"JAMÁS VAS A OÍR HABLAR DEL AMOR COMO LO HAGO YO, PORQUE NO TODOS TIENEN LA VIRTUD DE PODER ESCUCHARME"

7 de noviembre de 2011


IX





El cielo se pintaba de un azul grisáceo, casi platinado. La bruma se había alzado lo suficiente, eclipsando por un memento la luminosidad del sol a media tarde. El viento de apoco aclaraba el cielo, limpiando su lienzo azul, para difuminar las nubes más espesas que se dibujaban en el horizonte. Andrea pensaba mientras su abuela le contaba su historia. Estaba atenta a sus palabras, podía imaginarse lo hermoso de la sierra, incluso podía sentir las emociones que Lorena le provocaba a su abuela, todo un desconcierto de sentimientos. Su corazón se sentía relajado, podía olvidarse por un momento de todo lo que estaba pasando. No recordaba el odio que su madre sentía por ella o el motivo de su expulsión de la escuela, ni siquiera su amor imposible. Podía creer que su vida era normal, que nada había cambiado y que sus sentimientos eran aceptables. Pero no por siempre se puede huir de la realidad. Nadie puede escapar de lo que tiene que ser la vida, un destino acordado. Algo tenía que hacerle despertar, dejar de huir en recuerdos que no le pertenecían. Escuchó el teléfono sonar impaciente. La primera en quien pensó fue en Natalia, pero era la última persona que quería que fuera. Lo escuchó sonar una y otra vez. No había nadie dentro de la casa para contestar, y nuevamente empezó a repiquetear. Helena miró los ojos de Andrea fijarse en la puerta, pero sin ninguna intención de levantarse.

—¿Por qué no vas? —preguntó Helena.

Quería que Andrea demostrara el valor interminable que decía tener, y que mejor manera para demostrarlo que haciéndole frente a quien le daba el valor: Natalia.

—Ve.

Sentía los latidos de su corazón estremecer cada fibra de su cuerpo, hasta parecía que temblaba de frío. ¿Por qué tenía tanto miedo de Natalia? ¿Miedo? Era un sentimiento con el que no estaba familiarizada. Sólo era una llamada, una, que quizá, estaría llena de reproches, de reclamos y una terminación definitiva de su relación. Las palabras de negarlo todo no habían sido suficientes. Una terminación definitiva no estaba en sus planes, pero si Natalia lo necesitaba, si se lo pedía…

Se levantó con gran lentitud, esperaba que pronto dejara de sonar. Entró a la casa y se detuvo en el pasillo hacia la sala. Miró el teléfono sin hacer caso y subió las escaleras. Después de unos segundos el angustiante tono volvió a alterarle el corazón. Se sentó en el rellano de la escalera, sintiendo miedo. Se quedó ahí con miles de pensamientos en su cabeza y sin ninguna reacción en su cuerpo. No quería que su relación con Natalia terminara, no soportaría escucharlo de su voz. Vio llegar a su madre entrando a la sala. Patricia no se dio cuenta que la observaba desde arriba, con ojos frustrados envueltos de vacío. Andrea recargó la cabeza sobre las barras del metal frío del barandal. Su cobardía era más grande como nunca jamás la había sentido. No podía enfrentarse ante el hecho de que le robó su sueño a la persona que más amaba.

