IX
Helena estaba preparando su equipaje para regresar a
casa. Los directivos de la empresa la habían despedido al no dar explicaciones
sobre los planos de la construcción. No había excusas para su descuido, tantos
años trabajando para la misma empresa le llevó a ganarse la confianza de sus
jefes. El error de Helena, en la llamada desde Nueva York, fue no dar
explicaciones claras, ni siquiera como defensa a su descuido. Le preguntaron
una y otra vez lo que había pasado, y la única respuesta que obtenían de su
boca era una súplica por regresar a Nueva York, pero no quería ninguna otra
oportunidad en la empresa. Una decisión demasiado exagerada, después de todo no
era para tanto, los planos podrían ser enviados una vez más a Chiapas, pero no
lo aceptó. Helena quería irse del lugar, lo necesitaba con urgencia porque
Lorena no quería que estuviera allí.
Todas sus cosas se encontraban dentro de su maleta. Nada
estaba por fuera, mucho menos sus ilusiones. No quería irse sin saber dónde
dejar sus recuerdos, no quería llevárselos y hacerlos parte de su amargura. Quería
gritar y en ese grito dejar todo. ¿Cómo podría vaciar su memoria?
Lorena la miraba desde la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Lo que ves, me despidieron.
—¿Por qué? No me digas que estabas construyendo mal
la casita, ¿verdad? —preguntó con burla, aguantando la risa que le provocaron
sus palabras.
—¡Quemaste los planos, Lorena!
Se quedó sin decirle nada.
Terminó de preparar todas sus cosas, no le quedaba
otra que llevarse también sus recuerdos, pero no quería formular más y menos
con Lorena. Quería olvidarla pronto, aunque de eso dependiera llevarle toda la
vida. Absurdo. Demasiado absurdo. Tomó sus maletas y se dirigió a la puerta
donde aún permanecía parada Lorena; no tenía ninguna intención de dejarla pasar.
Se quedaron mirando por unos segundos, había resentimiento en sus miradas, era
un resentimiento que ninguna de las dos tuvo el mérito de provocar: eran dos
personas heridas, protegiéndose con la armadura de su propio dolor.
Siguió mirándola. ¿Cómo podía dejarla entrar a su
vida sin sentir tanto miedo? Una respuesta que no encontraría ahora, no en unos
segundos. Se hizo a un lado para dejarla pasar. Helena emprendió la marcha sin
decirle palabra alguna, se sentía defraudada y triste. Quería regresar a Nueva
York con la peor derrota de su vida, pero con la tranquilidad de que al menos
lo había intentado. Tuvo el valor de tomar otro camino, tal vez el equivocado,
pero lo tomó.
Lorena no quería que se fuera, por alguna razón no
lo quería y sabía que tenía que hacer algo, mucho más drástico que una fogata,
para que se quedara. Esta vez su corazón sí se aceleró por un momento, ahí iba
otra vez a doblegar a su orgullo, mostrar nobleza en su arrogancia.
—No te vayas —murmuró.
Helena se detuvo. Sus palabras fueron mucho menos
que un murmullo, pero pudo escucharlas con claridad. Dio la vuelta para
mirarla, para saber si en verdad las palabras habían salido de su boca y no de
alguien que estuviera de paso, entrometiéndose en sus vidas. Otra vez algo
absurdo. Francamente no podía creer lo que Lorena le había pedido.
—Quemaste los planos.
—No lo hice…, no con los originales, señorita
Rusenberg —aseguró sonriendo.
Dejó sus maletas en el piso y cruzó los brazos. No
sabía si seguir molesta, o quería saber si en verdad lo estaba.
—¿Y los originales, señorita Vilard?
—Tendrás que pagar por ellos —aseguró sonriendo.
El mal humor en
Helena se estaba apagando.
—¿Cuál es el precio que tengo que pagar? —preguntó
en un tono alegre, pero muy bien disimulado.
—Que te quedes.
