"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

22 de noviembre de 2011


VIII





Lorena se sentía molesta, gran parte de la sierra no tenía árboles ni flores, la zona estaba lista para la construcción del hotel. El trabajo se hacía de día y de noche, todo el proceso mantenía una velocidad impresionante. En realidad la superficie, de lo que pronto sería un elegante hotel, era inmensa, no había árboles en el lugar y parecía un desierto en medio de la sierra. Lorena no lo soportaba, era un lugar especial donde los niños jugaban después de clases, donde podía llevarlos por las noches y contarles historias al calor de la fogata. Los troncos, de los que habían sido inmensos árboles, estaban apilados como si fueran nada. No sabía cuál sería su destino, si los habían puesto a la venta o se los darían a los pobladores. No quería saberlo, de todas formas era algo que le enfurecía mucho más. La construcción estaba cerca del hospital, así que no podía evitar estar ahí. Por la noche miraba las inmensas lámparas que alumbraban la zona de la construcción, parecía que nunca había una hora de descanso. Jamás alcanzó a contar a todos los trabajadores, eran muchos. Sólo de vez en cuando podía distinguir la silueta de Helena entre tanta gente. Y antes de que ella llegara al hospital, buscando un descanso, o su compañía, prefería irse a su cabaña o hacer visita de rutina con sus pacientes. No sabía muy bien la necesidad que sentía de huir de Helena, la evitaba a toda costa por la noche.

—¡Esto es un robo! —Lorena gritaba molesta a un hombre de mayor edad que vivía en la sierra—. ¡¿Cómo pueden darte tan poco dinero por arruinar tu tierra y la libertad de tus hijos?!

Algunos pobladores habían aceptado el trabajo, ya que, aparte de la paga que recibirían, les habían prometido la construcción de casas cerca del hotel y empleos. Muchos habitantes eran muy pobres, no podían dejar pasar una oportunidad así, menos para lograr un empleo y asegurar el futuro de sus hijos más pequeños. Lorena había hablado con ellos acerca de lo que significaba un proyecto así, mas nunca se opuso a cualquiera de sus decisiones. Estaba consciente de que el pueblo carecía de oportunidades de crecimiento como para desaprovechar una de gran magnitud. Pero era la sierra, la naturaleza y la tranquilidad que se le sería arrebatada para siempre, no sólo a ella o a los pobladores, se le arrebataría al planeta.

—¡Es una infamia! —dijo.

Helena estaba a unos metros de Lorena, veía sus gestos de enfado, pero no alcazaba a saber por qué estaba tan molesta. Dejó lo que estaba haciendo y se acercó a ella.

—¿Pasa algo? —preguntó preocupada—. ¿Por qué estás tan molesta?

—Lo que pasa es que… —decía Lorena, simulando tranquilidad; que al final no logró mantener—. ¡¡Tú y todo esto es una basura!!

Se marchó después de gritarle. Se sentía frustrada al saber que no podía hacer más que eso: ofenderla. Su impotencia hizo que sus pasos se tornaran pesados, por más que quiso avanzar con rapidez, no lo consiguió. El suelo que pisaba era parejo, la tierra era rojiza y café, no se asomaba ni una piedra o ramas caídas de los árboles, el área estaba limpia. Caminaba sobre el lugar que pronto estaría cubierto de losas blancas y brillantes; quizá el lobby del hotel, el restaurante lujoso o el bar. No quería si quiera imaginar lo que en un futuro sería. Siguió avanzando, forzando un movimiento más rápido a sus piernas.

Helena no apartó su mirada de ella, no sabía a qué se estaba refiriendo, creía que en algún momento habían llegado a una especie de tregua. Ahora estaba segura que no había tal acuerdo por parte de Lorena. Prefirió seguirla para encontrar una explicación.

—No puedo aceptar tus palabras —decía, deteniéndola del brazo con urgencia—. No puedo aceptarlo…, no de ti.

Sus ojos sin querer se humedecieron. La tregua la quería, más que con ninguna otra persona en el mundo, la quería con Lorena.

 —Sea lo que sea, lo arreglaré.

Lorena se sorprendió por sus palabras inyectadas de tristeza, un tono que no había escuchado en su voz.

