresurada por atender a sus visitas, ofreciéndoles unas galletas que había
encontrado en su cocina. Sus pasos eran cansados como los de Helena, su vista
también era casi borrosa. Andrea se preguntaba si había conocido a su abuela. Quería
saberlo. Tenía ansias de conocer la historia desde otro punto de vista.
—¿Conoció a Helena
Rusenberg? —preguntó impaciente, sin contener sus palabras.
La anciana
dejó de buscar algo más en la cocina para ofrecerles. Como si el mero nombre le
hubiera volcado los más angustiantes recuerdos. Sus pasos fueron, mucho más
lentos, hacia Andrea.
—Se parecía a
ti —respondió.
—Es mi abuela.
La mujer
esbozó una sonrisa casi burlona, pero dulce.
—Todo el
pueblo decía que el destino jamás la alejaría de la sierra, que sería su
condena para siempre. ¿Lo fue así?
—No —aseguró
Andrea—. Nunca regresó a la sierra desde que se marchó, pero siempre regresaba
a Chiapas todos los inviernos.
—¿Por qué?
Andrea tenía
que omitir lo más importante, pero la parte lógica valía la pena explicarla.
—El hombre con
el que se casó mi abuela es de México —explicaba— y la única hija que tuvieron,
mi madre, también se casó con un mexicano originario de aquí, de Chiapas.
La abuela
volvió a sonreír de la misma manera.
—¿Ves? Nadie
quien perturbe, de cualquier manera, tierra mexicana, escapa de su condena.
—Mi madre y mi
abuela fueron felices —respondió.
—La condena no
tiene que ser mala, simplemente no escapan de un destino que forjaron aquí. Es
lo misterioso que tienen estas tierras y este país. Si fueron felices cuando
estuvieron aquí, tienen que volver y ser felices para siempre.
Andrea sonrió,
cómo negar sus palabras si ella misma sabía que no dejaría su país por ningún
otro, muy a pesar de todo lo malo que había.
—Mi abuela no
tuvo la intención de arruinar la sierra.
—Lo sé —contestó
la abuela de Tania—. Se miraba en sus ojos toda la ilusión de estar aquí, pero…
no sólo era por su trabajo y mucho menos lo que conseguiría al construir un
hotel tan impresionante. En su mirada había algo más.
Andrea se
quedó callada.
—Cuando se
construyó el hotel se perdió mucha tranquilidad en la sierra —dijo la abuela.
Recordó lo
verde y lo inmenso que era el lugar donde ahora se encontraba el hotel. Las
jardineras que lo rodeaban tenían árboles pequeños y flores de un solo color,
perfectamente bien cuidadas. Los turistas, nacionales e internacionales,
llegaban en todas las temporadas, y mucho más cuando eran vacaciones. Sí hubo
un progreso significativo en la sierra desde su construcción, había empleos
seguros y entraba más dinero al estado. Pero muchos otros se mantuvieron en su
dignidad de no aceptar nada, como la abuela de Tania.
—Sin importar
nada, al final se construyó el hotel…, pero hubo alguien que luchó hasta el
último día. Aún se le puede ver por el pueblo.
—¿El doctor
Adrián? —preguntó Andrea.
Sabía que era
el único que podía permanecer ahí y seguir con la lucha que a Lorena le hubiera
gustado mantener hasta el final.
—Sí, aunque se
marchó varios años después, dicen que se casó y ahora está trabajando en una
comunidad de Jalisco. Es un buen hombre, a veces viene con su familia de
vacaciones o viene el solo —dijo.
Andrea estaba
confundida, de quién estaba hablando entonces la abuela de Tania, no conocía a
nadie más que hubiera luchado por boicotear una construcción tan impresionante.
—La doctora
Lorena sigue aquí —dijo por fin.
—¡¿Lorena?!
¿Está viva?
—¡Claro que
sigue viva! —Sonrió la abuela de Tania—. A pesar de su ceguera luchó hasta
donde pudo para que el hotel no se construyera. Sigue viviendo en la parte más
alta de la sierra, en la misma cabaña. Nunca quiso aceptar ayuda de nadie ni
vivir más cerca del pueblo. Aprendió a vivir sola, siempre ha mostrado coraje y
una alegría por la vida.
Andrea dejó de
escuchar las palabras de la abuela, lo que quería escuchar había entrado lo
suficiente a sus oídos. No podía creerlo. Siguió un camino que creyó no tener
sentido, una historia y un pasado. ¿Cómo buscar más preguntas? ¿Dónde buscar
más respuestas para ver si la respuesta era la correcta, y…, en verdad lo era,
es por lo que tanto estaba pidiendo? No sabía si valía la pena que su abuela
sufriera tantos años sin conocer una verdad. Con qué motivo hacerle creer que
Lorena estaba enamorada de ella. Andrea estaba segura que sí, pero necesitaba
pruebas, unas que sólo podía darle Lorena y estaba dispuesta a buscarlas.
—¡¿Dónde está
Lorena?! ¡¿Dónde está su cabaña?!
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