XI
Llegaron las
vacaciones de verano. Me sentía tan libre de la escuela, aunque no del todo. No
reprobé ninguna materia porque los profesores se dieron cuenta de mi estado tan
depresivo y como a muchos de ellos les agradaba, me pasaron. El problema es que
varios de ellos no se compadecieron tanto y me dejaron trabajos extra para
reponer las calificaciones en el siguiente semestre. Lo bueno del paso del
tiempo, es que conoces nuevas cosas, ves el mundo de forma diferente y… y
siempre hay cosas que nunca cambian, que nunca debieron intentar cambiar.
―¡¡Mariana!! ―entré
gritando a su habitación interrumpiendo su lectura.
No recuerdo cuánto
tiempo llevaba ya leyendo eso, y exagero, pero creo que desde que aprendimos a
leer. Parecía un libro interminable con miles de hojas, provocaba flojera al
verlo, a mí sí, que solo tenía la costumbre de leer historietas y no pararme en
la biblioteca aunque de ello dependiera mi vida. En cambio a Mariana le gustaba
leer de todo, por eso era tan inteligente y siempre sabía cómo acomodar cada
palabra para cualquier ocasión… y no parar de hablar aunque se lo rogara. Así
era esa niña, con los ojos más dulces y comprensivos que podían mirarme. La
persona que con una sola mirada podía obtener todo de mí.
―¿Y ahora qué te
pasa? ―preguntó sin despegar los ojos del libro.
―¡¡Conocí a la
chica con los ojos más bellos del mundo!! ―casi grité.
―Sí, claro.
Al ver que no me
estaba poniendo ni un mínimo de atención, me acerqué a ella y le cerré por completo
el libro quitándoselo de sus manos. Lo miré por un tiempo para entender que
tenía de interesante y luego lo arrojé a su cama. No sabía si Mariana estaba
feliz o volvería a ser infeliz porque mi actitud infantil había vuelto. Ya
estaba lista para escuchar de nuevo sus sermones y reclamos. Mi corazón se
sentía fuerte para enfrentar al mundo y qué más podía pedir que hacerlo a lado
de la persona que me regresaría a la realidad cada vez que quiera escapar de
ella.
―¡Hazme caso!
―sugerí al ver como sus ojos miraban el libro sobre su cama.
―Bien, dime ―cruzó
los brazos simulando que lo que le diría era más importante que lo que estaba
leyendo, era una chica muy astuta… bueno, yo era muy simple en realidad.
―Bueno, estaba
en la biblioteca, la que está aquí a tres calles ―empecé a contarle, no podía
creer que estaba nerviosa y no sabía cómo contarle lo que había pasado.
―Aja...
espera, ¿en dónde? ―se levantó frente a
mí algo impresionada.
―¡En la… biblio…
teca! ―le dije pensando si lo había pronunciado bien.
Tomó mis manos
con amabilidad y suspiró con calma, como intentando tranquilizarme.
―Alma.
―De Mariana ―le
respondí.
―Sí, y mi
corazón tuyo... Alma, cuántas veces te he dicho que ya no persigas a los gatos,
pobres animales, déjalos en paz. No te quieren… ―se quedó pensando y terminó
por preguntarme sin esperar mi respuesta―: ¿Por qué no te quieren?
―No lo sé ―respondí.
Ni siquiera recuerdo por qué tenía esa obsesión por los gatos.
―Bueno, deja de
perseguirlos pobrecitos.
―¡Dejé de
perseguirlos a los doce! ―me solté de sus manos tratando de no recordar por qué
dejé de hacerlo. Me acerqué a la cama y continué―: No, no entré a la biblioteca
persiguiendo un gato... fui a leer para hacer los trabajos que me dejaron.
―Bueno, eso es
increíble... y qué más.
―Ya sabes ―empecé
a explicarle mi hazaña―, estaba atenta en la lectura del libro y sentí una
mirada. Alcé la vista y me topé en la mesa de enfrente con unos ojos azules
como el cielo ¡¡y me sonrió, Mariana!!
―Bien, ¿ahora
cuál fue la historia real? ―preguntó con seriedad.
Me senté en la
cama desanimada porque no me creyó aquella historia, sabía muy bien que para
cualquier cosa siempre hacía el ridículo, pero hacer el ridículo siempre me
traía las mejores cosas.
―Estaba
durmiendo y se me cayó el libro sobre la mesa ―le contaba un poco avergonzada―,
ella me miró y estaba sonriendo porque ya tenía mucho tiempo así... y salí
corriendo.
―¿Alma, cuándo
te comportaras con madurez? ―preguntó Mariana y se sentó a un lado mío.
―Después de los dieciocho
―me tiré sobre su cama―. Son azules como el cielo.
―Enamorada otra
vez ―dijo Mariana con mucho desánimo y se recostó a un lado mío.
―¿Tiene algo de
malo? ―pregunté extrañada.
―No, no ―se
sentó y me miró con una sonrisa, con una sonrisa que jamás pude interpretar de
otra manera que solo… no entendía cómo.
―No tiene nada
de malo, ¿verdad? ―le pregunté con una sonrisa tan grande en mi rostro
―No, me gusta
verte así ―respondió Mariana.
