III
Faith-el despertó al siguiente día con
unos extraños ruidos en el estómago, con una pesadez en los ojos y un leve
dolor de cabeza. Se sentó sin saber qué era lo que pasaba con su cuerpo. Se
levantó de la cama y por primera vez sintió el frío en la planta de los pies.
Se quedó atenta por la extraña sensación en su cuerpo, se dio cuenta que se iba
acostumbrando cada vez más al frío cuando caminaba. Podía sentir su cuerpo
tiritar por todo lo nuevo. Miró sus pies plantados al piso, miró sus manos
haciendo movimientos lentos con sus dedos. Acarició su rostro y pudo sentir lo
sueva de su piel; y la respiración cálida que salía de su nariz también la
sintió. Tocó su pecho para sentir el latido incesante de un corazón mortal. Sentía
como su pecho se alzaba en cada respiración, había respirado desde que bajó a
la tierra, pero nunca lo había sentido. Le parecía extraordinario todo lo que
estaba percibiendo en su cuerpo. Siguió mirando el movimiento suave de sus
dedos en el aire, hasta esos simples movimientos le parecían hermosos.
Volvió a enfocarse en el ruido que
provenía de su estómago.
―Eso significa que tienes hambre ―dijo
Hope, que la miraba desde uno de los sillones frente a su cama.
La había observado durante toda la noche.
Parecía una persona normal, con una vida como cualquier otro ser sobre la
tierra. La hubo visto moverse con inquietud, con su respiración entre cortada,
tal vez por un sueño perturbador. Hope hubiese dado parte de su inmortalidad
por saber qué estaba soñando una persona que por primera vez dormía. ¿Qué
sueños podía tener alguien que había existido por mucho tiempo? Si los sueños
se componen, en los mortales, de emociones y sentimientos, qué podía soñar ella
si nunca tendría dichas cosas.
―¿Qué fue lo que hice en la noche?
―preguntó.
Por primera vez no recordó lo que había
hecho durante la noche.
―Dormiste, así es como algunos Mortales
lo hacen para soñar y descansar.
―¿Soñar? ―dijo.
Hubo tantas imágenes en su cabeza que
casi no las recordaba, pasaron muy rápido como para retenerlas en su memoria.
Eran imágenes inexistente, recuerdos no vividos, no estaba en su ser conservar
algo así. No podía quedarse con ellas como lo hacía un mortal normal. Así que
se fueron en un segundo de su cabeza.
El ruido de su estómago se incrementó,
parecía que algo saldría de su interior.
―¿Siempre es así? ―preguntó sujetando su
estómago.
―Debes comer algo si quieres que la
sensación en tu estomago pare ―sugirió Hope.
―Tengo que… ¿comer? ―dijo sorprendida.
Pensó en todas las veces cuando probaba
cierta comida sin sentir absolutamente nada y que en algunas ocasiones debía
fingir que era su comida favorita. Sujetó su estómago y siguió maravillándose
con la sensación, parecía que tenía algo en su interior.
―Tienes que comer ―sugirió inclinándose
a ella, sacándola de sus pensamientos.
Sabía que tenía mucha curiosidad sobre
todas las sensaciones que quería conocer de los humanos, por algo había sido
así su último deseo. Se preguntaba cómo sería su reacción ante la comida, si le
causaría la misma impresión de sus pies sintiendo el frío del piso o lo suave
de la tela de las sábanas mientras dormía.
Salió de su habitación y fue a la
cocina. Trastabilló un par de veces, como si estuviera caminando por primera
vez. No había tenido la sensación del suelo, era duro y seguía frío. Entró a la
cocina y su cuerpo inmediatamente captó el cambio mínimo de la temperatura, era
más reconfortante. Su piel se erizó, le gustaba la sensación cálida. El
movimiento de sus manos también era torpe, acostumbrándose a las diferentes
formas y texturas que se encontraban a su alcance. Todo era liso o rugoso;
suave o duro; frío o cálido. Sensaciones corporales, era todo lo que estaba
conociendo. Hasta los colores que tenían las paredes, o el papel tapiz, le daba
nuevas sensaciones a sus ojos.
