III
Decidí caminar hasta casa, no
queda muy lejos de aquí. Es gracioso, las cosas que no han cambiado, pero se
ven tan pequeñas. Tengo miedo de doblar la esquina, sé que al ver esa calle
vendrá el comienzo del peor recuerdo. Me paré, aún siento la esencia de ese
momento, nunca debí hacer lo que hice, pero creí que era un juego, es horrible
recordar. Tuve que hacerme a un lado si no quería que me atropellaran, sin
darme cuenta me había quedado parada a la mitad de la calle. Subí a la acera y
seguí viendo todo, era como si en mi mente estuviera pasando una película, veía
todo y mi corazón empezó a dolerme. Se
me hace eterno este caminar recordando cada momento triste y alegre de mi vida.
Es como si estuviera en un sueño y se ve borroso todo a mí alrededor. Hay un
lugar que trae el peor recuerdo, la separación, la confusión… trae todos los
sentimientos a mi vida, no entendí en ese momento que no era un juego… no
entendí, que era todo. Que ahí se iba a terminar todo.
Por
fin llegué a casa, hicieron un gran trabajo en ella, se ve hermosa, o es la
nostalgia la que me hace verla hermosa. Toqué el timbre con desesperación,
parece que después de tantos años sigue siendo lo mismo de siempre, nadie
escucha o mis hermanos están peleando adentro para ver quién va abrir. Me cansé
de tanto tocar, al parecer no hay nadie. Me senté en la puerta y miraba todo
alrededor, las casas de los vecinos siguen igual de como las recuerdo, sólo ha
cambiado el color de algunas. Entre tantos recuerdos oí que alguien venía, me
paré y esperé. Que sorpresa me llevé, era mi hermano mayor. Se me quedó viendo
por largo tiempo, los dos nos quedamos sin palabras.
—¿Qué haces aquí? —dijo extrañado
y me abrazó con fuerza.
Me llevó hasta adentro
abrazándome por el hombro con la misma fuerza que siempre lo caracterizo desde
que lo recuerdo, siendo un patán conmigo y con mi hermano pequeño, siempre era
de hacer su voluntad o nos veríamos con la fuerza de sus brazos.
Me
contaron todo lo que había pasado durante estos años de ausencia. Es extraño
estar aquí de nuevo. No apartaban su mirada de mí, estaban extrañados y yo
también. No había cambiado tanto desde que me fui, había ganado unos kilos
demás, pero por lo que recuerdo era lo que tanto querían, ya que siempre estaba
bajo mi peso promedio.
—Y tú, niño, ¿ya estabas de
salida no? —le dije a mi hermano que vestía de policía.
Era lo único que podía hacer de
su vida, espero que sea mejor policía que hermano. Al menos sé que su fuerza
bruta le sirve de algo de provecho.
—Acabas de llegar —me
decía—, además estoy de servicio y puedo
faltar.
Sigue siendo el mismo desobligado
de siempre, aún me pregunto cómo ha
llegado tan lejos. Creo que si no fuera por nuestros padres, él hace mucho
hubiera olvidado que debía comer y respirar.
—Quiero descansar así que, ¡vete!
—le dije riendo.
—¿Por qué regresaste? —interrumpió
mi mamá.
—¿Puedo subir a mi cuarto?, bueno si sigue siendo mío.
—¡No! El chaparro se adueñó de tus cosas la muy niñita—dijo
mi hermano en una carcajada.
—Tus cosas siguen ahí, pero tu hermano duerme en tu cuarto
—contestó mi mamá dirigiéndole una mirada asesina a mi hermano.
—Ah, está bien, no pienso quedarme mucho tiempo —respondí.
Subí lo más rápido que pude para
que no hicieran preguntas, no quería contestar nada, de todos modos no sabía qué
hacer, sabía por qué estaba aquí, pero no sabía… no sabía lo que realmente
estaba buscando.