No pudo evitar una sonrisa, demasiado ligera,
imperceptible, no quería que supiera que se había emocionado. Helena deseaba
tanto oír esas palabras y que las dijera en el sentido que ella quería
escucharlas, pero sabía que no las tendría así. Lorena estaba jugando su juego
y estaba dispuesta a ganarlo. Lo supo cuando se metió al hospital, la charla no
sería de frente. Otra vez estaba huyendo.
—Pero —decía Helena confundida, detrás de ella—,
¿por qué quieres que me quede, acaso no me odias?
—¿Y quién está diciendo que te quiero? Sólo que aún
no termino de arruinar tu vida, por eso no quiero que te vayas —dijo sonriendo
y le guiñó el ojo.
—¿Dónde están los planos, Lorena? —insistió cuando
vio sus esperanzas esfumadas.
La seguía detrás, sin esperar que se detuviera por
un segundo. Parecía tener tanta prisa, era obvio que no se quedaría precisamente
a charlar sobre los planos. Lorena seguía sin prestarle atención. Tomó el
maletín por el que iba, lo llenó de algunos medicamentos y agarró unos
caramelos. Sonrió ante su cara de desesperación y volvió a salir del hospital.
—¡Espera! —Gritaba—. ¡¿Dónde están los originales?!
—Sigue el camino amarillo —dijo Lorena sonriendo, y
se alejó a pasos rápidos de ahí.
—¡¿Dónde están los planos?!
Gritó molesta, tomándola con fuerza del brazo. Quería
tenerla de frente, entender lo que sus ojos pudieran pedirle sin que lo
ocultara con sus palabras vacías.
—Haré un viaje de dos horas. Tengo a un niño enfermo
de pulmonía que atender —miró la mano de Helena sin mucha gracia—. ¡No me
importan tus estúpidos planos! —se soltó con fuerza y se fue.
Toda labor dentro del proyecto fue suspendida. Las
camionetas de servicio habían partido un día antes al centro de Chipas, no había
transporte para salir siquiera a comprar algo de comida. Helena se quedó en el
hospital, no tenía ningún otro lugar a donde ir y en la construcción no podía
estar porque todos sus trabajadores tomaron el día libre. Se quedó recorriendo
sin prisa las dos habitaciones del hospital. Tenía que pensar en la mejor manera
de acercarse más a Lorena sin terminar arruinándolo todo como siempre. Quizá si
llenaba con más paletas su tarro casi vacío; pero en dónde las compraría. Dejó
escapar un suspiro de completa frustración. Definitivamente sabía que sería un
mal plan. ¿Por qué no podía acercarse a Lorena siendo ella misma? Era una buena
persona, sabía cómo enamorar y ser dulce, simpática. ¿Por qué con Lorena se
sentía tan distinta, tan alejada de su forma de ser? Tal vez porque quería
impresionarla, hacerle ver que podría ser mejor de lo que era. Y siempre lo
arruinaba. Se sentía tan indefensa, tan niña a su lado.
Lorena llegó muy entrada la noche, pero no le hizo
el menor caso cuando entró al hospital.
—¿Cómo está el pequeño? —preguntó.
—Te daré los planos mañana por la mañana —le
contestó de la manera más indiferente que podía.
—Está bien, no te preocupes. ¿Cómo está el pequeño?
—No creo que te interese —Lorena se quitó la bata.
Acomodó el maletín y algunas medicinas en el estante—. Mañana tendrás los
planos. Buenas noches, Helena.
Lorena salió del hospital, estaba cansada y no quería
seguir hablando con Helena. El día había estado pesado, tuvo que viajar a otra
región con el pequeño y dejarlo en un centro de salud más equipado. Estuvo con
el niño hasta dejarlo estable, se recuperaría pronto según sus otros colegas.
Caminó hacia su cabaña, en la parte alta de la sierra. El camino era muy
estrecho entre la inmensidad de los troncos de los árboles; algunas raíces
salían entre el camino y dificultaban la trayectoria. Lorena podía llegar a su
cabaña hasta con los ojos cerrados e incluso sin mirar el suelo. Su mirada se
guiaba con algunas estrellas, que siempre tenían un brillo especial, y cuando
había luna, el camino era más claro entre toda la inmensidad.