Tomó lo que había en su refrigerador
para prepararse algo, el ruido de su estómago era mucho más fuerte y había una
sensación de ansiedad en su boca. Siguió recopilando todo lo que iba a comer.
Era una sensación que le gustaba, hasta por un momento llegó a sentirse alegre,
pero sabía que era una emoción que no podía sentir. Tomó un trozo de carne
envuelto en plástico y lo acercó a su nariz. El olor le produjo más espasmos en
el estómago. Sabía que no debía comerlo crudo, a pesar de que quería saber a
qué sabía. No debía. Ganó su razón y tomó una sartén. Le costó un poco encender
la estufa para poder freír la carne. Debía comprar comida aunque no la consumiera,
nadie debía darse cuenta de lo que ella representaba para la Tierra. No
necesitaba de nada, ni siquiera del aire para respirar. Había observado a los
humanos por mucho tiempo antes de decidir bajar a la Tierra. No le costó mucho
adoptar ciertos reflejos para parecer uno de ellos: respirar, el movimiento de
su cuerpo y la expresión de algunas emociones. Todo lo demás, como los
sentimientos, eran reflejos de las personas con las que estaba: la forma en que
miraba, sonreía o expresaba dichos sentimientos en palabras, en gestos y
acciones, era como un espejo.
Faith-el ya tenía experiencia de qué
cosa combinaba con cada cual; tantos años en la Tierra le llevó a ganar mucha
sabiduría de cómo eran las costumbres de los hombres. El calor que desprendía
el fuego era diferente al calor reconfortante que le daban las sábanas de su
cama, le gustaba más lo cálido y lo suave de las telas. El olor de la carne
ocasionó que su estómago se pusiera más impaciente. Sentía cada aroma
diferente. Le gustó más el olor de lo cocido que de lo crudo. El color también
era distinto, era más oscuro y se notaba más rígido, la carne ya no era suave y
fría como al principio. Nunca creyó que se estuviera perdiendo de cosas tan
maravillosas, cosas que increíblemente a su vista no le importaban. No le
ocasionaban una sensación. No podía comparar con nada todo lo que estaba
oliendo, era la primera vez a su sentido del olfato. Se preparó cuanto pudo:
frutas, verduras, bebidas… comida en exceso. No le importaba que estuviera
fría, incluso algunas cosas ni siquiera las cocinó. Sabían bien en su estado
natural.
―¡Esto es delicioso! ―decía, mientras se
daba un bocado de una hamburguesa de mil ingredientes―. Ahora entiendo por qué
no pueden dejar de comer. Esto es más delicioso que la palabra delicioso. Los
humanos deberían buscar otra palabra para definirlo mejor. ¡Más de las que ya
existen! ―sugirió, dándole otra mordida.
Hope la veía comer y beber todo lo que
se le cruzaba en su camino. No intentó pararla, porque de todos modos tenía
hasta que se ocultara el sol para olvidarlo todo y regresar al lugar donde
debía seguir con su misión: el Cielo. Así que la dejaba disfrutar de lo que
comía para que Faith-el conociera las sensaciones de los mortales y pudiera
regresar al Cielo conociendo casi todo de ellos.
―¡Cambiaría mi vida por todo esto! ―dijo
maravillada con tantas sensaciones en su boca.
Era increíble todo lo que podía percibir
en su cuerpo, nunca creyó haberse perdido de gran cosa al estar tanto tiempo en
la Tierra. Desde un principio, desde su creación, había sido destinada a ser
una esencia y un resplandor, un murmullo de luz como todas. Pero cuando decidió
bajar a la Tierra y conocer en persona a los nacidos con virtud, su misión se
hizo más fuerte. Ninguna otra esencia había hecho lo mismo jamás, ninguna otra
tenía la fuerza para lograrlo. Nadie podía escapar a su destino, mucho menos a
su principio.
―Eso para ti es imposible. Tú no tienes
una vida ―aclaró Hope.
―Lo sé, pero si la tuviera la cambiaría
sin pensarlo.
