IX
El cielo se
pintaba de un azul grisáceo, casi platinado. La bruma se había alzado lo
suficiente, eclipsando por un memento la luminosidad del sol a media tarde. El
viento de apoco aclaraba el cielo, limpiando su lienzo azul, para difuminar las
nubes más espesas que se dibujaban en el horizonte. Andrea pensaba mientras su
abuela le contaba su historia. Estaba atenta a sus palabras, podía imaginarse
lo hermoso de la sierra, incluso podía sentir las emociones que Lorena le
provocaba a su abuela, todo un desconcierto de sentimientos. Su corazón se
sentía relajado, podía olvidarse por un momento de todo lo que estaba pasando. No
recordaba el odio que su madre sentía por ella o el motivo de su expulsión de
la escuela, ni siquiera su amor imposible. Podía creer que su vida era normal,
que nada había cambiado y que sus sentimientos eran aceptables. Pero no por
siempre se puede huir de la realidad. Nadie puede escapar de lo que tiene que
ser la vida, un destino acordado. Algo tenía que hacerle despertar, dejar de
huir en recuerdos que no le pertenecían. Escuchó el teléfono sonar impaciente.
La primera en quien pensó fue en Natalia, pero era la última persona que quería
que fuera. Lo escuchó sonar una y otra vez. No había nadie dentro de la casa
para contestar, y nuevamente empezó a repiquetear. Helena miró los ojos de
Andrea fijarse en la puerta, pero sin ninguna intención de levantarse.
—¿Por qué no
vas? —preguntó Helena.
Quería que
Andrea demostrara el valor interminable que decía tener, y que mejor manera
para demostrarlo que haciéndole frente a quien le daba el valor: Natalia.
—Ve.
Sentía los
latidos de su corazón estremecer cada fibra de su cuerpo, hasta parecía que
temblaba de frío. ¿Por qué tenía tanto miedo de Natalia? ¿Miedo? Era un
sentimiento con el que no estaba familiarizada. Sólo era una llamada, una, que
quizá, estaría llena de reproches, de reclamos y una terminación definitiva de
su relación. Las palabras de negarlo todo no habían sido suficientes. Una
terminación definitiva no estaba en sus planes, pero si Natalia lo necesitaba,
si se lo pedía…
Se levantó con
gran lentitud, esperaba que pronto dejara de sonar. Entró a la casa y se detuvo
en el pasillo hacia la sala. Miró el teléfono sin hacer caso y subió las escaleras.
Después de unos segundos el angustiante tono volvió a alterarle el corazón. Se
sentó en el rellano de la escalera, sintiendo miedo. Se quedó ahí con miles de
pensamientos en su cabeza y sin ninguna reacción en su cuerpo. No quería que su
relación con Natalia terminara, no soportaría escucharlo de su voz. Vio llegar
a su madre entrando a la sala. Patricia no se dio cuenta que la observaba desde
arriba, con ojos frustrados envueltos de vacío. Andrea recargó la cabeza sobre
las barras del metal frío del barandal. Su cobardía era más grande como nunca
jamás la había sentido. No podía enfrentarse ante el hecho de que le robó su
sueño a la persona que más amaba.
El teléfono
volvió a sonar, su corazón se aceleró y aun así no hubo movimiento alguno de su
cuerpo. Sus ojos miraron a Patricia acercarse al teléfono para contestar. En un
segundo su semblante cambió, se mostró molesta y hacía gestos de negación con
la cabeza; su rostro, en un segundo más, se llenó de un rojo vivo de enojo. La
miraba mover los labios, pero por alguna razón no escuchaba nada de lo que
hablaba. Al siguiente segundo, sus ojos fríos estaban fijos en ella; le hizo
entender que debía bajar a contestar. Se levantó con lentitud, como si el
cuerpo le doliera de días. Miró a su madre mover los labios reclamándole como
siempre, mas todo era inaudible para Andrea. Dio un paso lento y otro paso más
lento, convirtiendo una escalera recta en una de espiral sin tener un fin. Patricia
dejó el auricular sobre la mesita y se retiró. Se le hizo eterno el trayecto de
las escaleras al teléfono. Pasaron miles de cosas por su mente. Infinidad de
palabras que no encontraban coordinación alguna. ¿Qué le diría a Natalia? ¿Cómo
pedirle una disculpa por arruinar su vida? Regresar el tiempo y dar la vuelta
para no conocerla la primera vez que la vio, no podía. Tomó el teléfono con las
manos temblando y el corazón a punto de salirse de su pecho. Tuvo ganas de
colgarlo y salir corriendo hacia su habitación. Tenía que ser tanta su cobardía
para hacerlo. Pero… no podía ser Natalia. No podía ser. Patricia estaba
molesta, entonces eso indicaba que era Natalia. No. No podía ser ella. Patricia
estaba molesta, sí, pero aun así le pasó la llamada. No tenía que ser Natalia.