El teléfono volvió a sonar, su corazón se aceleró y aun así no hubo movimiento alguno de su cuerpo. Sus ojos miraron a Patricia acercarse al teléfono para contestar. En un segundo su semblante cambió, se mostró molesta y hacía gestos de negación con la cabeza; su rostro, en un segundo más, se llenó de un rojo vivo de enojo. La miraba mover los labios, pero por alguna razón no escuchaba nada de lo que hablaba. Al siguiente segundo, sus ojos fríos estaban fijos en ella; le hizo entender que debía bajar a contestar. Se levantó con lentitud, como si el cuerpo le doliera de días. Miró a su madre mover los labios reclamándole como siempre, mas todo era inaudible para Andrea. Dio un paso lento y otro paso más lento, convirtiendo una escalera recta en una de espiral sin tener un fin. Patricia dejó el auricular sobre la mesita y se retiró. Se le hizo eterno el trayecto de las escaleras al teléfono. Pasaron miles de cosas por su mente. Infinidad de palabras que no encontraban coordinación alguna. ¿Qué le diría a Natalia? ¿Cómo pedirle una disculpa por arruinar su vida? Regresar el tiempo y dar la vuelta para no conocerla la primera vez que la vio, no podía. Tomó el teléfono con las manos temblando y el corazón a punto de salirse de su pecho. Tuvo ganas de colgarlo y salir corriendo hacia su habitación. Tenía que ser tanta su cobardía para hacerlo. Pero… no podía ser Natalia. No podía ser. Patricia estaba molesta, entonces eso indicaba que era Natalia. No. No podía ser ella. Patricia estaba molesta, sí, pero aun así le pasó la llamada. No tenía que ser Natalia. No.

—Bu-bueno.

Sintió que su cuerpo se tensó por un momento, las palabras se atoraron en su garganta sin darles oportunidad de salir. ¿Qué voz escucharía del otro lado?

¿Ahora eres tú la que balbucea? —preguntó.

Andrea respiró aliviada por el tono burlón de su amiga.

—Qué bueno que eres tú, Tania.

—¿Pues a quién más esperabas? ¿Al coordinador de la escuela para darte las felicitaciones por tu expulsión?

No quiso decirle que mil veces podía esperar una llamada del coordinador o del director mismo o de sus compañeros burlándose de ella, podía recibir cualquier llamada, menos la de Natalia. Suspiró, con un aire ligero de angustia que se agolpaba en su pecho. Qué cobarde se sentía.

Quería saber cómo estás.

—Necesito hablar contigo. Te espero mañana temprano en el parque —pidió Andrea.  

Colgó el teléfono sin esperar respuesta.

Salió de su casa para seguir escuchando la historia que Helena le contaba, pero no estaba, era tarde y hacía mucho frío. Subió hacia su habitación y se recostó sobre su cama, lo que hubo sentido antes de saber quién llamaba la había dejado exhausta, sentir tan intensamente cansaba, y más cuando los sentimientos no eran de alivio. Miraba el techo y pensaba en tantas cosas que se le hacían imposibles ahora. Quería que su valor regresara, que el amor que tenía tan dentro saliera y lo iluminara todo. No quería sentir miedo y mucho menos desesperanza. Sus sentimientos valían más que cualquier cosa. Tenía que demostrarlo.

—Sería capaz de renunciar a ti, a todo lo que tuviera que ver contigo —decía Andrea, pensando en lo que Natalia quería hacer de su vida—, sólo por devolverte tus sueños. Devolverte el sueño que tanto quieres.

—¿Cuál era su sueño? —preguntó Helena.

Andrea se levantó de un solo movimiento, casi asustada. Hacía mucho tiempo que no había palabras interesadas para con ella, se estaba acostumbrando a los reclamos y a las indiferencias de siempre con Patricia. Incluso la voz de su abuela se escuchó como un fantasma o un eco de sus tontos deseos escondidos, de hallar en alguien la comprensión que necesitaba, mucho más de su familia. Miró a su abuela, encontrando en ella el refugio anhelado.

Helena cerró la puerta, sabía que no obtendría una respuesta sin asegurarse que nadie más la escucharía, parecía un secreto mucho más oculto que su amor por Natalia. Caminó hasta ella y se sentó a su lado.

—Escribir historias de amor —decía triste. Suspiró y clavó su mirada al piso—. Ser la mejor novelista de México.

—¿Y crees que ella pueda escribir historias de amor si tú estás aquí sin hacer nada?

—No. No lo sé…

Desde antes que se conocieran, Natalia sabía cómo escribir historias y palabras bellas, Andrea sólo les había dado un sentido verdadero.