Empezó a decir palabras con tanta fuerza
que no sabía de dónde provenía toda esa potencia, ya que nunca había
experimentado las sensaciones que ahora sentía en su boca. Todo era nuevo para
ella, absolutamente todo lo estaba conociendo por primera vez.
Terminó de comer todo lo que había
preparado en menor tiempo que le llevó hacerlo. Su estómago estaba satisfecho y
la ansiedad de su boca había parado definitivamente. Lo único que quedaba era
una especie de dulce, salado o de mil sabores que habían quedado en su boca. No
sabía exactamente cómo definir lo que estaba sintiendo, pero sabía que estaba
satisfecha. Le había gustado mucho la experiencia de ser un mortal hambriento.
Se acercó a la ventana. Aunque era muy
temprano, el sol apenas estaba saliendo en toda su plenitud, y el cielo estaba
tan azul que ninguna nube podía opacar su brillo. Abrió la ventana y sacó
lentamente la mano, como temiendo que los rayos del sol fueran a desintegrarla.
Era la propia proyección de su energía y aun así no sabía qué tan intensa era.
La sensación del calor la disfrutó más
que el frío.
―Es muy cálido ―dijo pensando en todas las
veces cuando le decían: Es tan cálido
estar entre tus brazos. Era la frase finita que la hacía entender que su
mensaje había llegado a su fin y que ya debía abandonar a esa persona, porque
su resplandor ya no iba a ser olvidado por su corazón.
Estuvo un buen rato mirando su mano bajo
el sol. Hasta su piel se notaba diferente, con más color y mucho más suave. Recordaba
todo el tiempo que estuvo en la Tierra y a las muchas personas que conoció
durante su misión. No eran tantas. No debía buscarlas. Ni siquiera sabía
quiénes eran. De una sublime manera su esencia las reconocía y, desde ese
momento, todo se conectaba en el Universo para poder transmitirle su mensaje. Recordó
a la última persona con la que estuvo, no creía que su misión fuera a terminar
tan rápido al encontrarla, al hacer del amor, el más puro mensaje jamás dejado
en la Tierra en ningún otro mortal.
―No tienes mucho tiempo ―decía, Hope
interrumpiendo sus pensamientos―. ¿Es todo lo que harás?
Dejó de mirar su mano.
―Hay tantos recuerdos en mi cabeza,
¿siempre pasa eso?
―Sí, normalmente.
No distinguió si le gustaban, si le
causaban algo más que solo la mera proyección de las imágenes en su cabeza. No
podían provocarle sensaciones. No había un contacto directo con su vista, con
su piel, con el olfato o el gusto. Resonaba el recuerdo de sus voces, de lo
acontecido a su alrededor, pero todo era lejano, difuso. Sólo estaban en su
cabeza, más allá de los recuerdos, no le causaban una emoción y mucho menos para
formar un sentimiento.
―Hope, no va a llover hoy, ¿cierto?
―preguntó.
Quería con todas sus ganas conocer la
sensación de la lluvia mojando su piel. Para ella el agua cayendo del cielo era
algo más divino que terrenal, no solo era un proceso de la naturaleza como lo
veían todos los Mortales. Quería conocer la sensación y la reacción que
provocaba la lluvia sobre la piel.
Hope miró tras la ventana, era obvio que
con el día tan soleado ni una gota de lluvia se asomaría.
―No ―respondió.
Jamás el cielo había estado con tantos
matices de azul. El paisaje que se pintaba era realmente hermoso. Parecía que
presentía que dentro de muy poco el resplandor más fuerte regresaría a su lugar
de origen y que muy pronto el Cielo tendría un nuevo guardián, el más puro
resplandor.
Faith-el se alejó de la ventana al
sentir un dolor muy fuerte en el estómago.
―¿Tengo más hambre todavía? ―preguntó
sujetándose con fuerza, porque era un dolor muy intenso el que tenía.
―No, a eso se le llama indigestión
―aclaró Hope.