A medio trayecto sintió que alguien la seguía. Giró
y se encontró a Helena a unos diez pasos detrás de ella. Intentaba no caer,
porque no estaba acostumbrada a caminar en tan malas condiciones.
—Sigue el camino amarillo —dijo Helena con esfuerzo
y fatiga, señalando la tierra.
Y era verdad, el camino se veía amarillo por el
medio brillo de la luna.
—Pues síguelo de regreso —sugirió, dando la vuelta.
—¡Oye, no! No pretendes que recorra eso yo sola,
¿verdad? —preguntó asustada.
Lorena caminó sin decirle nada y dejó que la siguiera
hasta su cabaña. En todo el trayecto Helena miraba la oscuridad que daba más
allá del camino entre los árboles, se preguntaba cómo Lorena no le temía a eso,
la luna podía dar un brillo al sendero, pero más allá estaba completamente
oscuro. Siguió el trayecto que los pasos de Lorena le marcaron, hasta que por
fin, después de un tiempo que se le hizo eterno, llegaron al lugar esperado.
Entre la inmensidad de los árboles se asomaba una
casita pequeña. Helena se sorprendió por lo pequeña que era la cabaña. Los
maderos estaban frescos, parecía recién construida, los lirios y los árboles
frutales que la rodeaban le daban calidez a pesar de la noche fría de la
sierra. El brillo de la luna iluminaba la madera fresca y un pequeño balcón se
asomaba entre las sombras de algunos árboles, parecía sacada de un cuento de
hadas, pero sin el colorido chillón de los libros infantiles. Era algo irreal y
mágico, mejor que eso pensaba Helena.
—Entra —dijo Lorena.
Por dentro era más humilde que por fuera, había una
mesa de madera en el centro y una chimenea a un lado. No había nada más que
libros y medicinas en un estante; un pequeño sofá bajo una ventana y una puerta
que dividía la sala de la cocina, que era aún más pequeña. Parecía que Lorena
buscaba estar siempre sola y quedarse así el resto de su vida.
—¿Esperabas una mansión o algo así? —preguntó.
—No. Es…, es muy bonita.
Estaba maravillada con tan bella simplicidad.
—Sí. Claro, lo que tú digas —contestó sin creerle—.
¿Quieres café?
—Estaría bien, hace mucho frío.
Helena sopló sus manos para darles calor.
—Sí, el café tiene el mágico poder de quitar el
frío.
Sonrió con burla, mentía con el café y no por quitar
el frío con mágicos poderes. Estaba dispuesta a jugar un rato con ella, a
seguir fastidiando su estancia en la sierra. Se fue a la cocina a buscar su
siguiente golpe para con Helena. No tardó mucho en hallarlo, sería el golpe
perfecto, lleno de sutileza. Salió con un vaso de agua y la más fría que pudo
haber encontrado en la sierra. Se dirigió hasta donde estaba sentada Helena,
que parecía estar viendo lo más sorprendente del mundo. Estaba admirada del
azul intenso del cielo y del brillo de las estrellas, que se veían más cerca
que la primera vez que las había visto en la sierra. El cielo podía notarse
apenas entre los árboles y entre algunas nubes que iban de paso, aun así podía
verse tan inmenso en esos pequeños huecos.
—Toma, no tengo café —le acercó el vaso.
Lo tomó con las manos congeladas y aun así sintió lo
frío del vaso. Dio un sorbo pequeño y le provocó un ligero escalofrío. Notó que
tenía un sabor diferente a lo que había probado. Lo había sentido así desde que
llegó a la sierra.
Acercó otra vez el vaso y tomó un poco más.
—Es agua que baja de lo más alto de la sierra —dijo.