—No puedes escribir historias de amor si no hay quien te inspire a escribirlas —su abuela la abrazó, y terminó por decirle—: Devolverle su sueño es estando tú a su lado para siempre, por sobre todas las cosas.

Andrea se dejó llevar por el llanto desconsolado. Sentía la más grande contradicción. Hasta apenas hace unas horas Natalia le había dicho que ella era lo que más quería y que nada podía separarlas. Pero su orgullo y miedo eran demasiado fuertes. La amaba tanto que no quería ser un obstáculo en su vida y, además, sabiendo que su madre jamás aceptaría su relación. Ahora no estaba segura de lo que quería: deseaba estar con Natalia y al mismo tiempo no quería estarlo, si eso significaba perder parte de sus sueños; estaba dispuesta a renunciar a ella para siempre. Nunca pensó sentir el miedo que ahora se alojaba en su corazón. Natalia era parte de su vida y no la alejó nunca desde que se conocieron, incluso no lo hizo cuando lo creyó necesario.

Llegó al parque por la mañana, acompañada sólo por el viento y por un sol que empezaba a dar luz. Caminó hasta detrás de unos árboles para esconderse, por varios minutos fueron su refugio. Observaba el panorama solitario de la mañana. Se sentía confundida y asustada. No podía creer que se escondía de Natalia. Si la miraba llegar, tendría tiempo de huir, como la cobarde que ahora se sentía. El tiempo pasó igual de lento y angustiante, pero pasó. Natalia no llegó al parque, no como lo había hecho durante tanto tiempo. Todo estaba cambiando, rompiéndose, acabándose. La magnitud del problema sí era como ella lo esperaba, quizá mucho peor. Tal vez Natalia no la quería ver más o tal vez sus padres lo sabían y no la dejaban salir. Pasaron muchas cosas por su cabeza, pero sin encontrar una solución que le pudiera devolver todo el valor que sentía tener. Se acercó más al interior del parque, donde se encontraban los juegos y donde se había quedado de ver con Tania. Caminaba mirando a todos lados, como si estuviera escondiéndose de alguien, ni siquiera el crujir de las hojas bajo sus pies llamaba su atención, parecía haber perdido toda la magia de su entorno.

Encontró a Tania sentada en una de las bancas, soplaba sus manos para darles un poco de calor, hacía frío por la mañana. Se acercó más y la escuchó tarareando una canción muy conocida en ese momento.

—Deja de cantar tonterías —aconsejó, con altanería.

Era tanta su confianza y su amistad, que Andrea terminó por darle una palmada en la cabeza a modo de saludo y reclamo por su canción.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? —Contestó, con la mano en la cabeza. Su rostro dibujó un gesto de dolor—. Además dice la verdad.

Nunca pensó que Tania pudiera estar tan segura en algo como eso. Era tan superficial y fría, que nunca la imaginó cantando algo así, sobre todo tratándose de amor. Tal vez se había enamorado y nunca le contó. No podría ser posible, casi todo el tiempo estaban juntas y nunca vio una mirada enamorada en su rostro. Andrea la miró molesta y empezó a mover la cabeza, tarareando lo que recordaba de la letra de la canción, pero las palabras exactas no aparecían en su cabeza, se revolvían una tras otra. La había escuchado muchas veces y jamás le prestó la atención debida, la consideraba muy triste. Tania la alentaba a cantar, murmurando las palabras que Andrea no coordinaba. Pasaron varios segundos en su intento errado, pero la idea la tenía clara y sabía que su amiga también sabía la frase que debían debatir.

—¿A eso le llamas decir la verdad? —preguntó con arrogancia, las frase no logró pronunciarla.

