VIII
Lorena se sentía molesta, gran parte de la sierra no
tenía árboles ni flores, la zona estaba lista para la construcción del hotel.
El trabajo se hacía de día y de noche, todo el proceso mantenía una velocidad
impresionante. En realidad la superficie, de lo que pronto sería un elegante
hotel, era inmensa, no había árboles en el lugar y parecía un desierto en medio
de la sierra. Lorena no lo soportaba, era un lugar especial donde los niños
jugaban después de clases, donde podía llevarlos por las noches y contarles historias
al calor de la fogata. Los troncos, de los que habían sido inmensos árboles,
estaban apilados como si fueran nada. No sabía cuál sería su destino, si los
habían puesto a la venta o se los darían a los pobladores. No quería saberlo,
de todas formas era algo que le enfurecía mucho más. La construcción estaba
cerca del hospital, así que no podía evitar estar ahí. Por la noche miraba las
inmensas lámparas que alumbraban la zona de la construcción, parecía que nunca
había una hora de descanso. Jamás alcanzó a contar a todos los trabajadores,
eran muchos. Sólo de vez en cuando podía distinguir la silueta de Helena entre
tanta gente. Y antes de que ella llegara al hospital, buscando un descanso, o
su compañía, prefería irse a su cabaña o hacer visita de rutina con sus pacientes.
No sabía muy bien la necesidad que sentía de huir de Helena, la evitaba a toda
costa por la noche.
—¡Esto es un robo! —Lorena gritaba molesta a un
hombre de mayor edad que vivía en la sierra—. ¡¿Cómo pueden darte tan poco
dinero por arruinar tu tierra y la libertad de tus hijos?!
Algunos pobladores habían aceptado el trabajo, ya
que, aparte de la paga que recibirían, les habían prometido la construcción de
casas cerca del hotel y empleos. Muchos habitantes eran muy pobres, no podían
dejar pasar una oportunidad así, menos para lograr un empleo y asegurar el
futuro de sus hijos más pequeños. Lorena había hablado con ellos acerca de lo
que significaba un proyecto así, mas nunca se opuso a cualquiera de sus
decisiones. Estaba consciente de que el pueblo carecía de oportunidades de
crecimiento como para desaprovechar una de gran magnitud. Pero era la sierra,
la naturaleza y la tranquilidad que se le sería arrebatada para siempre, no
sólo a ella o a los pobladores, se le arrebataría al planeta.
—¡Es una infamia! —dijo.
Helena estaba a unos metros de Lorena, veía sus
gestos de enfado, pero no alcazaba a saber por qué estaba tan molesta. Dejó lo
que estaba haciendo y se acercó a ella.
—¿Pasa algo? —preguntó preocupada—. ¿Por qué estás
tan molesta?
—Lo que pasa es que… —decía Lorena, simulando
tranquilidad; que al final no logró mantener—. ¡¡Tú y todo esto es una basura!!
Se marchó después de gritarle. Se sentía frustrada
al saber que no podía hacer más que eso: ofenderla. Su impotencia hizo que sus
pasos se tornaran pesados, por más que quiso avanzar con rapidez, no lo
consiguió. El suelo que pisaba era parejo, la tierra era rojiza y café, no se
asomaba ni una piedra o ramas caídas de los árboles, el área estaba limpia.
Caminaba sobre el lugar que pronto estaría cubierto de losas blancas y
brillantes; quizá el lobby del hotel, el restaurante lujoso o el bar. No quería
si quiera imaginar lo que en un futuro sería. Siguió avanzando, forzando un
movimiento más rápido a sus piernas.
Helena no apartó su mirada de ella, no sabía a qué
se estaba refiriendo, creía que en algún momento habían llegado a una especie
de tregua. Ahora estaba segura que no había tal acuerdo por parte de Lorena. Prefirió
seguirla para encontrar una explicación.
—No puedo aceptar tus palabras —decía, deteniéndola
del brazo con urgencia—. No puedo aceptarlo…, no de ti.
Sus ojos sin querer se humedecieron. La tregua la
quería, más que con ninguna otra persona en el mundo, la quería con Lorena.
—Sea lo que
sea, lo arreglaré.
Lorena se sorprendió por sus palabras inyectadas de
tristeza, un tono que no había escuchado en su voz.