Helena escupió el agua que había bebido en un
segundo. Lorena alcanzó a hacerse a un lado para que no la mojara. Estaba casi
segura de que actuaría así, nunca pensó que fuera tan rápida para reaccionar. Definitivamente
se divertiría mucho con fastidiarle un poco más su estancia y no podía
desaprovechar cualquier momento para hacerlo.
—¡Estás loca! ¿Quieres matarme?
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —Lorena se alejó hacia
la chimenea para prender fuego—. Todo el tiempo que llevas aquí sólo bebes agua
que baja de la sierra.
Se quedó viendo el vaso, el líquido que contenía era
cristalino, puro. Pensó que lo vería con un aspecto café o verdoso. Tanto que
había tomado de ella y no se había dado cuenta de lo que bebía en el lugar. ¿Qué
tanto de comida extraña había ingerido sin saberlo? Le gustaba el sabor de todo
lo que probaba, mas nunca fue capaz de preguntar lo que era. Ahora estaba
segura que lo haría, tenía que saber todo lo que se llevaba a la boca.
—No te hará daño, es agua natural —decía Lorena,
para que quitara la cara de espanto que tenía—. Es la más pura y fresca que
podrás tomar en toda tu vida.
Siguió prendiendo el fuego de la chimenea. El
invierno empezaba a sentirse con toda su intensidad, así que debía prenderla
para darle calidez a la madera fría.
Helena la observaba sin perder ningún detalle de
cada uno de sus movimientos. La oscuridad de la cabaña se hacía menos debido a
los leños que estaban por encender. Lejos del pueblo, Lorena contaba con la luz
de la luna y algunas velas. Su semblante empezaba a ser más hermoso. Helena no podía
dejar de mirarla, de ver su rostro iluminándose cada vez más por el fuego. La
visión era cada vez más sublime. No había conocido a persona más franca y
sincera. No tenía nada que ocultar. Sus movimientos eran naturales,
acompasándose con su entorno. Incluso daba la impresión de que solo era ella y
el mundo, dispuesto a moverse siempre a su favor. Así la miraba: siendo parte
de un mundo que podía dominar a su antojo, pero de una manera diferente, no
como lo hacía Jessica. Lorena era dulce y de carácter noble. No podía evitar
que le gustara cada vez más.
Dejó el vaso sobre la mesa de madera, desgastada por
el tiempo. Se acercó a Lorena y se agachó para estar al mismo nivel que ella.
—No están los planos ahí dentro, ¿verdad? —preguntó
susurrando.
Lorena se giró al sentir su voz tan suave y
temerosa.
Helena no se había dado cuenta qué tanto se había
acercado, hasta que miró que su rostro quedó en el lugar justo para poder darle
un beso. El corazón de Lorena se aceleró al tenerla tan cerca, casi podía
escucharlo. Fue tan largo el silencio como el corto espacio que las separaba.
Lorena no sabía qué estaba pasando por su cabeza, se sentía extraña, como si no
fuera ella, no sabía por qué tenía unas ganas irresistibles de besarla. Miraba
sus ojos y miraba sus labios, no había nada más que ver, ni la distancia que
había entre ellos. El corto espacio estaba por hacerse aún más pequeño. No se
veía claramente quién de las dos se acercaba, simplemente el espacio estaba
desapareciendo. El acercamiento era mutuo como sus sentimientos y era discreto
como todos sus temores. Sus respiraciones estaban cada vez más cerca, sus
labios cada vez más juntos… y, el crujir de una leña que estaba por encender en
fuego provocó un ligero sobresalto entre las dos, impidiendo el acercamiento
total.
Se quedaron sentadas en el piso. Helena estaba
pensando en lo que acababa de pasar y maldiciendo una y mil veces el trozo de
leña. Lorena miraba el fuego sin creer lo que estuvo a punto de hacer.
—Este lugar terminará por matarme, de una u otra
forma lo hará —dijo Helena con fastidio.
—Me lo prometes —Sonrió, y se levantó del piso—. Iré
por unas mantas para que puedas dormir junto a la chimenea.