Ahora
parece la habitación de un tonto adolescente, muñecos de peluche y ropa tirada
por todas partes. Ahora entiendo porque el bruto de mi hermano dijo que mi
hermano menor era una niñita, qué hacían muñecos de peluche sobre su cama. Me
saqué el abrigo y subí a recostarme a la cama. Escuchaba mis respiraciones, veo
a todos lados, sigue pareciendo un sueño estar aquí otra vez. Entre tantos
muñecos de peluche se asomaron unas orejas cafés, me levanté y que sorpresa ¡es
mi amigo! El conejo, ya está muy viejo, él secaba mis lagrimas, me cobijaba en
las noches de frío y él la cuidaba. El conejo guarda todos mis secretos…”secretos”,
me senté rápido, y sí, ahí estaba, esa caja donde guarde tantas cosas. No
quisiera abrirla, ni siquiera puedo, mis manos tiemblan como si estuviera a punto
de encontrar otra dimensión… otra parte de mi vida. No recuerdo cómo dejé
acomodadas las cosas adentro, sólo espero que nadie la haya abierto.
Todo
lo de la caja sigue como lo recuerdo: postales de cumpleaños que me regalaban,
calendarios donde contaba cuantos años había sufrido, sobres donde pensaba que
enterraría todo, pulseras con cuentitas que indicaban el día que era feliz por
un instante. Al fondo hay una carta que escribí pensando que algún día ella la
leería, aquí le agradezco todo, haberla conocido y perdido, haberme dado el
propósito de mi vida. Hay una carta, ya se ve muy vieja, dirigida a una persona
que siempre he sentido que está conmigo, “es mi vida tanto como tú”, así
termina la carta, le reclamo muchas cosas… felicidad… sueños... respuestas… y
una oportunidad… por lo que he venido ahora. No sé qué hacer, ni siquiera los
recuerdos de esta caja me ayudan para saber cómo afrontar mi miedo, no puedo
llorar, me siento vacía y todo sigue pareciendo un sueño.
No
sé cuánto tiempo dormí, me despertaron para la cena, creo que ya era muy tarde.
Mi cuerpo me duele, como duele el alma. La cena fue tranquila, me contaban todo
lo que pasó después de que me fui. Quería escuchar cada palabra, pero mis
pensamientos estaban en otra parte peleando en qué haría, cómo arreglar todo.
Me levanté y di las gracias. Volví a subir a recostarme… tengo miedo… mucho
miedo.
Al
otro día me levanté tarde, el sol ya estaba alto y me daba a la cara. Bajé y no
había nadie. Salí de casa y el vecino de enfrente estaba barriendo su calle.
Así lo recuerdo desde siempre, cuando salía hacia el colegio, muy de mañana, él
estaba barriendo la entrada de su casa. Decidí saludarlo y me invitó a sentarme
después de que terminó de barrer. Recuerdo que siempre nos consideraba como sus
hijos y estaba orgulloso porque los tres éramos buenos chicos, nos quería
mucho. También empezó a contarme lo que había pasado con mi familia y con la
suya. Todo iba bien hasta que hizo la pregunta que ni siquiera yo conozco la
respuesta o no la entiendo.
—¿Por qué regresaste?
¿Por
qué regrese? Me levanté sin decirle nada, sin despedirme. Caminé lentamente,
sabía a donde iba, pero no sabía cómo lo hacía. Era como si soñara y sólo
flotaba por inercia. Desperté de golpe en un parque no lejos de mi casa, me
senté y esperé por largo tiempo… demasiado tiempo. Se oscureció y hacía frío,
pero nada podía moverme de ahí. Creo que no pensaba en nada, y entendí entonces
cuál era mi miedo, qué era lo que hacía paralizar mi alma. Empecé a llorar con
tanta desesperación, como nunca pude hacerlo… como quería hacerlo desde hace mucho
tiempo. Ella ya no está aquí, después de tanto tiempo, eso era lo que temía… llegar tarde y no encontrarla y no
saber dónde buscarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario