Parte XIV.
Ese día me
levanté muy temprano, si no mal recuerdo eran las vacaciones de invierno, muy
pocas veces salíamos de viaje. Me bañé y acomodé mi cabello de una forma que
parecía ondulado perfectamente, cosa que nunca lograba. Llegué a la casa de
Mariana para despertarla, si algo le gustaba más en la vida era dormir hasta
muy tarde en vacaciones, cosa que yo también disfrutaba, pero esta vez no lo
haría, tenía un objetivo mejor.
―¿Adónde vas? ―me
preguntó mientras subía las escaleras a su habitación, como lo dije, aún estaba
en pijama y se disponía a seguir durmiendo.
Llegamos a su
cuarto y se tiró sobre su cama esperando a que le respondiera la pregunta. Me
daba tanta risa cuando estaba adormilada porque no se daba cuenta de nada,
podría hacer de todo y ella jamás se daría cuenta.
―Voy a tomar
cursos de regularización ―le dije en un tono muy pícaro.
―Ah ―decía Mariana
sin mucho interés―. ¿De qué es el curso?
Se tapó con la
sábana y se acostó de lado. Me acerqué lo más que pude a la puerta y tome la
perilla para abrirla.
―De… mate…
maticas ―le dije sin la menor intención de que me escuchara.
No sabía si salir
corriendo o esperar que hubiese existido un milagro y que no me escuchara.
―¡¿Qué?! ―gritó
casi tirando la sábana al suelo.
―Ya sabes, los
números…
―¡Claro! Números…
―se levantó para sermonearme como siempre― ¡Números! ¡¿Y qué es lo que se
dificulta, divisiones, sumas, restas, quebrados… las ecuaciones de tercer grado?!
Hizo una pausa y
ahí si tuve unas ganas irresistibles de salir corriendo, pero mis pies no
quisieron reaccionar. Mi mano se quedó inmóvil sin ninguna intención de abrir
la puerta. No sé por qué no puede reaccionar como quería.
―¡Alma! ―continuó
con ese tono molesto― ¡Lo que menos necesitas es cursos de matemáticas! ¡Nunca
has reprobado esa materia, eres mejor que yo! ¡Has tenido diez desde la
primaria! ¡Necesitas cursos de cualquier materia menos matemáticas! Y, espera… ―se
quedó callada esperando entender cuál era mi verdadero problema― ¿Quién te dará
el curso? ―me miró aún más extrañada y miró mi cabello― ¿¿Qué le pasó a tu
cabello??
Ahí mis piernas
reaccionaron a la perfección.
―¡¡Se me hace
tarde!! ―le gritaba mientras baja rápido las escaleras― ¡Te quiero!
Cuando iba a la
mitad de la calle hacía la casa de Alejandra, volteé hacía la casa de Mariana y
ahí estaba ella mirándome con ojos de enojo. Sabía que cuando llegara a su casa
por la noche, me esperaba otro sermón. Había logrado conseguir que Alejandra se
ofreciera a darme cursos de algebra, Mariana tenía razón, todo lo que tenía que
ver con las matemáticas para mí no tenía problema alguno, se me daban bien
desde siempre. Incluso cuando ni siquiera entraba a todas las clases, me
bastaba solo una explicación para entender todo sin problema, era casi un don
que Mariana envidiaba de mí.
***
Todo iba a la
perfección con Alejandra desde hace unas semanas. A veces simulaba no entender
nada para que ella siguiera explicándome. Había veces en que repasábamos el
mismo tema varios días, llegué a aburrirme tanto del tema que me daba sueño y
ella solo sonreía por mi intento de mantener los ojos abiertos. Y cuando me
aburría más, le empezaba a hablar de cualquier cosa. Me gustaba escuchar su
voz, era muy madura e interesante. Mi corazón iba bien hasta ese momento, pero
no todo puede ser tan perfecto y lo que tanto temía, muy pronto pasó. Estaba en
casa de Alejandra y para quitarme el sueño me levanté por un vaso de agua. Ese
movimiento hizo que sintiera una presión fuerte en mi pecho.
―¿Estás bien?
―preguntó Alejandra al verme con mi rostro pálido.
―Sí ―contesté y
volví a sentarme.
―No te ves bien
―dijo preocupada.
―Solo me mareé un
poco porque me levanté muy rápido ―contesté.
Alejandra se
levantó y se acercó a mí. Yo no podía dejar de sujetar mi pecho con fuerza,
estaba sudando muy frío y mi respiración se estaba agitando. Alejandra fue a la
cocina y me trajo un vaso con agua.
―¿Qué tienes?
―volvió a preguntar muy asustada.
―No lo sé ―contesté―,
no sé qué me pasa.
―¿Qué tienes?
―volvió a preguntar con un tono más serio. Sujetó mi cabeza con sus manos para
que la viera a los ojos y no le mintiera. Cómo mentirle si ni siquiera sabía en
realidad lo que estaba pasando conmigo.
―Me duele el
corazón ―solo atiné a decir.
―¿Estás enferma
del corazón? ―preguntó aún más asustada.
―No lo sé, pero
me duele mucho desde hace algún tiempo.
―Debes visitar a
un médico ―sugirió.
―No se lo digas a
Mariana, por favor ―supliqué sin saber por qué no quería que ella lo supiera.
Alejandra ya no
me dijo nada. Cerró los libros y los apuntes que teníamos sobre la mesa. Fue a
la cocina y me trajo un vaso con agua. La tomé y sentí tanto miedo al pensar
que ella le podría decir a Mariana lo que me pasaba. No quería que ella lo
supiera, no quería asustar y preocuparla.