Había una habitación pequeña abajo, pero era más
fría que un congelador y prácticamente no la abría para nada. Subió por la
escalera de madera, haciéndola crujir en cada paso, era más que obvio que no la
dejaría subir a su habitación. No tenía frazadas de sobra, porque nunca tenía
visitas, no al menos que se quedaran por la noche a dormir. Quitó las sábanas
que había sobre su cama, después de todo, cuando el fuego consumiera todos los
maderos, el calor se iba a sentir en toda la cabaña. Sabía que con una sábana
soportaría el frío de la madrugada.
Helena observaba cada escalón vacío con impaciencia.
A pesar del poco tiempo que Lorena llevaba arriba, deseaba que bajara para
tener una oportunidad de acercarse. Miró el fuego, la leña estaba totalmente
encendida, dando luz a la cabaña. El recuerdo regresó en un segundo,
incrementando su desesperación. Quería sentirla cerca nuevamente, deseaba con
todas sus fuerzas besar sus labios. Estaba segura que justo en ese momento
todas sus dudas y miedos se disiparían.
Lorena bajó trayendo unas sábanas entre sus manos.
Sonreía con disimulo, porque sabía que Helena no aguantaría mucho la noche con
eso.
—Espero que no mueras de frío —dijo. Tendió las
sábanas en el piso junto a la chimenea—. Es todo lo que tengo.
—No te preocupes por mí, Lorena —decía—. Sobreviviré,
te lo prometo.
No disimuló una sonrisa por sus palabras, parecía
que también estaba dispuesta a jugar con lo que estaba pasando.
—¿Sobrevivirás?
—Sí. Yo también quiero arruinar tu vida.
Un trozo de leña volvió a crujir. Sus miradas se
apartaron para ver el fuego, que cada vez era más intenso y vivo. No sabían si
agradecer una vez más la interrupción o apagarlo con un balde de agua fría.
Lorena suspiró.
—Duerme, mañana será otro día.
Volvió a subir por las escaleras. Helena sabía que no
bajaría hasta el amanecer.
Era casi de madrugada y no podía conciliar el sueño.
Cada vez que cerraba los ojos la imagen del rostro de Lorena acercarse le hacía
sobresaltarse y llenarse de coraje por la interrupción del fuego que la mantenía
con vida. Se levantó con frustración por no poder dormir. Se acercó a la mesa y
tomó el vaso, pero antes de darle un sorbo recordó de donde venía el agua y
prefirió no tomarla, aparte de que parecía estar cubierta por una estela de
hielo. Se sentó en el sofá y miró hacia el cielo, aún le seguía pareciendo
impresionante el brillo de las estrellas. Había viajado con su familia muy
pocas veces a México, sólo recordaba una vez, vivió un tiempo en Texas antes de
marcharse a Nueva York, pero jamás había visto unas estrellas así. Perdió
tantas miradas al mundo sin dirigirse al cielo nocturno.
El crujir de la madera de la escalera la hizo
voltear hacia ella; la miró por muchos segundos y se llenó de mil pensamientos
antes de empezar a subirla. Su corazón retumbaba con fuerza en cada escalón que
pisaba, pero no podía evitar su impulso. Arriba se encontró con la cosa más
simple que había visto en su vida: una cama, no había nada más en la pequeña
habitación; pero al acercarse, se dio
cuenta que en realidad no necesitaba nada más para darle belleza y calidez, que
el único bello rostro que parecía tener el sueño más profundo. Se recargó en la
madera para observarla. No había nada más en su mente que su nombre y su
belleza. Helena sabía que por desgracia no podía permanecer por siempre allí,
pero sí pensó en estar toda la noche. El tiempo pasó tan lento y sus pensamientos
tan rápido, que nunca supo en qué pensaba mientras la miraba. Un rayo de luz
tenue la hizo voltear hacia la ventana. Estaba por amanecer y el sol se dejaba
notar entre la inmensidad de los árboles. Helena miró por fuera de la ventana
un pequeño balcón, donde adivinaba que desde ahí Lorena miraba las nubes de
invierno.
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