I
"Cuándo puedes
dejar de sentir… cuándo, si tu corazón aún puede latir. Tan falso e
irremediable es dejar de sentir amor, la duda más pequeña puede romper los
momentos más felices, los momentos mejor vividos. Luchas contra algo que no
existe, pero lo sientes tan intenso en ti, algo por lo cual vale la pena
vivir..."
Mariana cerró el libro
que tenía en sus manos, miró a todos lados, la biblioteca parecía un lugar que
sólo ella conocía. Miró a las pocas personas que había en las mesas un poco
alejadas de ella... "¿Vale la pena sufrir lo que estoy sufriendo si aún la
amo?". Hacía esa pregunta al mirar cada uno de esos rostros cansados. Miró
nuevamente el libro, "¿En verdad vale la pena vivir?". Recostó su
cabeza sobre el libro, poco a poco empezaba a quedarse dormida cuando un
escalofrío recorrió su cuerpo al escuchar el susurro de su nombre en su oído.
Mariana lentamente alzó la cabeza olvidándose de aquel sueño que sentía y
frente a ella se encontró una rosa blanca. Buscó por todas partes a Annie y sin
encontrarla salió de la biblioteca. Mariana aún buscaba los ojos de Annie al
salir de ese lugar, miraba cada movimiento en el Colegio, intentando encontrar
a unos intensos ojos azules. Hacía demasiado frío para ser noviembre, las hojas
caían y el viento soplaba con tanta fuerza.
Annie había vuelto al
colegio dos días después de su regreso, sólo hasta entonces tuvo el valor de
volver. Estaba en aquel lugar, en "el vuelo", lo sentía vacío y
triste, pero no más de lo que sentía en su interior. Annie miraba el reloj de
la capilla, estaba desesperada y triste, no entendía lo que Mariana había
hecho. Quería gritar, sacar de su alma tanto dolor. Escuchó el sonido de una
paloma posarse en la barda a un lado de ella, volteó rápidamente y se encontró
a una chica como de 17 años de una mirada azul, tan intensa como la de ella e
igual de triste. Las manos de esa chica acariciaban a la paloma blanca. Annie miró
a todos lados preguntándose de donde había salido esa chica.
—Es difícil, ¿Verdad?
—dijo la chica mirándola a los ojos— Es difícil ver a la persona que amas
amando a alguien más.
Su mirada azul se fijó
en el patio, Annie volteó hacia esa mirada y se topó con la silueta de Mariana
con Victoria en el patio del colegio y en ese mismo momento Mariana miró hacia
arriba. Fue como si ninguna de las dos se viera aunque sus miradas estuvieran
fijas una de la otra. Annie agachó la cabeza y con la voz entre cortada le
contestó:
—Sí... muy difícil.
—Mariana —dijo la chica
dulcemente.
El viento empezó a
soplar con fuerza, la paloma se alejó y Annie la siguió con la mirada hasta que
se perdió entre los árboles, cuando volteó la chica había desaparecido.
***
—¡Mariana! —gritó Victoria
cuando la vio pasar a su lado un poco distraída.
—¿Victoria, qué haces
aquí?
—Bueno, sólo vine a
decirte lo que en realidad pasó esa noche.
—No es necesario que
digas nada, yo... —el sonido de un violín empezó a escucharse desde "el
vuelo". Mariana miró a Victoria extrañada porque no prestaba atención. El
sonido se hacía más fuerte tocando una suave melodía que llenaba de nostalgia
el corazón de Mariana. Miró hacia arriba, sin darse cuenta sus ojos empezaban a
nublarse por las lágrimas que inexplicablemente rodaban por sus mejillas.
—Mariana —dijo Victoria—
¿Estás bien?
Mariana la miró desconcertada,
como si sus sentidos hubieran sido atrapados por aquella melodía.
—No es nada —dijo
Mariana limpiando sus lágrimas y se fue.
***
Annie sintió un leve
mareo porque no sabía lo que pasó en ese instante. Volteó al patio para ver si
encontraba a Mariana pero ya no estaba, así que bajó corriendo de aquel lugar
para buscarla. Recorría los pasillos de los edificios intentando encontrarla,
estaba molesta y triste, pensando desde cuándo Mariana salía con Victoria,
preguntándose desde cuando la engañaba. En un instante sus miradas tropezaron,
en Annie había dolor y enojo, en Mariana sólo indiferencia. Mariana dejó de
mirarla y siguió su camino, Annie la detuvo jalándola del brazo cuando pasaba a
su lado.
—¿Por qué?... ¿Por qué
no puedes enfrentarme?
