"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

22 de noviembre de 2011



IX


Helena estaba preparando su equipaje para regresar a casa. Los directivos de la empresa la habían despedido al no dar explicaciones sobre los planos de la construcción. No había excusas para su descuido, tantos años trabajando para la misma empresa le llevó a ganarse la confianza de sus jefes. El error de Helena, en la llamada desde Nueva York, fue no dar explicaciones claras, ni siquiera como defensa a su descuido. Le preguntaron una y otra vez lo que había pasado, y la única respuesta que obtenían de su boca era una súplica por regresar a Nueva York, pero no quería ninguna otra oportunidad en la empresa. Una decisión demasiado exagerada, después de todo no era para tanto, los planos podrían ser enviados una vez más a Chiapas, pero no lo aceptó. Helena quería irse del lugar, lo necesitaba con urgencia porque Lorena no quería que estuviera allí.
Todas sus cosas se encontraban dentro de su maleta. Nada estaba por fuera, mucho menos sus ilusiones. No quería irse sin saber dónde dejar sus recuerdos, no quería llevárselos y hacerlos parte de su amargura. Quería gritar y en ese grito dejar todo. ¿Cómo podría vaciar su memoria?
Lorena la miraba desde la puerta.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Lo que ves, me despidieron.
—¿Por qué? No me digas que estabas construyendo mal la casita, ¿verdad? —preguntó con burla, aguantando la risa que le provocaron sus palabras.
—¡Quemaste los planos, Lorena!
Se quedó sin decirle nada.
Terminó de preparar todas sus cosas, no le quedaba otra que llevarse también sus recuerdos, pero no quería formular más y menos con Lorena. Quería olvidarla pronto, aunque de eso dependiera llevarle toda la vida. Absurdo. Demasiado absurdo. Tomó sus maletas y se dirigió a la puerta donde aún permanecía parada Lorena; no tenía ninguna intención de dejarla pasar. Se quedaron mirando por unos segundos, había resentimiento en sus miradas, era un resentimiento que ninguna de las dos tuvo el mérito de provocar: eran dos personas heridas, protegiéndose con la armadura de su propio dolor.
Siguió mirándola. ¿Cómo podía dejarla entrar a su vida sin sentir tanto miedo? Una respuesta que no encontraría ahora, no en unos segundos. Se hizo a un lado para dejarla pasar. Helena emprendió la marcha sin decirle palabra alguna, se sentía defraudada y triste. Quería regresar a Nueva York con la peor derrota de su vida, pero con la tranquilidad de que al menos lo había intentado. Tuvo el valor de tomar otro camino, tal vez el equivocado, pero lo tomó.
Lorena no quería que se fuera, por alguna razón no lo quería y sabía que tenía que hacer algo, mucho más drástico que una fogata, para que se quedara. Esta vez su corazón sí se aceleró por un momento, ahí iba otra vez a doblegar a su orgullo, mostrar nobleza en su arrogancia.
—No te vayas —murmuró.
Helena se detuvo. Sus palabras fueron mucho menos que un murmullo, pero pudo escucharlas con claridad. Dio la vuelta para mirarla, para saber si en verdad las palabras habían salido de su boca y no de alguien que estuviera de paso, entrometiéndose en sus vidas. Otra vez algo absurdo. Francamente no podía creer lo que Lorena le había pedido.
—Quemaste los planos.
—No lo hice…, no con los originales, señorita Rusenberg —aseguró sonriendo.
Dejó sus maletas en el piso y cruzó los brazos. No sabía si seguir molesta, o quería saber si en verdad lo estaba.
—¿Y los originales, señorita Vilard?
—Tendrás que pagar por ellos —aseguró sonriendo.
 El mal humor en Helena se estaba apagando.
—¿Cuál es el precio que tengo que pagar? —preguntó en un tono alegre, pero muy bien disimulado.
—Que te quedes.