―¿Quieres
recostarte un rato? ―me preguntó.
Me levanté de la
mesa y me fui a acostar a unos de sus sofás. Ale se sentó en el que estaba
enfrente y solo se dedicó a mirarme.
―No sé lo digas a
Mariana ―volví a decirle.
―¿Por qué no
quieres que lo sepa? ―preguntó.
―No lo soportaría
―decía mirando al techo. Yo sabía que Mariana era una persona muy fuerte, más
fuerte que yo, pero sabía que si se trataba de mí, podía ser la persona más
débil del mundo. Miré a Alejandra y le dije―: Nunca voy a dejarla, pase lo que
pase… no la voy a dejar sola.
―La quieres
mucho, ¿verdad? ―preguntó en una sonrisa tierna.
No supe que contestarle,
no porque no supiera la verdad, solo no quería que Alejandra pensara que
Mariana me interesara más de lo que ella lo hacía. Mariana si me interesaba más
que cualquier otra persona, pero…
―Es lo que más me
importa en la vida ―respondí sin querer, porque era la única verdad que existía
en mi vida.
―Bien ―dijo en un
suspiro.
Creo que mi
respuesta la hizo pensar en otra cosa, algo que no quería que pensara. Se levantó
y se acercó a mí. Sentí su calor más cerca de mi cuerpo. Algo que hacía que mi
piel se erizara y mi corazón latiera rápido. Alejandra me gustaba mucho. Era una
atracción que no podía evitar. Sus ojos mirándome. Sus labios hablándome tan
cerca. Su piel rozando la mía. En ese momento olvidé el dolor de mi corazón. Olvidé
todo… todo lo que pude olvidar.
***
Llegué a casa de
Mariana todavía con ese éxtasis que no entendía, sentía que todo a mí alrededor
flotaba y que yo flotaba más que todas las cosas. Me subí a su habitación y me
recosté sobre su cama. Mariana aún seguía dormida, era muy temprano, incluso
para mí.
―Irás a los
cursos ―preguntó Mariana bostezando.
―No, esta vez no
iré ―dije con una voz, no sé si cansada o soñolienta, o solo era mi sueño
mágico del cual no quería despertar.
Mariana se dio la
vuelta para mirarme, abrió los ojos y me observó por pocos segundos, y volvió a
cerrar los ojos. Pero tardó más en cerrarlos que en volver a abrirlos.
―Mírame ―me dijo
en un tono dudoso.
Volteé a ver y le
sonreí sin poderlo evitar.
―¡No! ―gritó.
―Sí ―le dije.
―Yo la mato ―decía
mientras se levantaba de la cama y buscaba sus zapatos― y después la voy a
demandar por perversión de menores.
Así siguió un
buen rato, diciendo palabras sin sentido mientras intentaba cambiarse y
peinarse el cabello. Se puso una chaqueta y cuando se dio cuenta que se la puso
al revés, se la quitó y la arrojó al otro lado de la cama. Estaba completamente
roja de enojo, sus ojos estaban de un azul impresionante y no dejaba de
balbucear palabras sin sentido. Yo por dentro moría de risa al verla así, pero
no se lo demostraba porque sabía que podría enojarse más. Así era Mariana
conmigo cuando hacía cosas que no debía hacer.
―¡¡Pero primero
la mato y después que la refundan en la cárcel!! ―se fue del otro lado de la
cama para buscar su chaqueta.
―Mariana ―le
decía para que se calmara―, no tienes que demandar a nadie, mucho menos matar.
―Es una
pervertida, eres una menor… tienes que hacerlo con menores ¡Yo la mato! ―dijo
arrojando otra vez la chaqueta al otro lado de la cama.
―Mariana… ―intente
no decirle, pero no me dejó otra alternativa, porque sabía que era capaz de
matarla y luego demandarla― yo… yo la seduje.
Se dejó caer en
la cama porque sabía que sí era capaz de hacer eso y mucho más.
―Tú ―dijo Mariana
en un suspiro.
Fue tan
increíble, claro que no iba a contarle a Mariana detalle por detalle, aparte de
que nunca le interesó saber sobre mi vida sexual, pero ella sabía que ya la
tenía. Todo lo contrario a ella que pensaba llegar virgen al matrimonio y que
bueno, porque hubiera sido capaz de matar a Carlos si no la respetaba. Mariana
volteó a verme, sus ojos ya no tenían la rabia de hace un momento. Se recostó a
mi lado y volvió a suspirar con resignación.
―Estuvo bien
―dije con una sonrisa tan grande.
Mariana ni
siquiera me preguntó nada, dejó que me hundiera yo sola en los recuerdos del
momento que consideré casi mágico. Alejandra no tenía ninguna experiencia de
estar con una mujer… y yo, bueno, nadie se ha quejado. Con ella fue diferente,
fue tal vez una sensación más madura o era en verdad que me estaba enamorando
de ella.
―Alma… ―dijo
Mariana sujetando mi mano.
―De Mariana ―respondí.
―Y mi corazón
siempre tuyo ―dijo y cerró los ojos.
No entendí si lo
hizo porque tenía sueño, o solo no quería mirar mis ojos. Esperé por mucho rato
a que los abriera, pero no lo hizo en mucho tiempo. Sabía que no estaba dormida,
porque siempre que dormía, su respiración era mucho más rápida. Me acosté de
lado para mirarla mejor. Era perfecta, toda ella era… lo más hermoso que había
mirado en mi vida. ¿Por qué no pude enamorarme de Mariana? Todo hubiera sido
tan fácil y bello. Mariana me causaba algo más que amor, un sentimiento
extraño, uno del cual, no volví a sentir por nadie.
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