—¿Estás segura de lo que hablas? —preguntó, manteniendo
el enfado.
Estaba molesta con Helena, no le importaba lo que
estaba sintiendo por ella. Miró los dedos de sus manos apretando su brazo, no
lo hacía con fuerza, de hecho lo sintió como una caricia, demasiado dulce para
la ocasión. Dejó sus sentimientos a un lado y tan ocultos, que parecía no existían.
No quería darle importancia a un sentimiento que no quería volver a depositar
en su corazón.
—Sí —aseguró Helena.
Lorena sintió la presión de la mano ceder,
deslizándose por todo su brazo como una sutil caricia. Tantos sentimientos se acumularon
y tantas barreras se construyeron en un segundo. Nada pasaba, no dejaría que
nada pasara entre ellas. Buscó con la mirada a la persona con la que estaba
hace un rato y al mirarlo le gritó para que fuera hacia donde estaban. El
hombre llegó apenado, se sentía un poco incómodo por tratar con una persona como
Helena. A pesar de trabajar para ella, nunca le había dirigido ni una palabra,
ni siquiera como saludo.
—Puedes enseñarle a la señorita Rusenberg cuánto fue
que te pagaron por todo tu trabajo —pidió Lorena con indignación.
El hombre robusto de mediana estatura, empezó a
sacar el poco dinero que tenía en sus bolsillos, el mismo dinero que le habían
pagado por su trabajo en la construcción.
—¿Es todo? —preguntó Helena. No era mucho lo que el
hombre tenía en sus manos.
Lorena volteó a verlo para que pudiera sentirse
seguro y contestara con la verdad. El hombre sólo asintió con la cabeza. Los
ojos de Helena se tornaron diferentes, el azul de sus ojos se hizo más intenso,
más azul. En un segundo todo su rostro cambió, no se veía tranquila, mucho
menos temerosa, como se sentía siempre a lado de Lorena. Se apartó de ellos sin
decirles nada. Buscaba con su mirada impaciente a un hombre alto, de la misma
estatura que ella. Lo encontró de espaldas hablando con otras personas. Apresuró
más sus pasos, llegando hasta donde estaba en menos tiempo de lo que imaginó. Con
poca fuerza pudo darle la vuelta con la mano para que le viera la cara. Helena
no sabía si tenía un poder superior dentro de la empresa, pero aun así decidió
hacer lo que creía correcto y sobre todo no quedar mal con Lorena.
—¡Estás despedido! —Gritó Helena, y le arrebató los
papeles que tenía entre sus manos—. No venimos a la sierra a aprovecharnos de
nadie.
El hombre dibujó una media sonrisa de cinismo en su
rostro. Las palabras de Helena eran absurdas, los empresarios lo sabían y ella,
más que nadie, no era ignorante de todo lo que abarcaría el proyecto a nivel
nacional. No se aprovecharían de la gente de la sierra, se aprovecharían de la
sierra. Richard se quitó el casco que cubría su cabeza y lo dejó caer al piso. Le
regaló otra sonrisa cínica y le dio la espalda. No hubo objeción a su decisión,
entonces Helena sí tenía un cargo más importante. Regresó hasta donde estaba
Lorena, que la observaba impresionada por lo que había hecho. No la creía capaz
de defender algo que no le correspondía.
—Está todo arreglado —se dirigió al hombre, que aún
permanecía junto a Lorena—. Se te pagará lo justo esta misma tarde.
Helena empezó a alejarse sin decirle nada a Lorena.
No lo veía como un asunto importante después de sentirse ofendida por lo que le
dijo, no quería más rechazos de su parte. No aguantaría uno más, no de Lorena.
Pero por otra parte se sentía agradecida por hacerle demostrar un poco de
valor. Antes sólo hubiera dejado que las cosas pasaran, no porque no le
importara hacer justicia, simplemente no tenía el valor de hacerlo. Sintió
tristeza al entender por qué Jessica había dicho que sin ella nunca podría
enfrentarse al mundo. Quizá por eso se enamoró de ella, amaba su protección, su
carácter mezquino, la intolerancia de su paciencia y su malicia ante el mundo.
Cómo pudo enamorarse de la sensación de sentirse protegida por una persona que
no sabía cómo ganarse el respeto de nadie y sólo imponía su voluntad.