No pudo evitar una sonrisa, demasiado ligera, imperceptible, no quería que supiera que se había emocionado. Helena deseaba tanto oír esas palabras y que las dijera en el sentido que ella quería escucharlas, pero sabía que no las tendría así. Lorena estaba jugando su juego y estaba dispuesta a ganarlo. Lo supo cuando se metió al hospital, la charla no sería de frente. Otra vez estaba huyendo.
—Pero —decía Helena confundida, detrás de ella—, ¿por qué quieres que me quede, acaso no me odias?
—¿Y quién está diciendo que te quiero? Sólo que aún no termino de arruinar tu vida, por eso no quiero que te vayas —dijo sonriendo y le guiñó el ojo.
—¿Dónde están los planos, Lorena? —insistió cuando vio sus esperanzas esfumadas.
La seguía detrás, sin esperar que se detuviera por un segundo. Parecía tener tanta prisa, era obvio que no se quedaría precisamente a charlar sobre los planos. Lorena seguía sin prestarle atención. Tomó el maletín por el que iba, lo llenó de algunos medicamentos y agarró unos caramelos. Sonrió ante su cara de desesperación y volvió a salir del hospital.
—¡Espera! —Gritaba—. ¡¿Dónde están los originales?!
—Sigue el camino amarillo —dijo Lorena sonriendo, y se alejó a pasos rápidos de ahí.
—¡¿Dónde están los planos?!
Gritó molesta, tomándola con fuerza del brazo. Quería tenerla de frente, entender lo que sus ojos pudieran pedirle sin que lo ocultara con sus palabras vacías.
—Haré un viaje de dos horas. Tengo a un niño enfermo de pulmonía que atender —miró la mano de Helena sin mucha gracia—. ¡No me importan tus estúpidos planos! —se soltó con fuerza y se fue.
Toda labor dentro del proyecto fue suspendida. Las camionetas de servicio habían partido un día antes al centro de Chipas, no había transporte para salir siquiera a comprar algo de comida. Helena se quedó en el hospital, no tenía ningún otro lugar a donde ir y en la construcción no podía estar porque todos sus trabajadores tomaron el día libre. Se quedó recorriendo sin prisa las dos habitaciones del hospital. Tenía que pensar en la mejor manera de acercarse más a Lorena sin terminar arruinándolo todo como siempre. Quizá si llenaba con más paletas su tarro casi vacío; pero en dónde las compraría. Dejó escapar un suspiro de completa frustración. Definitivamente sabía que sería un mal plan. ¿Por qué no podía acercarse a Lorena siendo ella misma? Era una buena persona, sabía cómo enamorar y ser dulce, simpática. ¿Por qué con Lorena se sentía tan distinta, tan alejada de su forma de ser? Tal vez porque quería impresionarla, hacerle ver que podría ser mejor de lo que era. Y siempre lo arruinaba. Se sentía tan indefensa, tan niña a su lado.
Lorena llegó muy entrada la noche, pero no le hizo el menor caso cuando entró al hospital.
—¿Cómo está el pequeño? —preguntó.
—Te daré los planos mañana por la mañana —le contestó de la manera más indiferente que podía.
—Está bien, no te preocupes. ¿Cómo está el pequeño?
—No creo que te interese —Lorena se quitó la bata. Acomodó el maletín y algunas medicinas en el estante—. Mañana tendrás los planos. Buenas noches, Helena.
Lorena salió del hospital, estaba cansada y no quería seguir hablando con Helena. El día había estado pesado, tuvo que viajar a otra región con el pequeño y dejarlo en un centro de salud más equipado. Estuvo con el niño hasta dejarlo estable, se recuperaría pronto según sus otros colegas. Caminó hacia su cabaña, en la parte alta de la sierra. El camino era muy estrecho entre la inmensidad de los troncos de los árboles; algunas raíces salían entre el camino y dificultaban la trayectoria. Lorena podía llegar a su cabaña hasta con los ojos cerrados e incluso sin mirar el suelo. Su mirada se guiaba con algunas estrellas, que siempre tenían un brillo especial, y cuando había luna, el camino era más claro entre toda la inmensidad.