—¿Estás segura de lo que hablas? —preguntó, manteniendo el enfado.

Estaba molesta con Helena, no le importaba lo que estaba sintiendo por ella. Miró los dedos de sus manos apretando su brazo, no lo hacía con fuerza, de hecho lo sintió como una caricia, demasiado dulce para la ocasión. Dejó sus sentimientos a un lado y tan ocultos, que parecía no existían. No quería darle importancia a un sentimiento que no quería volver a depositar en su corazón.

—Sí —aseguró Helena.

Lorena sintió la presión de la mano ceder, deslizándose por todo su brazo como una sutil caricia. Tantos sentimientos se acumularon y tantas barreras se construyeron en un segundo. Nada pasaba, no dejaría que nada pasara entre ellas. Buscó con la mirada a la persona con la que estaba hace un rato y al mirarlo le gritó para que fuera hacia donde estaban. El hombre llegó apenado, se sentía un poco incómodo por tratar con una persona como Helena. A pesar de trabajar para ella, nunca le había dirigido ni una palabra, ni siquiera como saludo.

—Puedes enseñarle a la señorita Rusenberg cuánto fue que te pagaron por todo tu trabajo —pidió Lorena con indignación.

El hombre robusto de mediana estatura, empezó a sacar el poco dinero que tenía en sus bolsillos, el mismo dinero que le habían pagado por su trabajo en la construcción.

—¿Es todo? —preguntó Helena. No era mucho lo que el hombre tenía en sus manos.

Lorena volteó a verlo para que pudiera sentirse seguro y contestara con la verdad. El hombre sólo asintió con la cabeza. Los ojos de Helena se tornaron diferentes, el azul de sus ojos se hizo más intenso, más azul. En un segundo todo su rostro cambió, no se veía tranquila, mucho menos temerosa, como se sentía siempre a lado de Lorena. Se apartó de ellos sin decirles nada. Buscaba con su mirada impaciente a un hombre alto, de la misma estatura que ella. Lo encontró de espaldas hablando con otras personas. Apresuró más sus pasos, llegando hasta donde estaba en menos tiempo de lo que imaginó. Con poca fuerza pudo darle la vuelta con la mano para que le viera la cara. Helena no sabía si tenía un poder superior dentro de la empresa, pero aun así decidió hacer lo que creía correcto y sobre todo no quedar mal con Lorena.

—¡Estás despedido! —Gritó Helena, y le arrebató los papeles que tenía entre sus manos—. No venimos a la sierra a aprovecharnos de nadie.

El hombre dibujó una media sonrisa de cinismo en su rostro. Las palabras de Helena eran absurdas, los empresarios lo sabían y ella, más que nadie, no era ignorante de todo lo que abarcaría el proyecto a nivel nacional. No se aprovecharían de la gente de la sierra, se aprovecharían de la sierra. Richard se quitó el casco que cubría su cabeza y lo dejó caer al piso. Le regaló otra sonrisa cínica y le dio la espalda. No hubo objeción a su decisión, entonces Helena sí tenía un cargo más importante. Regresó hasta donde estaba Lorena, que la observaba impresionada por lo que había hecho. No la creía capaz de defender algo que no le correspondía.

—Está todo arreglado —se dirigió al hombre, que aún permanecía junto a Lorena—. Se te pagará lo justo esta misma tarde.

Helena empezó a alejarse sin decirle nada a Lorena. No lo veía como un asunto importante después de sentirse ofendida por lo que le dijo, no quería más rechazos de su parte. No aguantaría uno más, no de Lorena. Pero por otra parte se sentía agradecida por hacerle demostrar un poco de valor. Antes sólo hubiera dejado que las cosas pasaran, no porque no le importara hacer justicia, simplemente no tenía el valor de hacerlo. Sintió tristeza al entender por qué Jessica había dicho que sin ella nunca podría enfrentarse al mundo. Quizá por eso se enamoró de ella, amaba su protección, su carácter mezquino, la intolerancia de su paciencia y su malicia ante el mundo. Cómo pudo enamorarse de la sensación de sentirse protegida por una persona que no sabía cómo ganarse el respeto de nadie y sólo imponía su voluntad. Necesitaba tenerla a su lado para no sentirse indefensa. Y la necesidad era un sentimiento absurdo para el amor. Tenía un valor propio, lo había demostrado.