No.
—Bu-bueno.
Sintió que su cuerpo
se tensó por un momento, las palabras se atoraron en su garganta sin darles
oportunidad de salir. ¿Qué voz escucharía del otro lado?
—¿Ahora eres tú la que balbucea? —preguntó.
Andrea respiró
aliviada por el tono burlón de su amiga.
—Qué bueno que
eres tú, Tania.
—¿Pues a quién más esperabas? ¿Al coordinador
de la escuela para darte las felicitaciones por tu expulsión?
No quiso
decirle que mil veces podía esperar una llamada del coordinador o del director
mismo o de sus compañeros burlándose de ella, podía recibir cualquier llamada, menos
la de Natalia. Suspiró, con un aire ligero de angustia que se agolpaba en su pecho.
Qué cobarde se sentía.
—Quería saber cómo estás.
—Necesito
hablar contigo. Te espero mañana temprano en el parque —pidió Andrea.
Colgó el
teléfono sin esperar respuesta.
Salió de su
casa para seguir escuchando la historia que Helena le contaba, pero no estaba, era
tarde y hacía mucho frío. Subió hacia su habitación y se recostó sobre su cama,
lo que hubo sentido antes de saber quién llamaba la había dejado exhausta,
sentir tan intensamente cansaba, y más cuando los sentimientos no eran de
alivio. Miraba el techo y pensaba en tantas cosas que se le hacían imposibles
ahora. Quería que su valor regresara, que el amor que tenía tan dentro saliera
y lo iluminara todo. No quería sentir miedo y mucho menos desesperanza. Sus
sentimientos valían más que cualquier cosa. Tenía que demostrarlo.
—Sería capaz
de renunciar a ti, a todo lo que tuviera que ver contigo —decía Andrea,
pensando en lo que Natalia quería hacer de su vida—, sólo por devolverte tus sueños.
Devolverte el sueño que tanto quieres.
—¿Cuál era su
sueño? —preguntó Helena.
Andrea se
levantó de un solo movimiento, casi asustada. Hacía mucho tiempo que no había
palabras interesadas para con ella, se estaba acostumbrando a los reclamos y a
las indiferencias de siempre con Patricia. Incluso la voz de su abuela se
escuchó como un fantasma o un eco de sus tontos deseos escondidos, de hallar en
alguien la comprensión que necesitaba, mucho más de su familia. Miró a su
abuela, encontrando en ella el refugio anhelado.
Helena cerró
la puerta, sabía que no obtendría una respuesta sin asegurarse que nadie más la
escucharía, parecía un secreto mucho más oculto que su amor por Natalia. Caminó
hasta ella y se sentó a su lado.
—Escribir
historias de amor —decía triste. Suspiró y clavó su mirada al piso—. Ser la
mejor novelista de México.
—¿Y crees que
ella pueda escribir historias de amor si tú estás aquí sin hacer nada?
—No. No lo sé…
Desde antes
que se conocieran, Natalia sabía cómo escribir historias y palabras bellas, Andrea
sólo les había dado un sentido verdadero.
—No puedes
escribir historias de amor si no hay quien te inspire a escribirlas —su abuela
la abrazó, y terminó por decirle—: Devolverle su sueño es estando tú a su lado
para siempre, por sobre todas las cosas.
Andrea se dejó
llevar por el llanto desconsolado. Sentía la más grande contradicción. Hasta
apenas hace unas horas Natalia le había dicho que ella era lo que más quería y
que nada podía separarlas. Pero su orgullo y miedo eran demasiado fuertes. La
amaba tanto que no quería ser un obstáculo en su vida y, además, sabiendo que
su madre jamás aceptaría su relación. Ahora no estaba segura de lo que quería:
deseaba estar con Natalia y al mismo tiempo no quería estarlo, si eso
significaba perder parte de sus sueños; estaba dispuesta a renunciar a ella
para siempre. Nunca pensó sentir el miedo que ahora se alojaba en su corazón. Natalia
era parte de su vida y no la alejó nunca desde que se conocieron, incluso no lo
hizo cuando lo creyó necesario.