A medio trayecto sintió que alguien la seguía. Giró y se encontró a Helena a unos diez pasos detrás de ella. Intentaba no caer, porque no estaba acostumbrada a caminar en tan malas condiciones.
—Sigue el camino amarillo —dijo Helena con esfuerzo y fatiga, señalando la tierra.
Y era verdad, el camino se veía amarillo por el medio brillo de la luna.
—Pues síguelo de regreso —sugirió, dando la vuelta.
—¡Oye, no! No pretendes que recorra eso yo sola, ¿verdad? —preguntó asustada.
Lorena caminó sin decirle nada y dejó que la siguiera hasta su cabaña. En todo el trayecto Helena miraba la oscuridad que daba más allá del camino entre los árboles, se preguntaba cómo Lorena no le temía a eso, la luna podía dar un brillo al sendero, pero más allá estaba completamente oscuro. Siguió el trayecto que los pasos de Lorena le marcaron, hasta que por fin, después de un tiempo que se le hizo eterno, llegaron al lugar esperado.
Entre la inmensidad de los árboles se asomaba una casita pequeña. Helena se sorprendió por lo pequeña que era la cabaña. Los maderos estaban frescos, parecía recién construida, los lirios y los árboles frutales que la rodeaban le daban calidez a pesar de la noche fría de la sierra. El brillo de la luna iluminaba la madera fresca y un pequeño balcón se asomaba entre las sombras de algunos árboles, parecía sacada de un cuento de hadas, pero sin el colorido chillón de los libros infantiles. Era algo irreal y mágico, mejor que eso pensaba Helena.
—Entra —dijo Lorena.
Por dentro era más humilde que por fuera, había una mesa de madera en el centro y una chimenea a un lado. No había nada más que libros y medicinas en un estante; un pequeño sofá bajo una ventana y una puerta que dividía la sala de la cocina, que era aún más pequeña. Parecía que Lorena buscaba estar siempre sola y quedarse así el resto de su vida.
—¿Esperabas una mansión o algo así? —preguntó.
—No. Es…, es muy bonita.
Estaba maravillada con tan bella simplicidad.
—Sí. Claro, lo que tú digas —contestó sin creerle—. ¿Quieres café?
—Estaría bien, hace mucho frío.
Helena sopló sus manos para darles calor.
—Sí, el café tiene el mágico poder de quitar el frío.
Sonrió con burla, mentía con el café y no por quitar el frío con mágicos poderes. Estaba dispuesta a jugar un rato con ella, a seguir fastidiando su estancia en la sierra. Se fue a la cocina a buscar su siguiente golpe para con Helena. No tardó mucho en hallarlo, sería el golpe perfecto, lleno de sutileza. Salió con un vaso de agua y la más fría que pudo haber encontrado en la sierra. Se dirigió hasta donde estaba sentada Helena, que parecía estar viendo lo más sorprendente del mundo. Estaba admirada del azul intenso del cielo y del brillo de las estrellas, que se veían más cerca que la primera vez que las había visto en la sierra. El cielo podía notarse apenas entre los árboles y entre algunas nubes que iban de paso, aun así podía verse tan inmenso en esos pequeños huecos.
—Toma, no tengo café —le acercó el vaso.
Lo tomó con las manos congeladas y aun así sintió lo frío del vaso. Dio un sorbo pequeño y le provocó un ligero escalofrío. Notó que tenía un sabor diferente a lo que había probado. Lo había sentido así desde que llegó a la sierra.
Acercó otra vez el vaso y tomó un poco más.
—Es agua que baja de lo más alto de la sierra —dijo.