—¡Sí! —contestó Tania, bobamente—. ¡El amor verdadero siempre será el primero! —Dio un salto hacia el piso embriagada de entusiasmo—. Porque es la primera vez que te enamoras. ¡La primera vez, Andrea! La primera vez que dices: «Te amo». La primera vez que sientes algo al dar un beso. La primera vez que encuentras el sentido de mirar a alguien a los ojos. La primera vez que haces cosas tontas. ¡La primera, la primera vez que te sientes en las nubes y mariposas por todos lados, revoloteando como en primavera! —se cansó de tanto entusiasmo al recordar, también, que lo primero siempre trae lo primero—. Y la primera vez que te rompen el corazón.

—¡No puedo creerlo! —empezó a reír Andrea.

Escuchar algo así en los labios de Tanía, una persona que consideraba fría, se oían tontas y absurdas. Era tan extraño como en menos de unos segundos una persona podía cambiar de estado de ánimo por la palabra «Amor». Andrea se dio cuenta que Tania tenía la mirada triste, no era justo que se estuviera burlando de sus palabras, habían sido hermosas y atinadas. Suspiró, sabiendo que actuar de manera soberbia no ayudaría en nada a su amiga. No podía hacer como si no le importara, mucho menos tratándose sobre amor, porque era el sentimiento más puro que existía sobre la tierra y era lo mejor que sentía en su corazón.

—¿Te doy un consejo, Tania? —preguntó con ternura.

Tania suspiró y volvió a sentarse sin ganas. Pensaba en el amor, en que debía conocer muchas emociones, buenas o malas, pero al final el sentimiento estaba ahí, sin nada más que el sentir.

—Dime.

—Siempre enamórate por primera vez —la tomó del rostro y limpió unas lágrimas de los ojos de su amiga—, porque siempre es diferente.

Tania sonrió al encontrar verdad en sus palabras: el amor debía ser siempre el primero; aunque no podía creerle del todo a una persona que ha vivido con el primer amor de su vida, de la única persona que se ha enamorado.

—¿Cómo estás? —preguntó Tania.

Andrea se sentó a su lado y miró todo lo que había enfrente. El lugar siempre estaba vacío por la mañana, por eso le gustaba estar con Natalia ahí.

—Siendo la primera vez que me expulsan de la escuela —suspiró—. No sé qué sentir…

Se quedaron por mucho tiempo calladas. Tanía tenía demasiadas palabras y preguntas en la cabeza, pero no atinaban a salir, no podía hacerlas con el tacto que requería una situación tan grave. El viento arrastraba las hojas del piso y hacía que cayeran más de los árboles. Andrea quería preguntar por Natalia y no se atrevía. No le gustaba que de un día para otro las cosas fueran diferentes y complicadas. El lugar que más le gustaba, ahora le provocaba angustia y tristeza. Natalia no estaba ahí, habían pasado los minutos y seguía sin aparecer. ¿Por qué dejó de hacerlo? Quizá también había optado por no luchar, por negar sus sentimientos y sentir rencor por la persona que le daba tanta felicidad, el sentimiento era más sencillo, era bien visto por las personas, mejor visto que sentir amor. Había pasado apenas un día, pero en cada minuto las cosas se iban destrozando.

Andrea miró con tristeza a Tania, como haciendo que leyera sus pensamientos para que no tuviera que preguntar directamente por Natalia.

—No entiendo cómo pasó —decía Andrea, sin saber en qué momento cometieron el error para que se dieran cuenta—. ¿Cómo lo supieron?

Tania dejó de mirarla y se centró en el movimiento de las hojas que arrastraba el viento. Si no supiera la verdad, se haría la misma pregunta; nunca por su cabeza hubiese pasado la idea de que Andrea, su mejor amiga, amara a otra mujer. El mismo día que ella lo supo, después de que Andrea se marchó de la escuela, se puso a investigar de dónde había provenido el rumor. El área de dirección fue la primera en saberlo, todo lo demás se esparció en un segundo por toda la escuela. Había sido así la intención: todos debían enterarse. Tania, antes de regresar a su casa, sabía quién había llamado a la escuela. Ni siquiera fue una llamada anónima, fue con toda la intención. No hubo suposiciones ni dudas en sus palabras, lo había recalcado claramente. El secreto lo rompió sin mostrar la más mínima misericordia por Andrea.