Llegó al
parque por la mañana, acompañada sólo por el viento y por un sol que empezaba a
dar luz. Caminó hasta detrás de unos árboles para esconderse, por varios
minutos fueron su refugio. Observaba el panorama solitario de la mañana. Se
sentía confundida y asustada. No podía creer que se escondía de Natalia. Si la
miraba llegar, tendría tiempo de huir, como la cobarde que ahora se sentía. El
tiempo pasó igual de lento y angustiante, pero pasó. Natalia no llegó al
parque, no como lo había hecho durante tanto tiempo. Todo estaba cambiando,
rompiéndose, acabándose. La magnitud del problema sí era como ella lo esperaba,
quizá mucho peor. Tal vez Natalia no la quería ver más o tal vez sus padres lo
sabían y no la dejaban salir. Pasaron muchas cosas por su cabeza, pero sin
encontrar una solución que le pudiera devolver todo el valor que sentía tener.
Se acercó más al interior del parque, donde se encontraban los juegos y donde
se había quedado de ver con Tania. Caminaba mirando a todos lados, como si
estuviera escondiéndose de alguien, ni siquiera el crujir de las hojas bajo sus
pies llamaba su atención, parecía haber perdido toda la magia de su entorno.
Encontró a
Tania sentada en una de las bancas, soplaba sus manos para darles un poco de
calor, hacía frío por la mañana. Se acercó más y la escuchó tarareando una canción
muy conocida en ese momento.
—Deja de
cantar tonterías —aconsejó, con altanería.
Era tanta su
confianza y su amistad, que Andrea terminó por darle una palmada en la cabeza a
modo de saludo y reclamo por su canción.
—¿Y por qué
tendría que hacerlo? —Contestó, con la mano en la cabeza. Su rostro dibujó un
gesto de dolor—. Además dice la verdad.
Nunca pensó
que Tania pudiera estar tan segura en algo como eso. Era tan superficial y
fría, que nunca la imaginó cantando algo así, sobre todo tratándose de amor.
Tal vez se había enamorado y nunca le contó. No podría ser posible, casi todo
el tiempo estaban juntas y nunca vio una mirada enamorada en su rostro. Andrea
la miró molesta y empezó a mover la cabeza, tarareando lo que recordaba de la
letra de la canción, pero las palabras exactas no aparecían en su cabeza, se
revolvían una tras otra. La había escuchado muchas veces y jamás le prestó la
atención debida, la consideraba muy triste. Tania la alentaba a cantar,
murmurando las palabras que Andrea no coordinaba. Pasaron varios segundos en su
intento errado, pero la idea la tenía clara y sabía que su amiga también sabía
la frase que debían debatir.
—¿A eso le
llamas decir la verdad? —preguntó con arrogancia, las frase no logró
pronunciarla.
—¡Sí!
—contestó Tania, bobamente—. ¡El amor verdadero siempre será el primero! —Dio
un salto hacia el piso embriagada de entusiasmo—. Porque es la primera vez que
te enamoras. ¡La primera vez, Andrea! La primera vez que dices: «Te amo». La
primera vez que sientes algo al dar un beso. La primera vez que encuentras el
sentido de mirar a alguien a los ojos. La primera vez que haces cosas tontas.
¡La primera, la primera vez que te sientes en las nubes y mariposas por todos
lados, revoloteando como en primavera! —se cansó de tanto entusiasmo al
recordar, también, que lo primero siempre trae lo primero—. Y la primera vez
que te rompen el corazón.
—¡No puedo
creerlo! —empezó a reír Andrea.
Escuchar algo
así en los labios de Tanía, una persona que consideraba fría, se oían tontas y
absurdas. Era tan extraño como en menos de unos segundos una persona podía
cambiar de estado de ánimo por la palabra «Amor». Andrea se dio cuenta que
Tania tenía la mirada triste, no era justo que se estuviera burlando de sus
palabras, habían sido hermosas y atinadas. Suspiró, sabiendo que actuar de
manera soberbia no ayudaría en nada a su amiga. No podía hacer como si no le
importara, mucho menos tratándose sobre amor, porque era el sentimiento más
puro que existía sobre la tierra y era lo mejor que sentía en su corazón.
—¿Te doy un consejo,
Tania? —preguntó con ternura.
Tania suspiró
y volvió a sentarse sin ganas. Pensaba en el amor, en que debía conocer muchas
emociones, buenas o malas, pero al final el sentimiento estaba ahí, sin nada
más que el sentir.
—Dime.
—Siempre
enamórate por primera vez —la tomó del rostro y limpió unas lágrimas de los
ojos de su amiga—, porque siempre es diferente.
Tania sonrió
al encontrar verdad en sus palabras: el amor debía ser siempre el primero;
aunque no podía creerle del todo a una persona que ha vivido con el primer amor
de su vida, de la única persona que se ha enamorado.