Helena escupió el agua que había bebido en un segundo. Lorena alcanzó a hacerse a un lado para que no la mojara. Estaba casi segura de que actuaría así, nunca pensó que fuera tan rápida para reaccionar. Definitivamente se divertiría mucho con fastidiarle un poco más su estancia y no podía desaprovechar cualquier momento para hacerlo.
—¡Estás loca! ¿Quieres matarme?
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —Lorena se alejó hacia la chimenea para prender fuego—. Todo el tiempo que llevas aquí sólo bebes agua que baja de la sierra.
Se quedó viendo el vaso, el líquido que contenía era cristalino, puro. Pensó que lo vería con un aspecto café o verdoso. Tanto que había tomado de ella y no se había dado cuenta de lo que bebía en el lugar. ¿Qué tanto de comida extraña había ingerido sin saberlo? Le gustaba el sabor de todo lo que probaba, mas nunca fue capaz de preguntar lo que era. Ahora estaba segura que lo haría, tenía que saber todo lo que se llevaba a la boca.
—No te hará daño, es agua natural —decía Lorena, para que quitara la cara de espanto que tenía—. Es la más pura y fresca que podrás tomar en toda tu vida.
Siguió prendiendo el fuego de la chimenea. El invierno empezaba a sentirse con toda su intensidad, así que debía prenderla para darle calidez a la madera fría.
Helena la observaba sin perder ningún detalle de cada uno de sus movimientos. La oscuridad de la cabaña se hacía menos debido a los leños que estaban por encender. Lejos del pueblo, Lorena contaba con la luz de la luna y algunas velas. Su semblante empezaba a ser más hermoso. Helena no podía dejar de mirarla, de ver su rostro iluminándose cada vez más por el fuego. La visión era cada vez más sublime. No había conocido a persona más franca y sincera. No tenía nada que ocultar. Sus movimientos eran naturales, acompasándose con su entorno. Incluso daba la impresión de que solo era ella y el mundo, dispuesto a moverse siempre a su favor. Así la miraba: siendo parte de un mundo que podía dominar a su antojo, pero de una manera diferente, no como lo hacía Jessica. Lorena era dulce y de carácter noble. No podía evitar que le gustara cada vez más.
Dejó el vaso sobre la mesa de madera, desgastada por el tiempo. Se acercó a Lorena y se agachó para estar al mismo nivel que ella.
—No están los planos ahí dentro, ¿verdad? —preguntó susurrando.
Lorena se giró al sentir su voz tan suave y temerosa.
Helena no se había dado cuenta qué tanto se había acercado, hasta que miró que su rostro quedó en el lugar justo para poder darle un beso. El corazón de Lorena se aceleró al tenerla tan cerca, casi podía escucharlo. Fue tan largo el silencio como el corto espacio que las separaba. Lorena no sabía qué estaba pasando por su cabeza, se sentía extraña, como si no fuera ella, no sabía por qué tenía unas ganas irresistibles de besarla. Miraba sus ojos y miraba sus labios, no había nada más que ver, ni la distancia que había entre ellos. El corto espacio estaba por hacerse aún más pequeño. No se veía claramente quién de las dos se acercaba, simplemente el espacio estaba desapareciendo. El acercamiento era mutuo como sus sentimientos y era discreto como todos sus temores. Sus respiraciones estaban cada vez más cerca, sus labios cada vez más juntos… y, el crujir de una leña que estaba por encender en fuego provocó un ligero sobresalto entre las dos, impidiendo el acercamiento total.
Se quedaron sentadas en el piso. Helena estaba pensando en lo que acababa de pasar y maldiciendo una y mil veces el trozo de leña. Lorena miraba el fuego sin creer lo que estuvo a punto de hacer.
—Este lugar terminará por matarme, de una u otra forma lo hará —dijo Helena con fastidio.
—Me lo prometes —Sonrió, y se levantó del piso—. Iré por unas mantas para que puedas dormir junto a la chimenea.