—¡Espera, Helena, por favor! —gritó Lorena pasos atrás. Helena se detuvo a escucharla—. ¿Qué fue eso?

—Una basura despidiendo a otra basura peor —dijo, y comenzó a alejarse otra vez con pasos rápidos.

Lorena se apresuró para alcanzarla. No quería que Helena se fuera con la impresión de impertinencia y arrogancia que le demostró. No otra vez.

—Siento mucho lo que te dije —decía avergonzada—, no era realmente mi intención.

—No te preocupes, defendías lo justo —admitió Helena y sonrió. Sabía que no iba a esperar menos de la actitud de Lorena para defender lo que creía una injusticia—. Tenemos presupuesto y pagos fijos, lo que el miserable le estaba dando no era ni la mitad de su paga.

—¡Helena! —Gritó Marco, su asistente, interrumpiendo la charla—. Necesitamos los planos para empezar la construcción de las primeras torres.

—¡Sí, ahora mismo voy por ellos! —dijo con disgusto ante la interrupción.

Lorena se quedó mirando a todos lados, menos a Helena. Ahora sí tenía miedo de lo que podría pasar, de lo que había hecho con los planos de la construcción. No le dijo nada, sabía que nada podía cambiarlo. No le ofreció más disculpas por haberle dicho basura y tampoco la iba a retener para otra cosa. Helena la miró y le sonrió para que no se preocupara. Suspiró profundamente por sentirla tan cerca a pesar de sus malas palabras. Después se marchó, la presión de su asistente era incomoda.

Marco acompañó a Helena hasta el hospital por los planos de la construcción, no estaba muy lejos de ahí y debían apresurarse.

—¿Lorena Vilard? —preguntó Marco, cuando entraban al hospital.

Recordó su mirada un tanto altiva y segura, interrumpiendo la junta tan importante que tenían en Nueva York.

—Sí. Es ella —decía Helena, buscando los planos—. Es más agradable cuando sonríe… o cuando no está diciéndote palabras ofensivas.

—Sí, ya lo creo…, con lo que hizo en Nueva York, no cabe ni la menor duda.

Pasó largo tiempo buscando los planos.

—¿Dónde están? —Se preguntó Helena, desesperada—. ¿Dónde los puse?

—Helena, sin esos planos no podemos continuar con la construcción. Los ingenieros quieren empezar hoy con las primeras torres.

Pasó una mirada rápida por todo el hospital: sobre el estante, debajo de la cama, el escritorio que estaba a la entrada, incluso en las esquinas donde estaban las telarañas. No había nada, ni el más mínimo rastro.

—No están. Sé que no los he sacado de aquí.

Su voz se escuchó con duda y temor. Pero no pudo haberlos sacado, con qué fin hacerlo. No tenía sentido. Su vista se paseó una vez más por los mismos lugares. El portafolio era grande, visible en cualquier lugar. Era obvio que no estaban en el hospital.

—¡Perderemos el trabajo!

—¡Cállate, Marco! Necesito saber dónde los dejé.

Salió al patio para aclarar bien sus pensamientos. Sabía que si no encontraba los planos perdería su trabajo, el proyecto y todos sus años de subgerente en la compañía. Su cabeza dio mil vuelcos en segundos. Los planos tenían que estar en el hospital, Lorena los había guardado. Helena miró las cenizas de la fogata y recordó las palabras de Lorena: «Porque está hecha con el mejor papel».

Empezó a buscar entre las cenizas, el viento le ayudó a remover un poco la basura y algunas ramas a medio quemar. Entre ellas había trozos de papel, muy pequeños, pero era claro de que papel eran. No quería creer que Lorena había quemado los planos de la construcción sin importarle nada. Limpió sus lágrimas con las manos llenas de ceniza.

—De acuerdo, Lorena… —dijo sin ganas de pensar en otra cosa, que saber que nunca sería bienvenida en su vida.

Volteó a ver a Marco y le sonrió con amargura.

—No están.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

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Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.