Faith-el se fue a sentar al sofá porque
no soportaba el dolor de su estómago. Empezó a ponerse pálida y temblorosa. La
sensación no le gustaba, era desagradable. Sintió un dolor punzante en la
cabeza, incluso sus pies empezaron a ponerse fríos. Su estómago volvió a doler,
como si empezara a formarse algo muy pesado en su interior. Era tan fuerte que
pronto se arrepintió de todo lo que había comido y que ahora no consideraba tan
delicioso.
Hope no podía hacer nada por ella, a
pesar de mirarla casi retorcerse del dolor, no tenía potestad de evitar lo que
estaba sintiendo físicamente.
―Es dolor lo que sientes ―dijo.
Sabía que su cuerpo estaba reaccionando
a una sensación física y no a una emoción o a un sentimiento, como lo es el
sufrimiento, que era peor de lo que sentía ahora.
―Pues… eso, no… no se siente… muy bien
―se quejó con esfuerzo.
De un momento a otro alguien tocó a la
puerta con un poco de desesperación. Hope miró a Faith-el, sabía que ya no
esperaban a nadie. La existencia de Faith-el en la Tierra empezaba a borrarse
para las personas. Cuando se marchara para siempre, los recuerdos de ella se
irían de la memoria de los mortales, solo quedaría en ellos el mensaje que les
transmitió.
Volvieron a tocar.
El corazón de Faith-el se aceleró un
poco. Había una nueva reacción en su cuerpo, parecía que sus latidos se
acompasaban con la desesperación de quién tocaba a la puerta. Miraba a Hope con
los mismos ojos extrañados. No tenía la intención de abrir. Sus ojos volvieron
a fijarse en la puerta, esperando que quien tocara se marchara pronto. Por un
momento el dolor de su estómago desapareció, lo único que retumbaba en sus
oídos era el latir de su corazón, como un zumbido que le recordaba que era un mortal.
Pero era un latido diferente, uno, que casi le producía un sentimiento.
Insistieron una vez más.
Se levantó encorvada porque el dolor le
impedía mantenerse derecha. Abrió la puerta y le sorprendió encontrarse con una
persona que pensó no volvería a ver, no al menos en la Tierra.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó sin creerlo.
Hope se sorprendió cuando la vio en la
puerta. Parecía un poco cansada, como si hubiera estado ausente por mucho
tiempo. Sus ojos, al mirar los ojos de Faith-el, se iluminaron, como si hubiera
recuperado parte de lo que perdió hace días. Su semblante también cambió de
forma.
―Te extraño. Quiero estar contigo ―dijo.
Faith-el y Hope se quedaron asombrados
por las palabras que salieron de su boca.
Quien estaba tras la puerta había
experimentado el amor a lado de Faith-el, tal y como era su misión en la Tierra.
Después del tiempo que había pasado a su lado, ella debía por lo menos no
sentir nada por Faith-el. No lo que le enseñó… no el amor. Sus recuerdos debían
mantenerse intactos. Los momentos, las emociones y los sentimientos vividos
debían quedarse en ella como un hermoso recuerdo, pero sin sentir más amor.
Entró al departamento. Faith-el dio
pasos atrás como si estuviera huyendo de una tragedia inevitable. Intentó
evitar cualquier contacto de ella y aun así su piel se erizó. Fue una sensación
la cual no percibió, su asombro la dominaba.
―Te amo ―dijo, sin contenerlo más.
Había sido como un suspiro que tenía
impregnado en su pecho y que no la dejaba respirar con normalidad, pesaba tal
verdad. Eran palabras que se habían quedado estancadas y sabía que si no las
decía a quién se las merecía, era algo que no la dejaría estar nunca en paz. La
buscó porque quería entender todo lo que estaba pasando en su interior. Quería
entender por qué razón, en qué momento, había decidido hacer su vida lejos de
la persona que amaba.
―Quiero estar contigo, Faillié.
El dolor de estómago volvió en un
segundo, como si hubiera sido un recordatorio del porqué no debía estar pasando
lo que pasaba ahora.
―No, tú no puedes amarme a mí. No es
posible lo que sientes. No puede ser verdad lo que me estás diciendo ―intentó
decir Faith-el, lo más entendible que pudiera salir de su boca.