Había una habitación pequeña abajo, pero era más fría que un congelador y prácticamente no la abría para nada. Subió por la escalera de madera, haciéndola crujir en cada paso, era más que obvio que no la dejaría subir a su habitación. No tenía frazadas de sobra, porque nunca tenía visitas, no al menos que se quedaran por la noche a dormir. Quitó las sábanas que había sobre su cama, después de todo, cuando el fuego consumiera todos los maderos, el calor se iba a sentir en toda la cabaña. Sabía que con una sábana soportaría el frío de la madrugada.
Helena observaba cada escalón vacío con impaciencia. A pesar del poco tiempo que Lorena llevaba arriba, deseaba que bajara para tener una oportunidad de acercarse. Miró el fuego, la leña estaba totalmente encendida, dando luz a la cabaña. El recuerdo regresó en un segundo, incrementando su desesperación. Quería sentirla cerca nuevamente, deseaba con todas sus fuerzas besar sus labios. Estaba segura que justo en ese momento todas sus dudas y miedos se disiparían.
Lorena bajó trayendo unas sábanas entre sus manos. Sonreía con disimulo, porque sabía que Helena no aguantaría mucho la noche con eso.
—Espero que no mueras de frío —dijo. Tendió las sábanas en el piso junto a la chimenea—. Es todo lo que tengo.
—No te preocupes por mí, Lorena —decía—. Sobreviviré, te lo prometo.
No disimuló una sonrisa por sus palabras, parecía que también estaba dispuesta a jugar con lo que estaba pasando.
—¿Sobrevivirás?
—Sí. Yo también quiero arruinar tu vida.
Un trozo de leña volvió a crujir. Sus miradas se apartaron para ver el fuego, que cada vez era más intenso y vivo. No sabían si agradecer una vez más la interrupción o apagarlo con un balde de agua fría.
Lorena suspiró.
—Duerme, mañana será otro día.
Volvió a subir por las escaleras. Helena sabía que no bajaría hasta el amanecer.
Era casi de madrugada y no podía conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos la imagen del rostro de Lorena acercarse le hacía sobresaltarse y llenarse de coraje por la interrupción del fuego que la mantenía con vida. Se levantó con frustración por no poder dormir. Se acercó a la mesa y tomó el vaso, pero antes de darle un sorbo recordó de donde venía el agua y prefirió no tomarla, aparte de que parecía estar cubierta por una estela de hielo. Se sentó en el sofá y miró hacia el cielo, aún le seguía pareciendo impresionante el brillo de las estrellas. Había viajado con su familia muy pocas veces a México, sólo recordaba una vez, vivió un tiempo en Texas antes de marcharse a Nueva York, pero jamás había visto unas estrellas así. Perdió tantas miradas al mundo sin dirigirse al cielo nocturno.
El crujir de la madera de la escalera la hizo voltear hacia ella; la miró por muchos segundos y se llenó de mil pensamientos antes de empezar a subirla. Su corazón retumbaba con fuerza en cada escalón que pisaba, pero no podía evitar su impulso. Arriba se encontró con la cosa más simple que había visto en su vida: una cama, no había nada más en la pequeña habitación; pero al acercarse, se dio cuenta que en realidad no necesitaba nada más para darle belleza y calidez, que el único bello rostro que parecía tener el sueño más profundo. Se recargó en la madera para observarla. No había nada más en su mente que su nombre y su belleza. Helena sabía que por desgracia no podía permanecer por siempre allí, pero sí pensó en estar toda la noche. El tiempo pasó tan lento y sus pensamientos tan rápido, que nunca supo en qué pensaba mientras la miraba. Un rayo de luz tenue la hizo voltear hacia la ventana. Estaba por amanecer y el sol se dejaba notar entre la inmensidad de los árboles. Helena miró por fuera de la ventana un pequeño balcón, donde adivinaba que desde ahí Lorena miraba las nubes de invierno.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.