—La amas mucho, ¿verdad? —preguntó Tania, para que no tuviera que contestarle la pregunta anterior. Sabía que su respuesta la lastimaría más.

Andrea miró al cielo y suspiró. Su pecho volvió a sentir el aire que se acumulaba y que difícilmente la dejaba respirar cada vez que pensaba en la idea de su vida con Natalia, que ahora era casi imposible llevar a cabo. Aun así, sus ojos se iluminaron de una alegría infinita al pensar en lo que sentía por Natalia. Era un calor que entibiaba su alma y sus ojos se nublaban en un brillo especial. Intentaba encontrar las palabras que pudieran explicar el sentimiento que tenía dentro, pero nunca encontraba las palabras suficientes para hacerlo

—La amo demasiado… —intentaba decir Andrea— Tanto, que demasiado se me hace insuficiente a comparación de cuánto la amo.

Tania dirigió su vista al cielo y sonrió. No esperaba nada menos que escuchar sus palabras para entender la magnitud del verdadero amor que sentía Andrea por Natalia. Volvió a ver a su amiga, como cuando eran pequeñas, con su mirada curiosa y fascinada por algo que le gustaba mucho. También la sintió indefensa, cada vez más débil.

—Todo estará bien —le dijo, y la abrazó.

No tuvo la intensión de decirle quién fue la persona que las delató. No sabía muy bien cuál era su propósito y qué ganaba con lastimar a Andrea. Era difícil para ella saber que su amiga no tendría apoyo de su familia. Recordó cuando eran pequeñas y toda la protección que tenía de Patricia, estaba pendiente de que su hija siempre estuviera bien. Ahora no la imaginaba siendo ajena a sus sentimientos, haciendo que todo le resultara tan imposible. Qué tanto iba a cambiar su vida en estos momentos. Qué pasaría mañana si no dejaban continuar a su amiga con sus planes, con sus sueños. La escuela no era un lugar seguro para Andrea. El rumor jamás pudo parar; cualquiera lo sabía.

—¿Cómo lo supieron, Tania? —insistió con la misma interrogante.

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Ya se mueve lento xD

DEJARÉ LA LUZ ENCENDIDA, PARA CUANDO ABRAS LOS OJOS NO TENGAS MIEDO, PARA QUE SEPAS QUE NUESTRA OSCURIDAD SOLO FUE UN PARPADEO TUYO

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

Puedo amarte o no, depende de lo que en el camino se dé entre nosotras. Quiero decírtelo en un instante o puedo callarlo para siempre. Puedo ser una ilusión pasajera o una realidad que podría ser eterna. Quiero ser tu delirio, tu pasión, tu tranquilidad, tu felicidad y tu mejor sueño. Quiero ser y hacer mil cosas en tu vida… si me dejas ser parte de ella.

O podría ser como un libro para ti, ¿qué te parece la propuesta? Quiero hacer que te guste leer. Puedo ser una novela o un cuento corto en tu vida (incluso, puedo ser sólo un libro con la más hermosa poesía). Quiero ser tu escape o la forma más dulce de ver la realidad. Puedo aburrirte o llamar tu atención por completo. Puedes leerme por ratos si quieres o puedo robarme todo tu tiempo para que termines de leerme (porque no vas a poder evitarlo). Quiero ser la historia que quieras, según tu estado de ánimo. Puedo confundirte o puedo ser la lectura más simple. Puedes terminar de leerme y olvidarme, porque simplemente no es lo que te gusta.