—¿Cómo estás?
—preguntó Tania.
Andrea se
sentó a su lado y miró todo lo que había enfrente. El lugar siempre estaba
vacío por la mañana, por eso le gustaba estar con Natalia ahí.
—Siendo la
primera vez que me expulsan de la escuela —suspiró—. No sé qué sentir…
Se quedaron
por mucho tiempo calladas. Tanía tenía demasiadas palabras y preguntas en la
cabeza, pero no atinaban a salir, no podía hacerlas con el tacto que requería
una situación tan grave. El viento arrastraba las hojas del piso y hacía que
cayeran más de los árboles. Andrea quería preguntar por Natalia y no se
atrevía. No le gustaba que de un día para otro las cosas fueran diferentes y
complicadas. El lugar que más le gustaba, ahora le provocaba angustia y tristeza.
Natalia no estaba ahí, habían pasado los minutos y seguía sin aparecer. ¿Por
qué dejó de hacerlo? Quizá también había optado por no luchar, por negar sus
sentimientos y sentir rencor por la persona que le daba tanta felicidad, el
sentimiento era más sencillo, era bien visto por las personas, mejor visto que
sentir amor. Había pasado apenas un día, pero en cada minuto las cosas se iban
destrozando.
Andrea miró
con tristeza a Tania, como haciendo que leyera sus pensamientos para que no
tuviera que preguntar directamente por Natalia.
—No entiendo
cómo pasó —decía Andrea, sin saber en qué momento cometieron el error para que
se dieran cuenta—. ¿Cómo lo supieron?
Tania dejó de
mirarla y se centró en el movimiento de las hojas que arrastraba el viento. Si
no supiera la verdad, se haría la misma pregunta; nunca por su cabeza hubiese
pasado la idea de que Andrea, su mejor amiga, amara a otra mujer. El mismo día
que ella lo supo, después de que Andrea se marchó de la escuela, se puso a
investigar de dónde había provenido el rumor. El área de dirección fue la
primera en saberlo, todo lo demás se esparció en un segundo por toda la escuela.
Había sido así la intención: todos debían enterarse. Tania, antes de regresar a
su casa, sabía quién había llamado a la escuela. Ni siquiera fue una llamada
anónima, fue con toda la intención. No hubo suposiciones ni dudas en sus
palabras, lo había recalcado claramente. El secreto lo rompió sin mostrar la
más mínima misericordia por Andrea.
—La amas
mucho, ¿verdad? —preguntó Tania, para que no tuviera que contestarle la
pregunta anterior. Sabía que su respuesta la lastimaría más.
Andrea miró al
cielo y suspiró. Su pecho volvió a sentir el aire que se acumulaba y que
difícilmente la dejaba respirar cada vez que pensaba en la idea de su vida con
Natalia, que ahora era casi imposible llevar a cabo. Aun así, sus ojos se
iluminaron de una alegría infinita al pensar en lo que sentía por Natalia. Era
un calor que entibiaba su alma y sus ojos se nublaban en un brillo especial.
Intentaba encontrar las palabras que pudieran explicar el sentimiento que tenía
dentro, pero nunca encontraba las palabras suficientes para hacerlo
—La amo
demasiado… —intentaba decir Andrea— Tanto, que demasiado se me hace
insuficiente a comparación de cuánto la amo.
Tania dirigió
su vista al cielo y sonrió. No esperaba nada menos que escuchar sus palabras
para entender la magnitud del verdadero amor que sentía Andrea por Natalia.
Volvió a ver a su amiga, como cuando eran pequeñas, con su mirada curiosa y
fascinada por algo que le gustaba mucho. También la sintió indefensa, cada vez
más débil.
—Todo estará
bien —le dijo, y la abrazó.
No tuvo la
intensión de decirle quién fue la persona que las delató. No sabía muy bien
cuál era su propósito y qué ganaba con lastimar a Andrea. Era difícil para ella
saber que su amiga no tendría apoyo de su familia. Recordó cuando eran pequeñas
y toda la protección que tenía de Patricia, estaba pendiente de que su hija
siempre estuviera bien. Ahora no la imaginaba siendo ajena a sus sentimientos,
haciendo que todo le resultara tan imposible. Qué tanto iba a cambiar su vida
en estos momentos. Qué pasaría mañana si no dejaban continuar a su amiga con
sus planes, con sus sueños. La escuela no era un lugar seguro para Andrea. El
rumor jamás pudo parar; cualquiera lo sabía.
—¿Cómo lo
supieron, Tania? —insistió con la misma interrogante.
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