―¿Por qué no? ¿Por qué no debería amarte
a ti? ―preguntó confundida.
―Porque estuvimos el tiempo que era
nuestro. Ya no hay más para ti y para mí. Ya no hay nada ―contestó.
―¡Eso es lo que quieres decir! ¡¿Sólo
fui un tiempo para ti?! ―gritó sin creer lo que le estaba diciendo.
Faith-el volteó hacia Hope preguntándose
qué era lo que estaba pasando. No lo entendía. No sabía qué decir, el dolor de
su estómago no podía dejarla concentrarse.
―No… sólo, que…
No sabía cómo explicarle. Como mortal
las palabras y sus pensamientos se volvían como las de ellos: torpes y confusos
ante una situación así. Seguía mirando a Hope para que le ayudara a solucionar
lo que no entendía.
―¡¿Qué?! ―gritó un poco molesta.
No sabía por qué Faillié miraba hacia la
nada, como si quisiera conseguir las palabras adecuadas en un milagro o poder
desaparecer. Ella no podía ver la luminosidad de Hope, su vibración no podía
ser percibida por los ojos de los Mortales, ni siquiera por aquellos que tenían
una sensibilidad superior al resto. Así que para ella, Faillié parecía estar
ignorando sus palabras.
Sus ojos muy pocas veces se miraron en
los suyos.
―¡Dime, Faillié!
―No siento nada por ti, Alice… ―dijo, sabiendo
que en verdad no podía sentir nada por un mortal.
Su reacción fue darle una bofetada con
toda su fuerza, pensando que era hiriente saber que la persona que amas pudiera
decirte eso con toda la tranquilidad del mundo.
Faith-el se hizo para atrás con el
golpe, ahí conoció el dolor en su piel, un dolor más fuerte que el que sentía
aún en el estómago. Su rostro le ardía.
―Faillié, lo siento mucho ―se acercó
arrepentida―. Perdóname, no sé qué me pasa.
La sujetó de la cintura y la llevó hasta
el sofá.
―Así que, así se siente ―dijo sujetando
su mandíbula con fuerza.
―Lo siento ―decía―, no puedo dejar de
pensar en ti desde el día que nos separamos, no quiero estar sin ti…
―No es así… ―intentó interrumpirla.
―No sé cómo explicarlo ―continuó―, hay
algo en mi interior que no se quiere ir, que no puede dejarte. Sé que es amor
lo que siento por ti, sé que te amo, Faillié ―decía, con una luz intensa en su
mirada―. Es como si ya no pudiera estar sin ti y al mismo tiempo sé que puedo
continuar si ya no estás conmigo, pero sé que quiero estar contigo… lo sé.
Hope las observaba con su rostro lleno de
desconcierto, jamás había pasado lo que estaba aconteciendo ahora. No podía
explicarse lo que escuchaba de su voz, prácticamente lo que decía era
imposible. Sus palabras no podían reflejar una realidad. No podía sentir amor
por Faith-el, porque ella era el amor y eso fue lo que vino a enseñarle. Después
de estar con ella debía enamorarse de quien sería el amor de su vida, tal como
había pasado con las demás personas con las cuales Faith-el había estado
durante tiempo atrás.
―Quiero estar contigo, Faillié ―dijo, y
sus ojos se iluminaban con un hilo de alegría y de tristeza.
―Es que… ―intentó decir.
―¿Te sientes bien? ―preguntó.
Se dio cuenta que no dejaba de sujetarse
el estómago, su cuerpo temblaba y su rostro estaba un poco más pálido.
―No. El estómago me duele mucho.
Sus ojos estaban rojos, como si quisiera
llorar. Su cuerpo se estremecía por el escalofrío que surgía en ocasiones. Los
espasmos eran incontrolables. Sentir hambre era agradable, se le antojaba todo
y el olor de la comida era incomparable; las sensaciones que provocaba en su
boca eran agradables. Sentir indigestión era todo lo contrario, no lo
soportaba. Su piel se erizaba cada vez más. Ya no le gustaba ser mortal y tener
ese tipo de sensaciones. Nunca pensó que fuera tan difícil sentir como lo hacen
ellos. Cómo es que llegaban a soportar tanto dolor en su cuerpo.