Pero, ¿sabes? Me propongo ser tu libro favorito; al que siempre llevarás cerca de ti, al que guardarás bajo tu almohada o tendrás siempre junto a tu cama. Quiero ser las hojas que tus manos querrán tocar y las palabras que tus ojos no dejaran de ver. El libro que leerás mil veces porque te gusta y no hay mejor historia que la que has leído en mí. Me propongo ser las páginas donde se guardan las palabras que te harán soñar, sonreír y creer. Puedes subrayar las partes favoritas, las frases a las que regresarás cuando sientas necesitarlas. Seré el libro que sujetarás contra tu pecho mientras piensas en las cosas bonitas que has leído de mí. Quiero ser las palabras que te robaran una sonrisa, un suspiro o una lágrima. Sé que encontrarás palabras que ya habrás leído muchas veces en cualquier otro libro, pero la forma en que las leerás de mí, no las volverás a encontrar escritas de la forma en que las verás en mí. Quiero ser la mejor historia o sólo la más hermosa que hayas leído. Me propongo ser las palabras que vas a entender y no querrás olvidar. Quiero ser tu libro favorito, al que leerás cada día con calma, porque no querrás llegar nunca al final.

Me propongo ser de ti: tu mejor historia de amor.

No te enamores de un escritor

"No te enamores de un escritor, son arrogantes, exigentes, obstinados, calculadores, presuntuosos, inestables, caprichosos, impacientes, apasionados, celosos, intensos, dramáticos, hipocondríacos, adictivos, inevitables, locos, trágicos, inseguros (extremadamente), extraños, egoístas, solitarios, vulnerables, soñadores, nostálgicos, misteriosos; vamos, en una sola palabra: inexplicables. Pero ten la seguridad de que si uno se enamora de ti nunca lastimará tu corazón, porque es leal, sincero y bondadoso, ellos aman de forma diferente... En consecuencia intentarás dar el golpe primero, destrozarlo y despertarlo a la realidad. Sabes que hará literatura con su sufrimiento para volver a reconstruirse.

No te enamores de un escritor, porque tiene la mayor libertad de no hacerlo de ti. Y tendrá la bondad de no darte esperanzas, será franco y gentil, aunque lo sientas cruel. No te enamores de un escritor, pero si lo haces, habrás de conocer el amor más puro que jamás sentirás por ningún otro ser sobre la tierra; porque aquel, a quien no debes amar, te enseñará cómo es el verdadero amor.

No te enamores de un escritor, menos cuando te pide que no lo hagas. Te está protegiendo y se protege a sí mismo.

Y como último consejo: No enamores a un escritor, corres el riesgo de que te ame por siempre"

Si el amor...

Si el amor verdadero pudiera llamarse de otro nombre, tendría el tuyo. Si pudiera escucharse, tendría el dulce sonido de tu voz. Si pudiera verse, tendría tu sonrisa todos los días para contemplarse. Si pudiera sentirse, tendría la misma suavidad de tu piel. Si lo quisieran hacer aún más perfecto, tendría la belleza de tus ojos: en lo dulce de tu mirada. Tú eres el amor verdadero que el cielo me dio como regalo conocer. Amarte a ti fue amar más allá de todo. No importaba nadie… no importaba nada, solo tú y este amor que no tendrá fin dentro de mi alma. Es como volar sin tener miedo a caer, sabía que no me dejarías caer. Es creer que no importaba el aire para vivir si estabas conmigo. No importaba la luz del sol mientras tenía el brillo de tus ojos. No importaban los obstáculos porque lucharíamos contra todo y todos. Porque el tenerte a ti es vivir cada mañana recordando la ternura de tu sonrisa. Es tener la ilusión de verte cada día forjando tus sueños junto a mí y porque sé que cada día me hubiera enamorado más de ti.

Tú estás más allá del sentido del amor, porque me enseñaste de la manera más dulce la verdadera esencia, el propósito real y la inmortalidad del sentimiento…

Si en este largo viaje pudiera llevarme algo de ti, me llevaría tus recuerdos conmigo para evitar tu sufrimiento de que no volverás a verme. Simplemente porque me enseñaste el verdadero valor del amor, porque pediría vivir mil veces la misma historia a pesar de este final tan injusto… Tan sólo porque sé que ya no será en esta vida, pero sí en la próxima.