—¿Para qué?... —dijo
Mariana soltando su brazo con fuerza— ¡Si sólo quieres que escuche todo lo malo
que piensas de mí!
—¿Por algo lo digo, no
crees?
Mariana reaccionó
dándole una bofetada. Ese momento hizo que sus compañeros se detuvieran a ver
lo que estaba pasando entre ellas.
—¡Cuando regresaste de
Londres, me encontraste a mí, no a una...! —Mariana cortó sola sus palabras— Y
sin embargo yo, sigo esperando... ¡Aún sigo esperando a que regreses!
Mariana extendió la
mano enseñándole la rosa, que pensó que Annie le había dejado en la biblioteca.
—Lindo obsequio… ¿Qué,
te la dio Victoria, la persona que ahora amas? —dijo Annie muy molesta.
—¡¡Tú eres a la única
persona que amo!! —gritó.
Annie abrió los ojos
impresionada por lo que Mariana gritó sin importarle las personas que estaban a
su alrededor, Mariana dio la vuelta y empezó a alejarse.
—¡¡¡Prometiste
esperarme!!! —gritó Annie con rabia.
Mariana volteó, sólo
había dado tres pasos.
—¡¡¡Lo hice!!!...
—gritó con la misma intensidad de Annie— Y creo que aún lo sigo haciendo —la
miró a los ojos como si estuviera buscando algo que había perdido y ya nunca
más regresaría.
Mariana se alejó sin
decirle nada más. Parecía que ya no había más arreglo entre ellas que alejarse
para no lastimarse más. Annie se quedó parada sin reacción alguna, no entendía
el comportamiento de Mariana. Annie buscaba respuestas, aliviar su dolor y
entender tantas cosas.
Mariana caminaba
furiosa, le dolía en el alma que Annie desconfiara de ella. Miró la rosa que
tenía en sus manos y la apretó con fuerza, con una gran rabia. Sólo quería
deshacerse de ella al pensar que no fue Annie quien se la dio. Su mirada
buscaba un bote de basura, pero la capilla fue lo primero que llamó su atención
y entró. Por alguna razón a Annie y a ella no les gustaba ese lugar. Era la
primera vez que Mariana entraba a la capilla, le impresionó la arquitectura tan
antigua que tenía, ya un poco apagada por el tiempo. La capilla estaba más
vacía que la biblioteca, Mariana miró a todos lados sin encontrar a nadie,
llegó hasta el altar, depositó la rosa en el piso dio la vuelta y caminaba
hacia la salida un poco más tranquila.
—Mariana.
Escuchó mencionar su
nombre, dio la vuelta y en una de las bancas frente al altar había dos chicas
muy pequeñas, no pasaban la edad de 15 años. Una de ellas lloraba.
—¡Mariana debes
calmarte! —decía la chica y la abrazaba— ¡Estaré siempre contigo!
Mariana caminaba hacia
ellas con lentitud, de alguna manera se le hacían familiares esas dos pequeñas.
Lo que se le hacía extraño era no entender porque no las había visto antes en
el colegio. Escuchaba su conversación muy lejana, con ecos, como si no
estuvieran en esta vida, y lo único que viera fuera a dos fantasmas.
—¿Mariana?
Escuchó su nombre
detrás de ella y volteó asustada.
—¿Mariana, qué haces
aquí? —preguntó la madre Clara, ya que cuando les daba asesoría nunca querían
asistir a la capilla.
—Madre yo... —dijo
Mariana y dio media vuelta para señalar a esas dos pequeñas. Mariana quedó
sorprendida porque ya no estaban.
—¿Mariana, estás bien?
—Sí, sólo... —se quedó
pensando en esa voz, era la misma voz que escuchó aquella vez en el invernadero
mencionar su nombre, la misma voz que escucho en la biblioteca, la misma forma
dulce y triste resonaba en su cabeza.
—¿Pasa algo?
—¿Quién es Mariana
Durkheim? —sólo atinó a decir.
—¿Qué hay con ella?
—Sólo quiero saber que
pasó —Mariana recordó a la chica que consolaba a Mariana y le encontró cierto
parecido a Annie— ¿Cómo se llamaba su compañera de dormitorio? Se parece a Annie,
¿verdad?
La madre dio pasos atrás,
no quería recordar nada de lo que ella vivió en el Merceus.
—Señorita Guilloth...
su lugar no es aquí —dijo Emilia detrás de la madre Clara.
Mariana volteó hacia
atrás recordando a esas pequeñas, miró a la madre Clara desconcertada, agachó
la cabeza y no supo que decir. Salió de la capilla sin entender nada.
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