―Necesitas tomar algún medicamento ―sugirió.
―No tengo.
No tenía pastillas o cualquier tipo de
medicamento, no los necesitaba. Su cuerpo no resentía nada, nunca se enfermaba.
No sentía dolor de ninguna especia. Ni siquiera sentía su propio cuerpo. Desconocía
todas las sensaciones. No tenía una vida. No era mortal. No era humano.
―Algo podrás tomar para que el dolor se
calme ―dijo.
Se levantó por un vaso de agua a la
cocina y se dio cuenta que era un desastre. Nunca había visto la cocina así,
siempre estaba limpia y todo en orden. A veces bromeaba con Faillié diciéndole
que no era normal, que no se comportaba como una persona común, que parecía que
sufría de un trastorno obsesivo-compulsivo. Todo en su hogar estaba
perfectamente en orden y todo impecablemente limpio. Abrió el refrigerador y
parecía que había sido asaltado por la noche. Había trozos de comida por el
piso. La mesa estaba en desorden con las sobras. La mayoría tenía un olor
agradable, su aspecto era todo lo contrario. Notó el olor agridulce del tomate un
tanto maduro, casi llegando a la descomposición. Las migas de pan se
desbordaban de la mesa. No sabía si los granos diminutos que brillaban por toda
la mesa eran de azúcar o sal. Tomó unos cuantos con los dedos y los llevó a su
boca. La sensación en su lengua no la distinguió rápido, los dos sabores
estaban mezclados. ¿Qué había intentado hacer Faillié? Tomó el vaso medio lleno
y olió lo agridulce de la naranja. No quiso saber si el sabor de la bebida era
dulce o salado. Encontró cascaras de la fruta sobre el piso, debía ser jugo
fresco, como le gustaba a Faillié. Era su bebida favorita mientras fuera recién
preparada. Dejó el vaso sobre la mesa y siguió observando el caos que reinaba
en la cocina. Era extraño. Cuando Faillié llegaba a cocinar, lo primero que
hacía después era limpiar, incluso ni siquiera hacía tanto desastre, tenía todo
calculado: ingredientes, utensilios, el tiempo de preparación; todo era
metódico. Lo que había en la mesa parecía estar hecho de forma burda,
impaciente. Todo era extraño para sus ojos. Llegó a pensar que no había sido
obra de Faillié. El aspecto de la comida no llevaba su estilo. Quiso probar lo
que sobraba, saber si por lo menos tenía un sabor agradable como todo lo que
preparaba. No quiso arriesgarse.
Tomó un vaso limpió y lo llenó de agua.
Dio pasos pequeños para salir de la cocina, no quería pisar las cascaras de la
fruta y caer. Sabía que algo extraño estaba pasando. No era el estilo de Faillié,
no podía ser ella.
―¿Qué pasó en la cocina?
―Comí demasiado ―contestó.
―¿Tú lo hiciste?
No quería pensar que estuviera ya con
otra persona.
―Sí.
Le dio el vaso con agua para ver si así
se calmaba un poco su dolor.
―¿Segura que tú hiciste todo eso? ―señaló
la cocina.
Faith-el levantó la mano izquierda para
enseñarle los cortes que se había hecho por preparar las verduras y la fruta.
Hasta ese momento fue consciente del dolor que sentía en la piel de sus dedos.
Lo único que no había en ellos era rastro alguno de sangre.
―¿Fuiste tú? ―no estaba segura de la
respuesta que le dio.
―Sí ―respondió una vez más.
Cambió el vaso de mano y le enseñó la
derecha, mostrándole las quemaduras que se hizo con el aceite, estaban rojas,
eran pequeñas y ardían.
―Nunca habías hecho eso ―dijo.
―Siempre hay una primera vez.
Se quedaron sentadas por un momento sin
decir palabra alguna. Faith-el no entendía nada, sabía que ella no tenía por
qué estar ahí. Su tiempo juntas ya se había acabado, no había más… nunca podría
existir un tiempo más entre ellas dos. Dejó el vaso con agua sobre la mesita de
centro. No había calmado para nada su dolor.