Necesitaba tenerla a su lado para no sentirse indefensa. Y la necesidad era un
sentimiento absurdo para el amor. Tenía un valor propio, lo había demostrado.
—¡Espera, Helena, por favor! —gritó Lorena pasos
atrás. Helena se detuvo a escucharla—. ¿Qué fue eso?
—Una basura despidiendo a otra basura peor —dijo, y
comenzó a alejarse otra vez con pasos rápidos.
Lorena se apresuró para alcanzarla. No quería que
Helena se fuera con la impresión de impertinencia y arrogancia que le demostró.
No otra vez.
—Siento mucho lo que te dije —decía avergonzada—, no
era realmente mi intención.
—No te preocupes, defendías lo justo —admitió Helena
y sonrió. Sabía que no iba a esperar menos de la actitud de Lorena para
defender lo que creía una injusticia—. Tenemos presupuesto y pagos fijos, lo
que el miserable le estaba dando no era ni la mitad de su paga.
—¡Helena! —Gritó Marco, su asistente, interrumpiendo
la charla—. Necesitamos los planos para empezar la construcción de las primeras
torres.
—¡Sí, ahora mismo voy por ellos! —dijo con disgusto
ante la interrupción.
Lorena se quedó mirando a todos lados, menos a
Helena. Ahora sí tenía miedo de lo que podría pasar, de lo que había hecho con
los planos de la construcción. No le dijo nada, sabía que nada podía cambiarlo.
No le ofreció más disculpas por haberle dicho basura y tampoco la iba a retener
para otra cosa. Helena la miró y le sonrió para que no se preocupara. Suspiró
profundamente por sentirla tan cerca a pesar de sus malas palabras. Después se
marchó, la presión de su asistente era incomoda.
Marco acompañó a Helena hasta el hospital por los
planos de la construcción, no estaba muy lejos de ahí y debían apresurarse.
—¿Lorena Vilard? —preguntó Marco, cuando entraban al
hospital.
Recordó su mirada un tanto altiva y segura,
interrumpiendo la junta tan importante que tenían en Nueva York.
—Sí. Es ella —decía Helena, buscando los planos—. Es
más agradable cuando sonríe… o cuando no está diciéndote palabras ofensivas.
—Sí, ya lo creo…, con lo que hizo en Nueva York, no
cabe ni la menor duda.
Pasó largo tiempo buscando los planos.
—¿Dónde están? —Se preguntó Helena, desesperada—.
¿Dónde los puse?
—Helena, sin esos planos no podemos continuar con la
construcción. Los ingenieros quieren empezar hoy con las primeras torres.
Pasó una mirada rápida por todo el hospital: sobre
el estante, debajo de la cama, el escritorio que estaba a la entrada, incluso
en las esquinas donde estaban las telarañas. No había nada, ni el más mínimo
rastro.
—No están. Sé que no los he sacado de aquí.
Su voz se escuchó con duda y temor. Pero no pudo
haberlos sacado, con qué fin hacerlo. No tenía sentido. Su vista se paseó una
vez más por los mismos lugares. El portafolio era grande, visible en cualquier
lugar. Era obvio que no estaban en el hospital.
—¡Perderemos el trabajo!
—¡Cállate, Marco! Necesito saber dónde los dejé.
Salió al patio para aclarar bien sus pensamientos.
Sabía que si no encontraba los planos perdería su trabajo, el proyecto y todos
sus años de subgerente en la compañía. Su cabeza dio mil vuelcos en segundos.
Los planos tenían que estar en el hospital, Lorena los había guardado. Helena
miró las cenizas de la fogata y recordó las palabras de Lorena: «Porque está hecha
con el mejor papel».
Empezó a buscar entre las cenizas, el viento le
ayudó a remover un poco la basura y algunas ramas a medio quemar. Entre ellas
había trozos de papel, muy pequeños, pero era claro de que papel eran. No
quería creer que Lorena había quemado los planos de la construcción sin
importarle nada. Limpió sus lágrimas con las manos llenas de ceniza.
—De acuerdo, Lorena… —dijo sin ganas de pensar en
otra cosa, que saber que nunca sería bienvenida en su vida.
Volteó a ver a Marco y le sonrió con amargura.
—No están.
No hay comentarios:
Publicar un comentario