***
Haciendo cuentas
sin querer, me di cuenta que ya habían pasado cinco meses desde aquel día tan
horrible, donde perdí casi cuatro días de mi vida en una borrachera. Había
pasado poco menos que lo de Lucia ya no me dolía tanto. Hacía tiempo que mi
corazón ya no había dolido. Y había pasado mucho menos desde que vi aquella
mirada azul. Ya no supe más de Lucia en todo este tiempo, los rumores decían
que Ruth la había puesto en problemas dentro de la escuela y que la habían
expulsado, pero los padres de Lucia habían hablado con los directivos y les
dieron otra oportunidad a las dos. Fue cuando Ruth había dejado a Lucia por la
chica con quien la vi la última vez. Todos mis amigos me contaron que Lucia
decía que su peor error fue el hacerme a un lado. Yo no sabía qué responder
ante esos comentarios, así que solo les sonreía y me iba del lugar. No sabía
que sentía ante esas palabras, no quería pensar más en Lucia, no quería dejarla
entrar a mi vida otra vez. Aunque en mi corazón seguía estando con fuerza, pero
ya no quería que se hiciera realidad, no sé por qué no lo quería si Lucia ya
estaba ahí, a mi completa disposición. Si lo único que Lucia quería era
regresar conmigo… ¿entonces por qué yo no lo quería?, si sé que aún siento amor
por ella, ¿por qué no estar con ella? Tal vez todo el dolor que me hizo pasar
lo impedía, el que me haya hecho llorar tanto y hacerme sentir como si no
valiera nada, era más fuerte que lo que sentía por ella. Lucia pudo aprender
muchas cosas estando con Ruth, pudo sentir algo diferente que cuando estuvo
conmigo, sintió unos labios diferentes a los míos y unos brazos que la
acobijaron. Yo no sentí nada diferente a ella, no había unos labios que me
besaran y unos brazos que me abrazaran. Yo tenía su recuerdo todos los días, la
sensación de sus besos, sus abrazos y no había nadie que me mostrara lo
diferente y aun así conocí que lejos de ella había algo diferente.
A la mujer de
ojos azules la busqué por varios días sin encontrarla. Así pasé casi todos los días
de las vacaciones de verano, buscando esa nueva ilusión que podría darle una
nueva esperanza a mi corazón. Iba todos los días a la biblioteca después de
clases, incluso no entraba a algunas para salir a buscarla. Todo esto lo hacía
a escondidas de Mariana porque sabía que ella me retaría en cuanto se diera
cuenta. Pero toda esa búsqueda fue en vano, ella no se cruzaba por mi camino.
Ya estaba cansada de que todo lo que quería, siempre me era difícil de
conseguir.
―¿Y si me voy? ―pregunté
a Mariana mientras miraba tras su ventana hacia la calle.
―¿Adónde?
―No sé, tal vez
lejos de aquí encuentre algo mejor para mí ―respondí sin creer tanto en eso.
Diecisiete años
en el mismo lugar, sin conocer más fronteras que las veces que salíamos de
vacaciones a Puerto Vallarta o a Veracruz con los abuelos de Mariana. No me
importaba saber qué había más allá, pero si no había nada para mí aquí,
entonces tal vez más allá si lo habría, algo para mí… o alguien para mí.
―¿Me dejaras
sola? ―me decía con tristeza― Alma, tienes diecisiete años, aún no terminamos
la escuela… no me dejes.
―Tú…
―Mariana, te
espera Carlos afuera ―dijo la madre de Mariana desde la puerta.
Mariana me miró
con intención de no marcharse. Ni siquiera me dejó decirle que ella tenía una
razón más para quedarse aquí, la razón ya había aparecido por sí misma, Carlos,
no podía llamarle a eso una casualidad, solo su destino.
―Ve con él, aún
seguiré aquí cuando vuelvas.
Mariana salió
sin muchas ganas. Carlos era su novio desde los doce años, él pensaba casarse
con ella, ya se lo había dicho a Mariana y a su mamá. Yo no estaba de acuerdo
con eso, no lo odiaba, pero tampoco significaba que lo quisiera. Desde la
ventana vi como se alejaban, Mariana era una persona muy madura y él también lo
era, no me agradaba mucho, pero me bastaba con que tuviera un amor sincero para
mi mejor amiga.
―Si te sigue molestando yo le pego ―decía sujetando la mano de Mariana que
estaba asustada.
Recordaba aquel
día mientras los miraba alejarse tomados de la mano. Ese día cuando Mariana
empezó a salir con Carlos. Ese día sentí nuevamente el miedo de estar sola. Fue
la última vez que salí corriendo persiguiendo a un gato. Yo no entendía lo que
pasaba en la cabeza de un niño, a veces ni siquiera sabía lo que pasaba
conmigo, pero la mamá de Mariana me decía que el comportamiento de Carlos para
con Mariana era porque le gustaba, por eso se portaba groseramente con ella,
que no debía molestarme con él y que tenía que dejar que se acercara a Mariana.
Tenía doce años cuando intentó explicarme eso, Carlos molestaba a Mariana desde
preescolar y yo sentía que debía protegerla de él. Mariana a veces lloraba
porque le daba miedo, recuerdo que ese día estaba dispuesta a golpearlo con tal
de que no le volviera hacer nada. Carlos iba con uno de sus mejores amigos y yo
sólo dejé a Mariana detrás de mí, pero para desgracia mía y fortuna de Carlos,
a lo lejos vi un pequeño gato blanco y no pude evitarlo. Corrí por tres calles
antes de alcanzarlo sin que me diera ningún rasguño, al regresar a donde estaba
Mariana para mostrarle que lo había agarrado, los vi a lo lejos, Carlos sujetaba
su mano y Mariana sonreía. Solté al pequeño gato y corrió, lo único que hice
fue correr en dirección contraria. No sabía lo que sentí en ese momento ni lo
que siento en ningún otro en que los miraba juntos, tal vez solo eran celos,
Mariana era mi mejor amiga y desde ese día Carlos empezó a formar parte de su
vida. Y desde ese día dejé de molestar a los gatos, nadie sabe que ésa fue la
razón del porqué dejé de hacerlo, ni Mariana llegó a saberlo.
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