―No puedes amarme ―se atrevió a decirle.
―¿Por qué no?
No supo qué decirle, no había tiempo de
otra cosa que intentar contarle la verdad para que entendiera que su amor nunca
podría ser cierto, que lo que sentía no era verdad. Aunque en realidad Faith-el
no sabía por qué tenía que hacerlo, ella era un mortal y no sabía si soportaría
saber la verdad. Había cosas que los humanos no necesitaban saber para vivir.
―No soy un mortal.
―¡Claro! ―contestó con sarcasmo.
―Yo soy la essentia de lo que ustedes los
Mortales llaman sentimiento: el amor ―decía Faith-el―. Me conociste para
enseñarte el mensaje del amor y que tú, por tu paso por el mundo, en esta vida
y en las siguientes, enseñes el amor verdadero a los que van a formar parte de
tu vida, parte de tu destino y tu eternidad.
―¿Qué estás diciendo? ―preguntó
incrédula ante una historia tan poco creíble.
―Soy una essentia, no soy como tú
―aseguró Faith-el―. No soy un Mortal.
―Pues ahora lo pareces ―dijo un poco
molesta.
Faith-el dirigió su vista a Hope para
que le explicara lo que estaba pasando. Sus ojos estaban fijos al piso llenos
de incertidumbre. Pensaba en todo lo que Alice estaba manifestando con sus
palabras y la forma de expresarlo con su cuerpo. No estaba bien que ella
estuviera ahí. Dirigió sus ojos a Faith-el, haciéndole entender que también
tenía desconcierto de lo que estaba pasando.
―¿Qué tanto miras? ―preguntó, mirando
detrás de ella, donde la mirada de Faith-el se centraba.
Hope se dio cuenta que sus ojos color
miel empezaban a verse diferente de cuando llegó. Sus ojos parecían más claros
y serenos. Incluso su semblante ya había cambiado, no se veía cansada o
ausente. Estaba como en los días de cuando Faith-el todavía formaba parte de su
vida.
―Nada ―respondió.
No había encontrado respuesta en Hope.
Todo estaba confuso. Qué había hecho mal para que una parte de su misión
estuviera ahí. Su amor ya no le pertenecía a su principio. Todo había terminado
ya. La miró intentando encontrar en ella la respuesta. Se dio cuenta que sus
ojos le suplicaban por una verdad; le suplicaban por una razón tan grande como
el Universo que justificara el hecho de no poder corresponder su amor.
―¿Por qué no, Faillié?
―No soy como tú. Ser Mortal es mi último
deseo antes de regresar al Cielo. Quería ser como uno de ustedes. Soy una
essentia, un resplandor eterno y quería ser por un momento un humano. Sentir, como
sientes tú ―explicó.
―¡Faillié, es absurdo! ¿No puedes decir
alguna otra mentira, algo más creíble?
Faith-el fue a su habitación y trajo
consigo una cámara instantánea, de esas cámaras que ya no se veían en ningún comercio,
incluso ya no se fabricaba el papel para las fotografías. La había conservado
por varias vidas, a lo largo de su misión. Faith-el la guardaba porque le era
muy útil cuando necesitaba tomarse alguna fotografía con la persona con la que
estaba. Su luz era muy sensible y era la única manera en que podía salir en las
fotografías o al menos perdurar un poco más de tiempo en ellas.
―Ven ―pidió―. Acompáñeme.
―¡No! ―dijo desesperada―. ¡Explícame
aquí por qué no puedes estar conmigo!
No había nada en el interior del
departamento, donde muchas veces estuvieron juntas, que le hiciera ver la
imposibilidad de su amor.
―No puedo.
―¿Por qué no?
No podía decirle lo mismo que hace un
rato si Alice no creía sus palabras. Tenía que enseñarle de otra forma, debía
hacerle saber que su estancia en la tierra se había terminado y que debía
regresar a cumplir su misión.
―Ven conmigo ―pidió una vez más.
―¿Adónde vamos?
―Confía en mí.
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